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Época II - Año XIII
Edición Nº 3919
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 miércoles, 19 de junio de 2013 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 435
Semana del 02/07/2010
Viaje a mi pasado en Reinosa


Miguel Ángel García Brera
H E estado unas horas en Reinosa, ciudad de bellos recuerdos para mí que, nacido en Santander, tras finalizar la guerra civil, mis 6 años, pasé a vivir a la capital de Campoo, por una inteligente decisión de mi padre que entendió cómo nuestra vida iba a ser menos dura en la postguerra si explotaba directamente las tierras heredadas de sus ascendientes. En Reinosa viví mientras hacía el Bachillerato en el Colegio “San José “ de los Hermanos de la Instrucción Cristiana, orden fundada en Francia por uno de los hermanos La Mennais -el otro era el filósofo ultramontano- de modo que hoy esos frailes son más conocidos como Menesianos. De ese Colegio, de sus profesores y de mis compañeros tengo gratos recuerdos y algunas anécdotas que ya he contado relacionadas con el buen sentido de mi madre para educarnos y para distinguir con nitidez qué parte, en ese quehacer, corresponde a los padres y cual a los maestros.

Como por un asunto judicial tenía que ir a Anievas, el pueblo donde nació Piedad, una queridísima persona que cuidó a toda mi familia con maternal afecto, decidí seguir viaje a Reinosa para comer en alguno de los sitios donde mi padre solía llevarnos de vez en cuando, sobre todo atraído por el regusto de las mollejas inigualables del Jenaro o por los cangrejos de río, cuando el Hijar y el Izarilla, al paso por nuestro prados de Matamorosa, tenían bastantes y no era infrecuente que se enredaran en los reteles que con mi padre poníamos en el río.

El regreso después de algunos años a una ciudad en la que has pasado tu niñez y adolescencia, tiene un ambiguo sentido de sorpresa, pues intentas ir situando antiguas vivencias en los lugares recordados, pero, generalmente la evolución urbanística y los cambios de negocios han destruido el lugar que buscas, o lo ha hecho irreconocible.

De mi Reinosa de los juegos en el Campo Colorao , incluso con el riesgo del ferrocarril, me ha sorprendido encontrar en la orilla izquierda del Ebro, -cuyos márgenes han sido muy bien remodelados, conservando el antiguo lavadero techado- igual a como lo recordaba, todo el viejo caserío que fue de nuestra propiedad, donde habitaban inquilinos que, rara vez pagaban la insignificante renta. Piedad, -nuestra ayuda en el Hogar y en todo-, iba conmigo a intentar cobrar, sin éxito, ni tampoco insistencia por parte de mi padre. No olvido de aquellas visitas a un patrimonio tan decadente, a uno de los arrendatarios que siempre nos recibía con un “Piedad, estoy así” enfatizado por el gesto de cogerse la nariz entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda. Me parece inaudito que 60 años después, ya de otro propietario, las desvencijadas casas sigan allí, sin cambio, mejora ni atención alguna, cuando al otro lado del rio, el Campo Colorao ha sido muy hollado por las inmobiliarias.

El Caso es que Reinosa ha progresado poco y los cambios me han decepcionado, como en el caso del Café Victoria, que se ha achicado y perdido el empaque que tenía cuando mi padre y el, muchos años después, suegro de Arias Navarro, se jugaban un Bugatti al julepe. Incluso podría hablar de una cierta desidia en el cuidado de la ciudad, como la que muestra la, por su estilo, típica casona, aunque sea más bien casita por sus dimensiones, que se encuentra frente al Cañón. Ignoro quién sea el propietario de tal casa, pero como fue en el pasado la oficina del Frente de Juventudes, supongo que será de propiedad estatal o municipal y me resulta deplorable que, en lugar de rehabilitarla con respeto a la arquitectura montañesa, para servir a algún fin social o cultural, la estén dejando caer. Disgusto también me produjo comprobar que en la amplia Plaza principal de la ciudad, donde había un kiosco de música, el mismo haya desaparecido, quedando el lugar como un páramo de cemento. En las Ferias de San Mateo, la banda de música subida a ese kiosco, propiciaba las verbenas y el baile popular que, si ya ha dejado de estilarse, no así el significado y el servicio para otros fines de tales kioscos que tanto adornan.

Como no podía ser menos, dediqué un tiempo de mi visita a Reinosa a llegar hasta el chalet que habité durante toda mi estancia en la ciudad, menos el primer año que vivimos en un piso de la casa, en aquel tiempo, mas alta, que había construido mi padre en una plaza que entonces se llamaba La Corraliza y donde, por un lado se salía a la calle Mayor y, por otro, a la orilla del Ebro, a través de un pequeño túnel, unido a un antiguo molino de agua. Ni qué decir tiene cuánto despertaba la imaginación y las sensaciones infantiles de todo tipo pasar por ese túnel de escasa altura, poca luz y lleno de telarañas. El chalet sigue con su buen aspecto general, si se exceptúa la hermosa galería que parece estarse dejando caer, pese a ser una de las estancias más hermosas que igual sirvió para jugar con mis hermanos, que para que mi madre hiciera toquillas y chaquetitas de lana para todas sus amistades y para muchos necesitados o para reunir a los amigos que participarían en los desfiles de carrozas de San Mateo, en cuyos certámenes presentamos, en 1948, la carroza titulada “Pensamientos” que no eran otros que las niñas disfrazadas de tan hermosa flor, situadas en una gran cesta toda recubierta de flores de papel y que obtuvo el 5º premio. Mi madre, que asumía la ingente tarea de diseñar la carroza, decidir los disfraces de los niños, entrenarlos para la cabalgata y darles una fiesta final llegó a presentar tres carrozas más -“Palmatoria”, "Blancanieves" y "Reloj", obteniendo cada año un premio mejor hasta alcanzar el primero con la copia de un reloj que le había yo traído de Ceuta, que visite desde Cartagena al finalizar allí mis seis meses de prácticas de Alférez de Complemento, y en cuya parte superior una bailarina daba las horas. Varias niñas, vestidas de ballet clásico, rodeaban el reloj y, dentro de él, – y eso fue lo más complicado – una de ellas iba dando algunos pasos de baile.

Volviendo al chalet y a los recuerdos perdidos, en su jardín ya no están los dos árboles que más amé: un cerezo y un acebo. Ambos estaban cuando mi padre compró el chalet y, por lo que hace al acebo, me parece una gran pérdida. Sí se conservan todos los ciruelos y algún chopo que mi padre y yo plantamos. Lo de “yo” hay que entenderlo en el sentido que merece la ayuda que un niño de seis años pueda prestar a su padre a la hora de introducir una ramita en un hoyo.

Esta vez no pude acudir al cementerio de Reinosa donde no tengo deudo alguno, pero si al de Matamorosa, que mi abuelo regaló al pueblo. Supongo que ahora habrá otro, pues el que albergaba la tumba de mis abuelos y de mi tío Isidoro está en estado lamentable, hasta el punto de que de mi familia no queda sino un trozo de lápida recordando a mi citado tío. Tuve la suerte de no vivir muerte familiar alguna en Reinosa, pero sí acudí a su camposanto a enterrar a algunos amigos o conocidos y nunca olvido el frontispicio de su entrada: “Hasta aquí el tiempo, desde aquí la eternidad”. Pocas meditaciones ayudan tanto a ser una persona cabal.