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Época II - Año XIV
Edición Nº 4126
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 511
Semana del 08/12/2011
La imparable fiebre amarilla


Félix Arbolí
H ACE una década, años más o menos, el pequeño comercio de los barrios madrileños y me figuro que el de todos los pueblos de España y de los que reniegan de ella, obtenían lo suficiente para satisfacer las necesidades de sus propietarios y pagar a uno o dos empleados que llegaban a ser considerados como de la familia. A veces, cuando el dueño se jubilaba, mediante un acuerdo económico, cedía el negocio al empleado. En estos locales encontrábamos cuanto necesitábamos y más, ya que dada la confianza que se generaba entre tendero y cliente, cuando no alcanzaba el presupuesto para cubrir los últimos días del mes, les fiaban hasta que cobrara. Eran deudas que se saldaban sin problemas el día de la paga. Entonces, recibíamos la paga directamente de la empresa, sin las hoy obligadas domiciliaciones bancarias. Pocas familias se libraron de figurar en las listas y libretas del comerciante, siempre con el lápiz sobre la oreja, para hacer las cuentas en el mismo grueso papel con el que posteriormente envolvía las mercancías, vistiendo ese “baby” blanco o amarillo. Me admiraba la agilidad con que se movían y sorteaban ese abigarrado muestrario de existencias, que no sólo ocupaban estanterías y mostradores, sino el mismo suelo con sacos de patatas, judías, garbanzos y cajas. Sin omitir las sardinas arenques que se exhibían y conservaban en una especie de tonel. A mi mujer le gustaban mucho, pero a mi me repelía hasta su olor.

En estos establecimientos no sólo se surtían nuestras madres y esposas de lo que precisaran y hasta algún que otro capricho, sino que con la excusa de la compra se pasaban unos momentos distendidos dándole a la “sin huesos” y oyendo el cotilleo del vecindario, que siempre iba cargado de chismes, escándalos y críticas. Al ocupar estas tiendas los bajos de nuestras casas eran cómodos y seguros para mandar a los hijos por esa compra olvidada, al no tener que cruzar la calle, ni torcer esquinas.

La llegada de la “chinada” –sin ánimos de ofender, sino como sinónimo de esta invasión amarilla que padecemos en asuntos comerciales-, el panorama ha cambiado por completo. De la noche a la mañana advertíamos el cierre de nuestros pequeños y medianos comercios de siempre y en su lugar nos encontrábamos a una diligente familia china pintando la fachada y llenando su interior con los productos más dispares. Eran los inicios del “todo a cien”, que fue el detonante de este declive comercial generalizado. Su bajo precio en los productos estaba relacionado con su baja calidad también, aunque nuestras mujeres e hijos sólo veían que lo que enfrente vendían a cien, éstos lo cobraban a cincuenta. No pensaban que su funcionamiento y duración sólo abarcaba los primeros días e incluso horas.

Sin darnos cuenta estos primitivos bazares fueron aumentando sus ofertas y se extendieron como una plaga incontenible adquiriendo los pequeños y medianos negocios que se veían obligados a cerrar ante una competencia difícil de igualar. General Ricardos donde resido desde hace cuarenta años, se ha transformado en una especie de arrabal de Hong Kong o de Shangai, a causa de que todo su comercio se halla en manos de estos orientales, salvo unos diez que continúan su titánica y desesperada lucha abocada sin remedio a la quiebra, el cierre y la aparición de una nueva familia china.

Estos nuevos comerciantes del país de la célebre Gran Muralla, se dedican ya a todo tipo de negocios: muebles, vestidos de bajo precio y hasta de aparente calidad, perfumes y complementos de belleza, zapatos, artículos de regalo, supermercados, bares, restaurantes, cafeterías, etc. Nada escapa a su insaciable acaparamiento y voracidad para conseguir el monopolio del comercio en todas sus vertientes y barrios de España.

La ruina de nuestros negocios es total e imparable y no hallamos justificación alguna para que los gobiernos municipales y autonómicos, de la izquierda y la derecha, toleren y protejan a esta devastadora plaga que tanto perjudica a nuestra economía, exonerándoles incluso de algunos impuestos que el “currito” español ha de abonar desde el instante de su apertura comercial. Es una irresponsable dejadez que contribuye al incremento del paro, pues las “pymes” españolas suponían casi el setenta por ciento de los puestos de trabajo y reduciendo por consiguiente las cotizaciones a la Seguridad Social, pues estos nuevos propietarios no tienen empleados y menos aún asegurados. Hasta han instalado sus propios Bancos para que el dinero adquirido a nuestra costa, en su mayoría, no se quede en el país, ni pueda mermar con el pago de comisiones a entidades españolas. No hay
negocio que pueda sostenerse ante este asedio constante. Sus abusivos métodos de producción y las duras jornadas laborales desempeñadas por operarios chinos y los ínfimos salarios abonados, les hace fácil competir con los productos y precios españoles, aunque éstos tengan superior calidad.

Recuerdo que cuando teníamos la librería y empezaron estas tiendas del “todo a cien”, se notó en la caja rápidamente. Los mismos clientes nos decían que el cuaderno que vendíamos a cien, arañando al máximo el precio, en los chinos lo compraban a sesenta. Sabían que era de más baja calidad y menos hojas, pero a las madres no les importaban estos detalles. Iban al ahorro. Y como el cuaderno, el resto de objetos que dejamos de vender con la consiguiente pérdida de clientes. El cierre se hacía inevitable. Con estas nuevas aperturas chinas fueron desapareciendo el resto de locales de todo tipo que antes daban vida y bienestar al barrio. No hay resistencia posible. Se quedan con todo lo que se alquila, traspasa o vende, con la misma facilidad que yo compro el diario. Hay familias enteras dedicadas a una sola empresa, donde comen y pernoctan, para ahorrar hasta el último céntimo. Ni hacen caso a los festivos y horarios comerciales como obligan a los demás comerciantes. Salvo excepciones, se extienden por todos los países europeos y a todos los niveles. En España, que se sepa, se han dedicado a las pequeñas y medianas empresas. Me figuro que tendrán otros muchos asideros donde negociar y sacar tajada. Y conste que su trato con el público es afable y respetuoso, ya que son amables, considerados y serviciales. En este aspecto, no tengo nada que objetar.

En los años cuarenta, en San Fernando y me figuro que en incontables pueblos de España entonces, el día del Domund, recorríamos las calles pidiendo para la “salvación” de los chinitos, así como negritos e indios. Tal como están las cosas, puedo aventurar que en un futuro nada lejano seremos nosotros los que necesitemos su dinero, pues son como las hormigas del famoso cuento y a nosotros nos han asignado el papel de las cigarras, no por holgazanería, sino por falta de trabajo.

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