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Época II - Año X
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 martes, 09 de febrero de 2010 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 57
Semana del 11/04/2003
Sangre y muerte: realidad y espectáculo


Ismael Medina
S OSTENÍA Clausewitz, tan citado, que quien dirige una guerra con moderación está condenado a perderla. Con ese criterio se habían desarrollado las guerras desde tiempo inmemorial. Pero algo ha cambiado, desmintiendo en parte a Clausewitz, ya que todavía se dirimen así las guerras silenciadas o casi mediáticamente invisibles. Ahora mismo, mientras en pantallas de televisión, en los periódicos de papel y en las redes informáticas asistíamos atónitos al fragor de las batallas en Irak, murieron mil personas en el Congo durante la más reciente de sus guerras internas, siempre atizadas desde fuera. Estos y otros conflictos similares al acaecido en el Congo diezman y empobrecen a los pueblos del África, en especial a los subsaharianos. Pero tan desmesurada y fulgurante matanza apenas si ha merecido una fugaz referencia informativa. Y sin que las cámaras recogieran para espanto del mundo un pavoroso rosario de cadáveres de todas las edades y sexo decapitados, degollados y acribillados con sañuda ferocidad.

Sólo cuentan la sangre y los muertos que se registran en Irak. Pero las imágenes de esta sangre y de estos muertos suelen ser selectivas y se repiten machaconamente. Depende de la parcialidad del medio que las divulga. Si la inclinación es antinorteamericana y “pacifista”, la sangre y los muertos mostrados con predilección serán “civiles”, mujeres y niños con tenaz insistencia, aunque en las camas de al lado yazcan hombres en edad de combatir, algunos de ellos con rastros de vestimenta militar. También éstos serán para el gran público inocentes e indefensos civiles.

La guerra se ha convertido en espectáculo al que cientos y cientos de millones de seres contemplan acomodados en sus butacas domésticas de preferencia mientras toman unas copas o sorben un café. Comenzó a serlo durante la II guerra Mundial, aunque el blanco y negro de las imágenes empañaran el rojo trallazo de la sangre y emborronaran la tumefacta lividez de los cadáveres. Ahora no. Ahora el color nos coloca ante una acrecida dimensión del horror. Acrecida por un triple efectismo: una intensidad cromática superior a la real, la intencionalidad de quien maneja la cámara y la subjetividad con que la palabra acompaña a la imagen. La sabemos bien quienes desde niños hemos conocido con no poca asiduidad la muerte natural o violenta de próximos o desconocidos. También la postrera, vidriosa y huida mirada del moribundo. O la tristeza infinita en los ojos del doliente, más aún si es niño. No es lo mismo ver, digo ver y no mirar, la sangre y la muerte de cerca que mirarla, y no verla, sólo en su versión virtual del cine o del televisor. No como verdad trascendente que induce a la pena y a la conmiseración, sino como espectáculo que a los más horroriza de momento y les impulsa a convertirse en coro de los demagogos de turno. Y a delectación para quienes, los menos, satisfacen en su cómoda lejanía la sangre y la muerte de los que tienen por contrarios. Los soldados de USA y Gran Bretaña para unos; y los de Sadam para otros.

Hay otra dimensión de la sangre y de la muerte como espectáculo que me subleva: la absoluta falta de respeto a la trascendente intimidad de los destrozados por la metralla, aún vivientes, y de los que ya exhalaron su último aliento. Me indigna y espeluzna el cerco impiadoso de las cámaras a la carne maltrecha de los heridos y los muertos. Sea en la guerra de Irak o en cualquier otra, incluida la que el terrorismo nacionalista vasco practica en España. Me recuerda a los buitres carroñeros. Y de carroñeros pecan quienes dirigen los medios y reclaman la exhibición de lo más patético para engordar la cuenta de resultados. Solivianta el ánimo que sus propios compañeros se afanaran por obtener la imagen de Couso cuando la vida se el iba por los regueros de sangre que manaban de su cuerpo destrozado. Han privado a sus familiares de conservar intacto el recuerdo de un Couso en plenitud de vida. Les perseguirá en adelante esa otra imagen lacerante de lo que nunca hubieran deseado ni supuesto. Mejor suerte respecto de la guerra como espectáculo ha corrido Julio A. Parrado. Ninguna cámara estaba cerca para mostrar su cuerpo destrozado. Los suyos sólo tendrán de él la imagen del féretro en que llegará desde Kuwait. No les servirá de consuelo. Pero lo pueden añorar como era y lo describen sus compañeros.

