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  Firmas Invitadas - Edición Nº 72
Semana del 18/07/2003
Proust visto por Ortega y Gasset


Alfredo Amestoy
E N España pasó inadvertida la participación de nuestro filósofo en el gran «homenaje» de los más famosos escritores del mundo al autor francés, cuando falleció en 1922. Como esta historia empieza en Nueva York, se me puede permitir utilizar la palabra «serendipidad». Todo ocurrió por serendipidad, por chiripa. Llovía a cántaros cuando hace un par de meses entré en la librería Gotham, en la calle 47, oeste, de Manhattan. En esta célebre institución fundada por Frances Steloff, una mujer excepcional que se ha dado el lujo de crear, al abrigo de su pequeña librería, clubes tan prestigiosos como «The James Joyce Society», es donde conocí hace muchos años a Asimov y saludé por vez primera a Arthur Miller.
Este legendario comercio, tan próximo a «la calle del oro», donde los judíos atesoran más kilos que el Fuerte Knox del preciado metal, pero tan lejos de los intereses de Creso, siempre responde al lema que reza en su puerta: «Wise Men Fish Here»... Y así es; la gente lista, y también quien no lo es tanto, pueden pescar aquí magníficos ejemplares de la edición en el océano libresco de Gotham.
Si «serendipidad» es «chiripa», «by serendipity» pude hacer el hallazgo de un dato que Miss Steloff ha registrado como histórico: el paso por la tienda, y su posterior retorno a Francia, de un ejemplar de los únicos 330 que Gallimard imprimió el 1 de enero de 1923, seis semanas después de la muerte de Marcel Proust, el 18 de noviembre de 1922, es decir hace ahora ochenta años; aniversario que ahora se conmemora y celebra a bombo y platillo en todo el mundo. Y no porque se trate de recuperar el tiempo... perdido. El tiempo es algo que no pasa para el siempre reverdecido Proust. El libro en cuestión, «Hommage a Proust», es una joya, por raro y por joya literaria. Y si los contenidos del medio centenar de colaboraciones son de valor excepcional, lo son más aún por el hecho de la sorprendente movilización que se produjo entre la «inteligencia» mundial y su forma de reaccionar, con tanta celeridad, lo que permitió editar la importante obra en muy pocos días.
Fueron convocados para esta contribución las grandes figuras de la literatura, que no pudieron negarse ante la invitación que hacía una editorial tan prestigiosa como Gallimard ni ante la pléyade de celebridades francesas que «presidían» el Homenaje. ¿Quién faltaba si estaban Cocteau, Gide, Maurois, Valèry, incluso André Malraux? Por cierto, sería interesante saber de cuál de ellos partió la idea de que interviniera también en el histórico homenaje José Ortega y Gasset. Porque no ofrecía dudas la participación de consagrados como, por ejemplo, Fitzgerald o Joseph Conrad, pero admitamos que en el mes de diciembre de 1922, media docena de autores españoles de la generación del 98 eran más conocidos que Ortega. Por otro lado, no dejaba de ser audaz esta preferencia por el filósofo pudiendo dirigirse a creadores como Azorín, Baroja o Unamuno.
Sin embargo, fuera quien fuese, el que designo a Ortega actuó con intuición y perspicacia. Ortega, en ese final del año 1922, atraviesa el rubicón de la fama, ya es conocido en Europa y, algo más difícil, «reconocido» en su propio país. Hace cuatro años que fundó «El Sol», acaba de publicar hace unos meses la que va a ser su obra más importante, «España Invertebrada», y dentro de unas semanas va a ver la luz la revista de más prestigio y una de las más influyentes del siglo XX en el idioma castellano: «Revista de Occidente». Otro detalle más digno de reseñar: en ese momento Ortega y Gasset no ha cumplido los cuarenta años.

