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ON las nueve de la mañana del martes, 31 de octubre de 2.023. El Primer Ministro del Gobierno de Su Majestad Felipe VI, don Alberto Ruiz Gallardón, se viste despacio…aunque no tiene prisa. La ceremonia comenzará a las doce y el Palacio Real está cerca. Pero cubrir en carroza ese kilómetro y medio, desde el Palacio de Buenavista, en Cibeles, a la Plaza de Oriente, lleva su tiempo. Porque hoy el Primer Ministro volverá a utilizar la carroza para ir a Palacio. Será la tercera vez desde que pidió que llevaran a Buenavista una carroza y media docena de caballos cartujanos.
Los reyes, Don Felipe y Doña Letizia, también cambian el automóvil Hispano por la carroza en los actos oficiales; cuando así lo recomienda el señor Ruiz Gallardón.
Como hoy es un día tan especial, el Primer Ministro no sólo irá a Palacio en carroza sino que ha dispuesto que los arreos sean “de tiros largos”. Le asiste ese derecho como “gran dignatario de la Corte”. El tiro delantero se alargará con correas de tres metros. Un cochero jerezano en el pescante se encarga de la conducción. Dos lacayos en la trasera ennoblecen el carruaje.
España se equipara así a la solemnidad de la Corte inglesa en sus manifestaciones públicas con el boato que tanto gusta no sólo a nuestro pueblo sino al turismo , sobre todo al americano, al africano y al oriental, que demandan estas exhibiciones en las capitales de la vieja Europa.
Hoy, en Madrid, se contarán más de doscientos mil turistas que no han querido perderse los fastos que se celebran a lo largo de este largo fin de semana que va a durar cinco días ; desde el pasado sábado, 28 de octubre , hasta mañana, miércoles, l de noviembre, Festividad de Todos los Santos.
Nadie ha criticado tantas jornadas festivas. La ocasión bien lo merece, ya que se celebra la mayoría de edad de la Infanta Doña Leonor. La Princesa cumple hoy dieciocho años y con este motivo, tal y como ocurrió con su tía la Infanta Elena, va a recibir en el Palacio Real la Banda de Dama de la Orden de Isabel la Católica, lo que significa su plena incorporación a los actos oficiales de la Familia Real española, ya en su condición de
Princesa Heredera.
Al histórico acontecimiento asistirán los padres del Rey, que abandonarán por unas horas su retiro mallorquín. Don Juan Carlos
sobrelleva bien sus ochenta y cinco años y disfruta complacido del afortunado reinado de su hijo Felipe, que a los cincuenta y cinco años, mejora aún las expectativas que ofrecía cuando se produjo la abdicación de su padre.
En menos de una década Felipe VI ha conseguido que España viva el periodo más brillante de su Historia poniéndose a la cabeza de todos los países de su tamaño y población.
Las grandes potencias, China y Estados Unidos, y los colosos emergentes, como la India o el Brasil, se asombran ante los índices de bienestar económíco y social, del nivel cultural y de la calidad de vida que ha logrado el Reino de España.
Naturalmente , nadie ignora que el artífice de tal prodigio ha sido el Primer Ministro, Ruiz Gallardón, a quien sus rivales políticos consideran “otro Valido de otro Felipe”.Aunque nadie se atreve a tildarle de “Favorito”, porque todo el mundo sabe que ,si hay algún “favorito”, en esta oportunidad ése es el Rey Felipe, que es el “favorito” de Ruiz Gallardón. Y no al revés.
“EL PACTO DE LA GRAN VIA”
Mientras se viste el uniforme de gala de la Orden de Santiago que lucirá en Palacio- ¡lástima no poder lucir el de Generalísimo que llevaba Godoy en el retrato que le hizo Goya!- Ruiz Gallardón, que pronto cumplirá sesenta y cinco años, recuerda el momento en que se comprometió ante el Rey Juan Carlos a cuidar de su hijo, el futuro Rey de España.
Fue hace trece años, el 5 de abril de 2.010, durante la Recepción del Rey para festejar el Centenario de la Gran Vía. En un aparte nos encontramos Su Majestad, Ruiz Gallardón y el autor de este relato que, sin mérito ni razón especial, ha gozado desde hace cincuenta años de la confianza del Rey. Don Juan Carlos trataba de ocultar su disgusto por algunos abucheos que, entre los aplausos cariñosos de siempre, había escuchado durante el paseo a pie que quiso dar desde la Casa del Libro a la Red de San Luis.
