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L ejército invasor avanza inexorablemente hacia Bagdag. Mañana quizá o en unos días [hoy es el tres de abril] estará a sus afueras. Mientras llega, caen sin cesar misiles y bombas de un poder destructor delirante. Dicen que son inteligentes. Lo dudo. Si lo fueran, no caerían, se negarían a salir de sus baterías o de sus aviones, avergonzados de su mortandad ciega, indiscriminada. Caen y caen sobre palacios, sobre cuarteles, sobre ministerios, sobre torres de comunicación, sobre mercados, sobre casas, también sobre seres humanos. Asombra que todavía quede algo en pie, algo que se mueva, que respire. ¡Y qué amarga ironía! Sobre las ruinas, presidiéndolas, aún resiste la estatua del odiado dictador.
El mando iraquí sostiene que el ejército invasor pagará caro su avance. De hecho ya lleva casi cien muertos. Ha dicho también que defenderá la ciudad hasta el fin, que se luchará calle por calle, casa por casa, sin tregua, como está ocurriendo en Basora. Quien conozca una ciudad árabe, sus medinas de enrevesados vericuetos, sus inmensos barrios de miseria con casas y covachas apiñadas, sabe lo duro que esto será. Ya no valdrán los misiles porque todos estarán juntos, agresores y agredidos, oyéndose mutuamente la respiración jadeante y miedosa. Difícil, muy difícil será avanzar un palmo a menos que unos se rindan o el mando anglo-norteamericano cuente con una estrategia nueva. Por cierto, el general Franks se equivoca. La táctica de los iraquíes no es la del terrorismo, sino la de la guerrilla. Los españoles lo saben muy bien por su historia.
¡Bagdad! No conozco el futuro. No sé lo que te espera. Ignoro si te rendirás para ahorrar dolor a los tuyos. No sé si quedarás reducida a polvo. Pero sé que, ya, ahora, pase lo que pase, te has unido al número de las ciudades mártires. Tus habitantes sufren, lloran en el terror, torturados sistemática e infernalmente por el ruido y el humo de las bombas que los cazan [habrá que tipificar estos bombardeos como tortura física y psicológica], que no les dejan dormir, ocultándose, enterrando a sus muertos cuando pueden, malcomiendo, malviviendo, mientras nosotros, tus verdugos, llenamos los restaurantes, vamos al fútbol, paseamos a nuestros hijos en el parque y engordamos a nuestros perros. Tú mueres día a día mientras nosotros reimos frente al televisor satisfechos por el poder de nuestro ejército invencible. ¿Qué nos han hecho, Señor, qué nos han hecho esas mujeres, esos niños, esos defensores, aquí, a miles de kilómetros de distancia donde moramos?
¡Bagdad! Eras para nosotros en las nieblas doradas de la juventud lejana la ciudad del ensueño y la fantasía. Te imaginábamos toda palacios de oro, cruzada de alfombras voladoras, siguiendo embobada las aventuras de Simbad el marino, Alí Babá y Aladino, que te narraba, envuelta en velos transparentes de ambiguas formas, la hermosa y sensual Seherezada de “Las Mil y Una Noches.” Eras en un anacronismo histórico nada grave por la proximidad geográfica los desaparecidos jardines colgantes de Babilonia, los fabulosos zigurats de Nínive o los leones alados que te robaron los británicos para sus museos. Eras, eras tantas cosas que no eras, pero que nos ayudaban a teñir de ilusión las grisuras del Instituto.
Ahora eres la guerra y el espanto. Ahora te evocamos como evocamos la lejana Numancia que prefirió morir a entregarse a los romanos, los civilizados de entonces. O como Zaragoza, sitiada por un ejército de Napoleón, que resistió calle por calle, casa por casa, para asombro de Europa, incapaz de imaginar resistencia al poderoso del momento. Te imaginamos, Bagdad, como Hiroshima y Nagasaki, aunque esperamos que nadie llegue a la locura del átomo; como Guernika bombardeada un día de mercado, cuyo grito de horror ha inmortalizado Picasso, o mejor aún y quizá con más similitud como Dresden planchada por las bombas aliadas. Te imaginamos , Bagdag, como eres, mártir, aunque tus verdugos proclamen tu culpabilidad y su inocencia, tus delitos y su cruzada redentora.
¡Bagdag! Los anglo-norteamericanos dicen que defiendes a un tirano. Y los anglo-norteamericanos son gente respetable. Habrá que creerlos. Pero, si lo defiendes, ¿no habría que respetar tu deseo? ¿Y no deberías ser tú quien lo derrocase?. Otros tiranos hay a los que no tocan. Los anglo-norteamericanos dicen que te traen la libertad. Y los anglo-norteamericanos son gente respetable. Habrá que creerlos. Pero, ¿qué libertad? ¿La del odio, la de la muerte y la devastación? La libertad no se impone con rencor, con arengas de venganza, asesinando, con la bota del soldado, por la fuerza. La libertad se elige, como una rosa, como un amor de primavera, como un beso ideal. Si deseas seguir siendo islámica y rezar a Alah, deberían respetar tu voluntad, no obligarte a obedecer leyes del vencedor. Los anglo-norteamericanos dicen que amenazas el orden internacional con armas y fanáticos. Y los anglo-norteamericanos son gente respetable. Habrá que creerlos. Pero nos gustarían pruebas, porque hasta ahora sólo ellos han sido los agresores. Nos gustaría saber qué les han hecho los árabes, los fieles de Alah. ¡Bagdag! No he venido a defenderte,- te defiendes sola-; no he venido a condenar a los que te asesinan, -se condenan solos-; he venido a llorarte, a inscribir tu nombre en el libro de de las víctimas inocentes, de los valientes, de las ciudades mártires.
Nota final : General Franks, nunca leerás esto, aunque sí cosas parecidas hoy quizá o mañana cuando te jubiles y pasees tu vejez por las bibliotecas de tu pueblo. Dinos sinceramente: cuando te vas a dormir tras tanta bomba y tanta muerte, ¿no te duele algún rinconcito del alma? ¿No lloras? Tu cara no se parece a la de esos señores del Gobierno, los Bush, los Rumsfeld, tan duros, tan llenos de rencor en sus gesticulaciones. Se diría que eres mucho más sensitivo, que ejecutas con dolor lo que te mandan por deber de soldado. General Franks, renuncia, no lleves al glorioso ejército norteamericano a cometer otra masacre, indigna del código militar que lo rige. Dile a tu presidente: “¡Basta! Mis soldados no van a matar ni un niño más, ni una mujer más. Vete tú a cazar al tirano con tus rifles.” Si eso ocurriera, ese día sería el más grande de los Estados Unidos.