ENSAYO SOBRE EL RECUERDO
La edad de Ortega (39 años) cuando muere Proust (a los 51 años) es un dato relevante porque esa «distancia» de sólo doce años se incrementa por estar Ortega aún en la treintena y haber entrado Proust ya en la cincuentena. Esa docena de años varía sustancialmente según se trate de una época u otra de la vida; y quién mejor que el propio Ortega, que midió y estableció el tiempo de las generaciones, para valorar estos plazos. Sirva este ejemplo: aunque doce años separaban los treinta y nueve años de Ortega de los veintisiete a los que muere Larra, Ortega se sentiría más cerca del veinteañero Mariano José que del cincuentón Marcel. Ignoro si esta apreciación aconsejaría revisar esa década que Ortega atribuye para cada paso generacional. Él mismo, Ortega, es objeto de polémica sobre su pertenencia a la generación del 98 o a la del 27, habiéndose resuelto el dilema con la convención de que es «el último del 98 y el primero del 27», como su coetáneo Eugenio d Ors, aunque ambos, para poner en tela de juicio cualquier teoría de la duración y vigencia de las generaciones, morirían antes que sus «ascendientes» Pío Baroja y Azorín, los dos pioneros y promotores de la generación del 98.
Otro factor, que, como veremos ahora, preocupa a Ortega es la distancia espacial además de la temporal. Así, Proust está de Ortega a una «distancia» de sólo doce años de vida, pero a más de mil kilómetros, en París. Mucho más lejos que Baroja, que es quince años mayor que el filósofo pero al que tiene en Madrid. Las distancias en el espacio eran muy consideradas por Ortega. Recuérdese la anécdota protagonizada, precisamente, por Ortega y Pío Baroja en la Estación del Norte, de Madrid. El joven filósofo acaba de cumplir veinte años y está con su padre, el célebre periodista Ortega Munilla, cuando se cruzan en un andén con Pío que les dice que, vía París, viaja a Londres.
José, muy sorprendido, le pregunta «Y ¿qué hay en Londres?» Es su padre el que, quizás molesto por la ingenuidad de su hijo, se anticipa y sale al paso con la respuesta: «¿Que qué hay en Londres? ¿Pues Londres!».
No sería la primera ni la última vez que el gran personaje, figura egregia del pensamiento español, incurriera en estas salidas «fuera de tono o de lugar». Ortega es quien, cuando se pone en marcha el cortejo fúnebre de su padre, comenta satisfecho «qué bella se nos pone la tarde», frase extemporánea si no consideramos la sensibilidad, la lírica, incluso el punto de ironía y de cinismo que no se le ha reconocido y que, sin duda, poseía Ortega.
De aquí qué no debe sorprendemos que a Ortega le interesara y hubiese leído y estudiado no sólo a Kant sino también a Proust.
Ortega conoce y admira profundamente a Proust. Lo bastante como para que le seleccionen como «representante» de España en el «Hommage a Proust» y como para que el trabajo que envía el español sea uno de los mejores de la antología. Ortega escribe un ensayo que titula «El tiempo, la distancia y la forma en Marcel Proust». Se trata de un análisis sobre el recuerdo, sobre la memoria proustiana. Pero subyace también una preocupación acerca de la memoria como potencia del alma o capacidad de la mente, recurso del que la Naturaleza había dotado pródiga y prodigiosamente tanto a Proust como a Ortega. De Proust se dijo que «todavía muy niño, recitaba sin fallo alguno a Racine, Hugo, Musset, Lamartine y Baudelaire». Robert Dreyfus le adjudicó a Proust «una memoria superior incluso a la de Gabriele d Annunzio». Y Benjamin Cremieux comentó que poseía, además, «una memoria del cuerpo que venía en ayuda de la memoria cerebral».
A esta memoria «sensitiva» de Marcel Proust se refiere Ortega en su ensayo del «Homenaje». Valora la «calidad» de la memoria proustiana porque él comparte con el escritor francés la «cantidad» de memoria. ¿Hasta incluso superarle? Puede ser. No tenía siete años el futuro filósofo cuando, tras un par de lecturas, memorizó con puntos y comas el primer capítulo del Quijote. Desconozco si Ortega, que sí conocía la memoria de Proust, investigó el origen y el alcance que en la lengua francesa se da al llamar a nuestro «memorizar»... «savoir par coeur».Y cuál pudo ser antes: el «savoir par coeur» francés o el «to know by heart» de los ingleses; que en ambos idiomas se recurre al corazón para valorar lo que uno aprende de memoria.

ENTRE LA SEDUCCIÓN Y LA PERTURBACIÓN
Orte
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