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Época II - Año XIV
Edición Nº 4131
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 537
Semana del 06/06/2012
La máquina de coser de mi madre


Félix Arbolí
L A infancia, es un episodio de nuestra vida que nunca olvidamos. Es quizá el que más nos influye y marca a lo largo de nuestra existencia. El relato de nuestra querida compañera Carmen Planchuelo, publicado en la anterior “Firmas Invitadas”, me ha hecho retroceder a esa lejana época y no he podido encontrar algo parecido a lo que ella cuenta al recordar aquellos lejanos años de mi infancia.

Me he sentido triste y decepcionado al no haber podido disfrutar esos inolvidables y maravillosos momentos que a ella le hacen rememorar una niñez afortunada. Solo conservo de esa época la triste referencia a la muerte de mi padre, cuando yo solo contaba cuatro años y el cambio de una vida holgada y sin problemas a un ambiente insólito y muy difícil en pocos meses. Mi padre, de familia acomodada, abogado y secretario del Ayuntamiento, había avalado a uno de sus hermanos una fuerte operación crediticia y al empezar la guerra y hallarse éste en zona roja, el dueño del Banco, que era o eso creíamos, gran amigo de la familia y había prometido a mi padre, al conocer que le quedaban seis meses de vida,-murió de cáncer-, que esperaría al regreso de su hermano para solucionar el asunto financiero, no cumplió su promesa y embargó nuestros bienes familiares. Fue un derrumbe total que nadie esperaba, ya que entonces solo intervenía en los negocios familiares el hombre de la casa. Mi madre desconocía ese problema y amenaza hasta no recibir la notificación judicial. Es muy posible que mi padre no le contara nada para no alarmarla y preocuparla. Esta puede ser la causa de mi odio a todo lo que huele a Banco.

Tuvimos que abandonar Chiclana e irnos a vivir a Cádiz, donde entonces existían más facilidades para encontrar colegio y una vida más discreta para una familia venida a menos, que mi madre se empeñó, más allá de la intimidad del hogar, en que no se notara y bajara de nivel social.

De aquellas fechas, solo me viene a la memoria el recuerdo de la máquina de coser que mi ella utilizaba largas horas del día y de la noche estrechando las camisas y pantalones de mis hermanos mayores para que lo pudiéramos utilizar los dos pequeños o arreglar sábanas, visillos y todo lo que en una casa con cinco críos entre once y cuatro años podían necesitar y destrozar. Mis noches no fueron acompañadas con cuentos de hadas, ogros y doncellas, sino por las nada gratas sensaciones de tener que abandonar un mundo de sueños felices por otro más cercano a las pesadillas. Y encima oyendo ese odioso pedaleo de la máquina “ Singer”, que no cesaba un instante y martilleaba mis oídos impidiéndome coger el sueño y recordándome que era la culpable de no poder gozar de su necesaria atención y tiempo libre. Le tomé tanto encono a esa dichosa maquina, que cuando nos la regaló mi madre al venirse a Madrid, no la quise tener en casa y llamé a los de “Betel” para que vinieran a recogerla. No consentí que Maribel la utilizara una sola vez. Era el testimonio de una época de mi vida que siempre he querido borrar de mi memoria y nunca lo conseguí. Este es el recuerdo que tengo de mi infancia.

Nada comparable a los relatos maternales de mi admirada y entrañable Carmen y no porque mi madre fuera reacia en demostrarnos su cariño, no he visto a una madre más abnegada y entregada a sus hijos, sino porque al quedar viuda, en plena guerra y con cinco hijos a su cargo, los días eran auténticos maratones en su quehacer diario. Como para contarnos los cuentos de Perrault, Grimm o Andersen, estaba la pobre y menos los poemas de Neruda que en aquella época y latitudes estaban prohibidos. Te envidio amiga porque tú si has tenido una infancia que a mi me robaron los designios de Dios, que parece se ensañó con unos niños inocentes y les arrebató lo que más necesitaban y una serie de cabrones, ( y no pido perdón por utilizar esta palabra) que se enfrascaron en una terrible y cruenta guerra civil que llenó a España de huérfanos y viudas. De hambre, dolor y odio y negros en lutos y conciencias. Así como conspiradores y estraperlistas que se enriquecieron aprovechando el hambre del prójimo menos favorecido y cuyos apellidos llenan las actuales crónicas sociales. De tantos niños que nos dormíamos soñando con un bocadillo o un simple juguete de cartón y nos despertábamos con idéntico anhelo.

Jamás me podrán devolver lo mucho que me hicieron sufrir “Uno” y otros en los que se suponen los años más bonitos y añorados de nuestra vida. Estos son mis cuentos y mis noches de infancia. Y todo por el tremendo crimen de ser huérfano de padre desde muy pequeño en plena guerra y quinto hijo de una joven viuda que pasó toda su vida bregando sin tregua y batallando sin descanso para poder sacarnos adelante. Me río yo de muchas de las llamadas hoy “madres corajes” al compararlas con la mía. No pudo hacerlo mejor y con mayor honestidad y dignidad, aunque es lógico suponer sin mucho tiempo para cuentos e historias con las que se durmieron otros niños más afortunados.

¡Cuánto te envidio querida compañera por la suerte que has tenido y esa madre, que aún te vive y a la que no debes escatimar un solo instante de tu tiempo para intentar devolverle algo de lo mucho que ella te ha dado y te sigue dando!. La mía hace ya muchos años que se me fue y a veces pienso que no le dí todo el cariño y la atención que le debía. No es que la tratase mal, ni mucho menos, sino que no le compensara todo cuanto esa extraordinaria mujer hizo por nosotros. No se por qué cada vez que iba a visitarla, esa maldita máquina de coser instintivamente me producía cierto “repelús”. Y lo lógico hubiera sido que cuando me la regaló la conservara y tratara como un emocionante testimonio de su diaria y terca lucha por todos nosotros. Es triste, lo sé y lo reconozco tener que expresar estas consideraciones, pero quisiera que mi artículo de hoy, sea un canto de amor a tantas madres que han hecho a sus hijos sentirse especiales y felices con esas bonitas y entrañables historias, relatos y poemas que les acompañarán mientras vivan y un homenaje de recuerdo y cariño a las que, por causas ajenas a su voluntad, no pudieron dedicarles tan mágicos instantes y contarles esos cuentos maravillosos, como el de Margarita de nuestra amiga, que solo el amor y la ternura de una madre es capaz de narrar con esa inigualable magia y ensoñación.

He sentido pena al recordar con ese relato que yo no tuve a nadie que perdiera unos minutos de su tiempo y de su sueño, en procurar que yo lograra el mío extasiado con esas historias que solo conocí cuando ya había desaparecido el niño. Todo muy distinto como ven, a la linda Margarita, pues mis ilusiones en esas noches de insomnio estaban puestas en el bocadillo de chorizo y manteca “colorá”,-como dicen en mi bendita y añorada tierra-, que en ocasiones mi madre nos compraba. Este era mi ogro y mi doncella.
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