El Rey no parecía molesto por lo ocurrido, pero sí preocupado. Y lo explicó: “Estas cosas ya no me afectan a mí, pero me preocupan… por mi hijo”. Se produjo un momento de silencio que no sé si al entonces alcalde le pareció eterno. A mí, me pareció no sólo largo sino profundo.
De no mediar la familiaridad con que siempre me ha distinguido Don Juan Carlos, no me hubiera permitido romper aquel silencio y decirle: “No se preocupe por su hijo; aquí tiene al hombre que se va a ocupar del Príncipe. Tranquilo, que Ruiz Gallardón cuidará de él.
Como yo miraba al Rey no pude apreciar en el rostro de Ruiz Gallardón el grado de conformidad y de aceptación del compromiso. Pero sí advertí en los ojos del Rey- que se dirigieron a los de Alberto, para observar con atención cuál era su reacción-, una gran satisfacción y agradecimiento.
Deduje que Ruiz Gallardón adquiría en ese momento un compromiso histórico y que Juan Carlos – recordemos que eran unos días muy particulares, vísperas de una dura prueba que el Monarca iba a sufrir en el quirófano,- consternado y con serias dudas sobre su estado de salud, no habrá olvidado jamás.
Han pasado trece años desde entonces. Pero el “acuerdo de la Gran Vía” no se hubiera producido o hubiera quedado en “palabras que ya se hubiese llevado el viento”, si dos años antes el alcalde Ruiz Gallardón no hubiese trasladado el Ayuntamiento a la Plaza de Cibeles, al Palacio de Comunicaciones, e instalado su despacho en uno de los torreones del edificio.
No hay lugar más estratégico desde donde gobernar la capital del Reino, ni atalaya con vistas más espectaculares: Detrás, a la derecha, la Puerta de Alcalá; allí, la Puerta del Sol, la Calle de Alcalá y la Gran Vía; aquí, abajo, el Paseo de la Castellana con la diosa Cibeles, y los templos del dinero, el Banco de España; y de la cultura, el Instituto Cervantes y la Casa de América. Al lado, el Ministerio de Marina de la nación que fue dueña del mar y que tuvo, antes que Inglaterra, el mayor imperio colonial. Y enfrente… una colina “llamada deseo”: el Capitolio de la ambición, el Palatino de los sueños, el Aventino de los desengaños, el Tibi-dabo de las promesas, el cerro… no “de los ángeles” sino “de los demonios” donde se levanta el Palacio de Buenavista, que durante casi tres siglos ha galvanizado en nuestro país las mayores ansias de gloria y poder.
EL PODER EN ESPAÑA HA PASADO SIEMPRE POR CIBELES
Dos años cumplía el alcalde Ruiz Gallardón en ese despacho cuando vinculó la promesa que le había hecho a Juan Carlos I con el Palacio de Buenavista. que contemplaba todos los días desde su despacho.
¿Y si el destino le hubiera traído a este Palacio de Comunicaciones, ahora Ayuntamiento de Madrid, como antesala del otro Palacio, el de Buenavista, a donde ahora dirigía sus ojos pero donde tendría que dirigir sus pasos para alcanzar sus objetivos políticos?
Sus abuelos judíos, y qué decir su bisabuelo Isaac, el músico, o su tatarabuelo Angel Albéniz, le hubiesen recordado el viejo proverbio sefardí: “Todo lo que buscas está siempre en la puerta de tu casa”. A lo mejor no tiene que ir ni a la calle Génova para ver cumplidas sus aspiraciones. Sin salir de Cibeles, a cien metros de su despacho, puede contemplar el lugar desde donde se gobernó España, y medio mundo, cuando los reyes se dedicaban a cazar, a cortejar o a tomar chocolate con sus confesores, monjas, o bufones mientras escuchaban a los “castratti”, y dejaban que mandaran sus “validos”.
La “omnipotencia” ha sido la constante de quienes ocuparon desde hace casi quinientos años este entonces “altillo”, luego empequeñecido por las altas construcciones que le han ido rodeando
Desde el Gran
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