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S una guerra cinematográfica. Es como una superproducción epopéyica de Cecil B. De Mille, para la pantalla pequeña. Cada día parece que estamos viendo un capítulo, que dura veinticuatro horas, de una telenovela colombiana o venezolana, pero sin Carolina Paola ni Carlos Antonio; una telenovela sin personajes y con escenas casi estáticas.
Es verdad que, por primera vez, nos han llevado la guerra a casa, pero parece una guerra fantasma. Son panorámicas urbanas y paisajes del desierto, vistas fijas, que se repiten hora tras hora y día tras día, sin más diferencia que las fulgurantes explosiones o el centelleo, en la noche, de las baterías antiaéreas.
Mi tío, el del pueblo, que ha visto, de cerca o de lejos, siete guerras, estuvo tres días frente al televisor, y al cuarto, se levantó y me dijo: “¿Esto es una guerra? ¡Aquí hay mucho cuento!... ¡Vamos!, nos están contando Las Mil y Una Noches”.
Y no le faltaba razón. ¿Dónde están los rápidos avances? decía, y ¿qué pasa con las armas químicas de los iraquíes? ¿No es que en cuanto llegaran los “rubios” el ejército de Saddan iba a levantar las manos o iban a salir corriendo?
Es que mi tío no tiene remedio. Está viejo y es machacón. En su cantinela pregunta y pregunta ¿Por qué no hemos visto los ocho mil soldados iraquíes que se rindieron el primer día? Y repite: Unos y otros nos hablan de combates y de prisioneros, pero nunca vemos en vivo, ni escaramuzas, mucho menos batallas, ni avances ni retiradas.
Y entre mohino y risueño comentaba con sus amigos por teléfono, - porque, eso sí, le encanta la tecnología -, la trágicómica escena ofrecida por la televisión árabe de un grupo de iraquíes, que casi se matan entre ellos, ametrallando masivamente, las aguas del Tigris, en Bagdad, en un insólito procedimiento de “búsqueda y salvamento” de dos presuntos pilotos norteamericanos eyectados, y, supuestamente, caídos al río. Recompensa: miles de “petrodólares” de Hussein.
Sin embargo, las peroratas de mi tío el del pueblo, son las mismas de millones de gentes en todo el mundo. Y son preguntas sin respuesta ... o tal vez sí la tengan. Y la posible respuesta es que todos mienten, y que sólo vemos lo que a cada quién le interesa mostrarnos. Ya lo dijo el Secretario de la Defensa de los Estados Unidos: Se está revelando la verdad... aunque no toda.
Al séptimo día, lo que parecía que iba a ser una marcha triunfal de la coalición, estaba estancada y se comenzó a dar disculpas de que se había producido una inesperada resistencia. Que los civiles no se rendían, y los soldados menos, y que las cosas no eran tan fáciles como se había previsto.
Más tarde se reveló que los estrategas habían confiado demasiado en la eficacia de los ataques aéreos y había que enviar más tropas. Y se comenzó a conocer que los iraquíes habían capturado prisioneros de las fuerzas aliadas, entre ellos una cocinera, que equivocó el paseo.
¿Qué diablos hacía una cocinera, con otros compañeros, paseando en auto por el desierto, en plena noche? Eso no se lo preguntó mi tío el del pueblo, pero podía haberlo hecho.
La explicación no puede ser otra de que la mayoría de esos cientos de miles de muchachos, a los que se ha enviado a un lugar desconocido, habitado por gentes extrañas y peligrosas, proceden del interior de EEUU o de Inglaterra y, en su ingenua inexperiencia campesina han llegado a pensar que iban a un “picnic”. Así que después del trabajo fueron de excursión un rato...
Lo que sí tiene intrigado a mi tío, el del pueblo, es que casi todos los soldados “gringos” de que se tienen noticias, son mejicanos, panameños, hondureños, guatemaltecos, o sea, latinos y chinos o negros. ¿Por qué? ¿Es que no hay estadounidenses blanquitos y rubios como los que yo veo en las películas?, comenta. Bueno, pues parece que pocos.
Y si por los lados de la coalición llueve, por los de Saddan Hussein y comparsa, tampoco escampa. El sátrapa, escondido tras su pueblo, al que ha condenado a muerte, se ha convertido en una estrella del vídeo. Y hace tremendas afirmaciones, secundadas por sus ministros, que sí dan la cara. La desesperación se huele, y también es cierto que cada día se ve más claro que la victoria aliada - aunque parece relativamente segura - no será fácil. La estrategia iraquí parece residir en ganar tiempo, y la opinión pública mundial, para ello, los “petrodólares” de Hussein están haciendo bien su trabajo. ¿O todavía creen ustedes que esos alborotos de “pacifistas ladrillo en mano”, son espontáneos e inocentes? Sí, inocentes los que son arrastrados de buena fe, que son muchos. Porque la conquista de la opinión pública es el frente paralelo de la guerra de Iraq, y esa batalla que se libra fuera de sus fronteras Bush y sus aliados la están perdiendo.
Pero eso es otro cuento de Las Mil y Una Noches, a dos bandas, de este siglo XXI, que les narraremos en otro momento. Hoy, ya está amaneciendo... en Bagdad.
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