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UPONGO que cualquier lector estará a estas alturas aburrido de que se haga una tragedia nacional de la muerte de dos periodistas. Yo, como periodista, me siento dolida y afectada, pero no quiero perder de vista la realidad por mucho corporativismo que me embargue.
Siento la muerte de Julio Anguita y José Couso como el que más, pero también tengo la necesidad de decir que han muerto sabiendo que podían morir; que el carné de periodista no es un salvoconducto hacia la vida y que estar en mitad de una guerra supone caer víctima de ella.
Las responsabilidades en la muerte de al menos uno de ellos, sin embargo, no recaen sólo en un marine idiota (tan idiota como todos los marines) que lanzó un misil hacia donde no debía. Hay mucha más porquería detrás.
Las imágenes de Juan Pedro Valentín, responsable de los informativos de Tele 5, lagrimeando y lamentando profundamente la muerte del cámara de Tele 5, me las creo, pero me traen al pairo. Yo también he llorado y no he salido por la tele.
He vivido muy de cerca en una redacción alguna que otra guerra, y sé cómo gusta a los directores tratar en sus páginas las contingencias, amenazas, heridas o muertes que sufren sus corresponsales de guerra. La batalla de turno pasa a segundo plano para vender a un periodista herido, ultrajado o vetado. Quizás por eso mi procesión la llevo por dentro.
Tengo el estómago encogido desde que conocí la muerte de Julio Anguita, pero no porque Pedro José Ramírez, el del corpiño rojo, saliera con los ojos enrojecidos diciendo lo buen periodista que era, sino porque lamenté su muerte como persona, como compañero y como víctima española en Iraq. Se me encogió un poco más cuando, menos de 24 horas después, supe que había muerto un cámara, también persona, también compañero y segunda víctima española en Iraq. Pero no me movió a lástima ver a Juan Pedro Valentín sufriendo por un cámara que, al parecer, ni siquiera estaba contratado por la cadena. Los lamentos tendrían que haber sido previos, cuando se sabía que era un profesional autónomo que, sin seguro y con lo puesto, encima, no pertenecía a Tele 5. Atlas era su productora, conocida de sobra en ámbitos periodísticos y a la que mejor no dedicar ni una línea de texto.
Si pena me dio Juan Pedro Valentín, vergüenza me dio Pedro José. De él no me creo ni cuando me da la hora. Consulto una segunda fuente porque seguro que me está engañando en cinco minutos. Pedro José Ramírez, cuando hablaba ante las cámaras de Julio Anguita Parrado, estuvo emotivo, tierno, turbado, afectuoso... pero por su cabeza, seguro, sólo pasaba la portada de su periódico del día siguiente: “El periodista de EL MUNDO Julio A. Parrado muere víctima de un misil al sur de Bagdad”. Esto suponía unos cuantos miles de ejemplares más, pero la mala suerte le persigue desde que le pillaron con el culo en pompa y vestido de cabaretera: la muerte del cámara José Couso robaba protagonismo a su corresponsal caído.
Afortunadamente, el propio Julio Anguita Parrado, a título póstumo, puso en su sitio a Pedro José: “No quiero que Pedro J. venga a mi entierro y se cuelgue medallas a mi costa”. Basta trabajar unos meses con el director de “El Mundo” para saber de qué pie cojea, y, supongo, Julio Anguita Parrado se dio la misma cuenta que todo el mundo.
La única persona medianamente sensata en toda esta tragedia ha sido Julio Anguita padre. Nada más conocer la muerte de su hijo, el ex coordinador general de Izquierda Unida puso una pizca de juicio en toda esta fiebre corporativista de la última semana: “Mi hijo ha muerto haciendo lo que le gustaba. Malditas las guerras y malditos quienes las fomentan”. No había nada más que decir.
Las ideas se me atropellan en la cabeza, y, a estas alturas del texto, ni siquiera sé si he dicho lo que quería decir. Estoy cabreada, rabiosa, dolida y asqueada. No quiero ver a jefazo alguno en la tele haciéndose el sufrido por un profesional al que no tenía especial aprecio en vida, pero tampoco quiero que se haga un drama nacional de la muerte de dos periodistas.
Cuando Carlos Sainz corre, aunque sea sin ganar nada, sabe que puede volcar y morir; cuando alguno de nosotros embarcamos en un avión, sabemos que podemos caer; y cuando un periodista va a una guerra, es consciente de que una bala perdida o dirigida no distingue el carné de Prensa. Por eso, considérenme una rata cobarde que jamás se ha atrevido a ir a cubrir un conflicto. Admiro a quienes lo hacen, pero sobre todo a quienes lo hacen asumiendo las consecuencias. Todo sea por la información.
La guerra, como ya se sospechaba, es terrible. También, está claro, para los periodistas. Recuperemos la cordura.
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