Eludo entrar en la apasionada polémica, trascendida innecesariamente a rifirrafe político, sobre las causas de la muerte de Couso, la cual me hiere, como persona y como colega, tanto como al que más. Y de igual manera que la de Julio. Me pregunto si, tal y como describen su talante humano y profesional, Couso no habría aceptado que de su muerte se hiciera aparatosa bandera vindicativa. Todos los que hemos sido en alguna ocasión corresponsales de guerra, sea cual sea la índole de ésta, sabemos que al aceptar la misión asumimos riesgos nada desdeñables, cuyo origen puede ser múltiple. Y que a veces juega malas pasadas el exceso de confianza. En una contienda no hay espacios invulnerables. Menos aún en la actualidad por mor del largo alcance de los modernos ingenios artilleros. Incluso un enemigo sistemáticamente aplastado puede preservar un lanzacohetes servido por alguien dispuesto a morir matando. Tampoco puede fiarse demasiado en la inmunidad de un lugar ocupado por gentes ajenas al conflicto, aunque se trate de establecimientos destinados a paliar los daños humanos. Menos todavía en una contienda en que el enemigo se entremezcla con la población civil y dispara a resguardo de una esquina, de un portal, de una tapia, de un seto, de una ventana, de un automóvil o de una ventana. Se ha ponderado tanto la precisión de las eufémicamente denominadas armas inteligentes y de la fiabilidad de los ingenios electrónicos aplicada a los instrumentos de destrucción y de muerte que en muchos de los no implicados en objetivos militares, reales o supuestos, se generó un engañoso sentimiento de seguridad. ¿O no hemos visto en las pantallas a los habitantes de Basora o de Bagdad discurrir tranquilamente por las calles mientras en su entorno atronaban las explosiones de la cohetería aliada, enrojecía el horizonte y se derrumbaban con estrépito los edificios? Pero hasta en la más avanzada tecnología caben, como en la vida misma, inexorables márgenes de error.

Alguien ha recordado en estos días a Luis Calvo, uno de nuestros grandes periodistas, como arquetipo de corresponsal de guerra. Y está en lo cierto. Con él, ya anciano, entré en el Jerusalén palestino apenas doce horas después de su conquista por las tropas del Tsahal, una de cuyas patrullas nos abrigaba, cuando todavía resonaban los lúgubres disparos de los pacos. Pasé miedo. Sería hipócrita ocultarlo. Pero me exigía seguir adelante la imperturbable actitud de Luis. Tampoco se arrugó Pedro Mario Herrero, desparecido como tantos otros valiosos colegas de la flaca memoria profesional, cuando, a bordo de un taxi, se adentró en la tierra de nadie para relatar la batalla por la conquista del Golán, en el curso de la cual aviones y carros de combate destruyeron una entera división acorazada siria.

Aquella lejana experiencia de la llamada guerra de los seis días me permitió confirmar lecciones aprendidas en la niñez durante nuestra contienda. Hasta el punto de resultarme familiares no pocos episodios de la actual guerra espectáculo, como puede ser el caos que sigue al derrumbamiento del entramado institucional y al subsiguiente vacío de autoridad. Asimismo, que el combatiente no se puede conceder espacio para dilucidar si la amenaza que percibe es real o falsa. El instinto de conservación reclama una respuesta inmediata, sin tiempo para distinguir si lo que asoma por una cerca es un bastón o el cañón de un fusil. O si el tubo de una chimenea caído sobre el remate de un edificio es tal o un lanzacohetes. Y, por desgracia, son bastantes los objetos o los artilugios inofensivos que un combatiente puede confundir con armas enemigas. Cuando, por ejemplo, se cierne la amenaza de los coches bomba y un automóvil con asustados civiles se salta un control es inevitable que disparen quienes lo guarnecen. Ha sucedido días atrás en Bagdad.

El sólo hecho de vivir constituye un misterioso encadenamiento de riesgos imprevisibles. Y el profesional del periodismo añade a ese riesgo permanente el de relatarlo sin asumir un épico protagonismo, amén de con absoluto respeto a la intimidad doliente de la sangre vertida y a la trascendental de la muerte. Por mal camino marcha una sociedad cuando la sangre y la muerte se convierten en espectáculo para consumo de masas, negocio mediático y arma arrojadiza de políticos..
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