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Época II - Año XIV Edición Nº 4189
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 jueves, 23 de octubre de 2014 ESPAÑA
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Ricardo Navas-Ruiz
S E celebró a comienzos de mayo el día de la libertad de prensa. Con ese motivo numerosos periódicos del mundo publicaron entre sus editoriales los “Principios de una prensa libre,” aprobados por periodistas de treinta y cuatro países en la Conferencia de Londres de1987 . Se afirma en ellos la oposición a la censura directa o indirecta, el apoyo a unos medios de comunicación independientes, el trato no privilegiado de los medios de comunición estatales frente a los privados, la libertad de acceso a y distribución de la información, la apertura de la prensa estatal a diferentes puntos de vista, la libre circulación de periodistas en cualquer país. Estas condiciones se cumplen sin obstáculos en los países democráticos, excepto en determinadas circunstancias, y sufren restricciones en los demás.
Al hablar de prensa se entiende no sólo los periódicos impresos, sino todos los medios de comunicación de masas como la radio, la televisión y el internet. Para la población menor de treinta años los últimos son más importantes que los primeros por haber sido educada dentro de sistemas audio-visuales más que en la lectura. Tras estas aclaraciones, cabe preguntarse, -y esa pregunta será la que intentaremos responder en este artículo-, si existe una prensa verdaderamente libre en los países democráticos.No voy a entrar en el quebrantamiento de esos principios, especialmente el referente a la censura, en algunas ocasiones. A nadie escapa que los Estados Unidos lo hace en tiempos de guerra por razones de seguridad nacional o que en España la figura del Rey es sagrada por interees políticos.

LOS principios expuestos protegen sin duda alguna la libertad de expresión, consagrada hoy en casi todas las constituciones liberales. Un periodista, un locutor, un presentador pueden decir cuanto estimen necesario o conveniente sobre un asunto, siempre que sus aserciones estén sustentadas por la verdad de los hechos. No pueden, por supuesto, mentir, calumniar, inventarse historias. Por hacerlo más de uno ha sido condenado en los tribunales de justicia, perdido la reputación e incluso el empleo. Gracias a esa capacidad de investigar, analizar e informar pueden establecer un control sobre ciertos actos del gobierno, gestiones de empresas, negocios bancarios, conductas de personajes públicos. Es esa función la que llevó a Edmund Burke, según se cree, a llamar a la prensa cuarto poder en cuanto representa, en efecto, una fuerza ética que vela por el mantenimiento de la honestidad, la legalidad, la justicia, en las instituciones sociales.
La libertad de expresión permite asímismo emitir opiniones sobre un tema. Un periódico puede a través de sus editoriales no firmadas, responsibilidad del ente como tal, sustentar un punto de vista determinado. Por ejemplo, el periódico local que leo todos los días, el “Boston Globe,” inserta cada mes un editorial donde le recuerda al Gobierno americano que Saddam Hussein, presidente de Irak, debe ser eliminado o, en la urgencia de este momento, que el Cardenal Law, arzobispo católico de Boston, está incapacitado para dirigir la diócesis por su benevolencia con curas criminales y debe dimitir. También permite incluir opiniones reforzantes o contrarias, encomendándolas a colaboradores fijos u ocasionales, incluso a filósofos y literatos de prestigio con el peso de su reputación como líderes intelectuales. Una sección de cartas del lector finalmente recoge actitudes favorables o desfavorables a lo dicho contrastando y aquilatando aun más los perfiles del asunto.

HASTA aquí el mecanismo parece impecable. Pero lo que este gran marco de libertad otorgado a la prensa no le puede garantizar es su libertad interna , su independencia de poderes fácticos que de hecho la controlan y le atan las manos. Desde que apareció el periódico moderno en los comienzos del siglo XIX, ése ha sido su gran problema. Detrás de cada uno ha habido siempre un partido político, un capital financiador, unos intereses de poder y de opinión. La prensa independiente es una utopía. Su vida ha sido siempre efímera, pasajera, como los buenos deseos de sus fundadores. Lo peligroso de la situación es que tal realidad aparece encubierta con bastante habilidad, engañando al lector ingenuo incapaz de descubrir las fuerzas escondidas que manipulan la información.
He aquí la palabra clave, manipulación. Las noticias nos llegan siempre manipuladas. Por supuesto, en problemas intranscendentes, la información es objetiva. En otros más serios, no es que esa información falte, es que se ofrece sutilmente manejada con silencios o énfasis, insistencias u omisiones. Como en ciertos contratos comerciales, existe la letra grande, la que se lee, y la pequeña, la importante que no se lee. Los periódicos son hábiles en esos trucos. En la letra grande ofrecen lo que les interesa que el lector asuma, inclinándolo a su punto de vista que luego refuerzan en las editoriales. En la pequeña, para que no digan, para que no se les acuse de partidistas, dan otras perspectivas que nunca llegan o llegan perdidas entre anuncios en secciones interiores. Sería bueno saber quién manda o quién está detrás de las grandes cadenas de prensa y televisión, el “New York Times,” el “Times,” la “NBC,” la “CNN ” y otras.

CADA lector, estoy seguro, puede aducirse a sí mismo numerosos ejemplos al respecto. Por mencionar uno actual, es más que evidente en la prensa capitalista la simpatía por la causa judía y el mal disimulado rechazo de los árabes, -llámense palestinos, iraquíes o afganos -. Cuando hay un atentado en Israel o un muerto, se llora con clamores y fotografías dramáticas. Los muertos árabes se silencian. ¿No es la muerte dura para todos? ¿No valen los mismo todos los seres humanos? Se airea el terrorismo fundamentalista y se calla el terrorismo de estado, el que arrasa campos de refugiados o lanza bombas sobre las ciudades.
Sin recurrir a situaciones tan dramáticas y volviendo a mi “Boston Globe,” no quiero pasar en silencio su actitud informativa sobre España desde que lo leo hace ya muchos años. Constituye un ejemplo típico de desinformación y mala voluntad. Sistemáticamente, el día del Descubrimiento de América, un editorial recordaba a los lectores la rapacidad de los españoles en el Nuevo Mundo, el genocidio, el vacío colonizador y otros tópicos gratos a la leyenda negra. Parece que ahora ha cambiado un poco, no mucho, al respecto. El reesto del año España sólo existía para mencionar la Inquisición, los crímenes de Franco, la fiesta de los tomates o las procesiones de Sevilla. Muy ocasionalmente se ha hecho eco de elecciones o candidatos políticos.
Quizá fuera necesario añadir a los principios mencionados al comienzo uno más. En él se debería constatar lo siguiente: “todo periódico debe hacer figurar en un lugar destacado su línea política y de pensamiento, sus fuentes financieras, los intereses fácticos a que está sometido.” De este modo, el lector sabría en todo momento por qué se defienden o se atacan ciertos hechos o ciertos personajes, por qué se ofrecen imágenes favorables o negativas de los países, por qué se sostienen campañas bien orquestada contra ciertos objetivos. Consecuentemente, tendría los elementos adecuados para ejercer un juicio crítico y tomar noticias y comentarios dentro de un contexto correcto. La prensa libre sería entonces mucho más libre, posiblemente libre de verdad.
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