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ES contaré a mis nietos aquella historieta que tanto divertía a mis hijos: cuando yo golpeaba con un palo en la cabeza a la Reina de España.
Luego, tras una pausa picara, les aclararé que sólo ocurría una vez al año, el 5 de enero; que el palo tenía la forma de cetro; que el golpe era muy comedido; y que tal licencia se me consentía en cuanto rey Gaspar de la Cabalgata del Ayuntamiento de Madrid.
Aquel rey Gaspar, de empaque mágico, barba natural y grandes ropajes, decía que su cetro (de Casa Cornejo) era un "Santo dos croques” portátil, cuyo toque sobre la cabeza del niño o la niña, de la mujer de la limpieza o de la Reina de España, infundía, como don de la Epifanía, el don de la ciencia, tan necesario no sólo para los escolares, sino también para maestros y gobernantes.
Más allá de lances y ocurrencias, catorce años de rey Gaspar (1967-1980) en la Cabalgata del Ayuntamiento de Madrid han tramado una idea de la propia Cabalgata y me han marcado para siempre.
LA idea es algo más que un alegre tema de conversación. La idea está sistematizada y escrita en un memorándum en el que se propone una remoción de la Cabalgata, con referencias precisas a su naturaleza, contenido, presupuesto e itinerario, para que se convierta en la fiesta capital de Madrid, que como gran ciudad sólo puede permitirse a su corazón una fiesta total si es breve y fulgurante. El memorándum del rey Gaspar ha sido presentado sucesivamente a los alcaldes Arespacochaga, Álvarez, Tierno, Barranco, Rodríguez Sahagún y Álvarez del Manzano.
La imaginación de la Cabalgata de los Reyes Magos como la gran fiesta de Madrid, quedaría reducida a puro espectáculo si no se concibe al mismo tiempo como fiesta del espíritu, no sólo como fiesta de los niños, sino también como la fiesta del niño que todos somos, de ese niño perdido que tiene que regresar para salvarnos de la soberbia de ser mayores.
ESTA es la herida del rey Mago, el tránsito del disfraz a la iluminación, el proceso del juego a la oración, la fiesta como misterio y, en suma, lo que actúa como verdadera Epifanía. Esta es la razón profunda de la añoranza del Rey Mago, que lo es para siempre y por encima de todo. Esta es la razón particular por la que me considero rey Gaspar en el destierro y por la que lo único que le he pedido al alcalde es la Restauración en la tarde del cinco de enero.
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