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LGUIEN podría decir: sin mucho pensar que sí, que es blanco, la nata es blanca... pero yo digo que no, pues el color blanco es el puro en sí mismo, el que no tiene ni un solo matiz de otros. No hay muchas cosas blancas en la naturaleza, la blanca luna a veces es amarilla como el oro, fucsia como la sandía veraniega y cuando mas blanca nos parece ella muestra los obscuros tatuajes de sus surcos, montañas o lo que sea que exista en el mundo selenita; la espuma del mar solo es blanca cuando corre impulsada por las olas, el viento: nada más besar la arena torna su tono a tostado. Sólo la nieve recién caída puede presumir de blancura pero al igual que la espuma pronto se contagia de la superficie que la absorbe. Por eso no puedo decir que mi camisón es blanco en el estricto sentido del concepto “color blanco” porque no lo es.
Cuando llegó a mis manos, otro regalo navideño de mi madre, pensé “¿y de qué color puedo decir que es este camisón?”. A bote pronto dije “blanco” y enseguida me vinieron a la mente todas y cada una de las variantes del blanco: “nacarado”, ”crema” , “of white” o blanco roto - en plan castizo-, “nata” y sí, esta fue la imagen que vino a mi contemplando mi bello y aún sin estrenar precioso camisón: la nata espesa que poquito a poquito se iba formando en el cueceleches de la cocina de mi infancia.
Muchos años después me viene a la cabeza las tardes en que solía acompañar a mi madre a comprar la leche de todos los días a una vaquería cerca de mi casa. El propietario era el padre de mis amigas Milagritos y Praditos (hoy Mila y Prados) en el hall de la casa se había improvisado el despacho de leche, las vacas vivían plácidamente en la huerta lejana; algunas veces íbamos a verlas, eran grandes, blancas y negras. Por el despacho, como todos denominábamos a aquel lugar, pasaba por la tarde casi todo el vecindario con sus lecheras de aluminio, yo al menos sólo recuerdo esos extraños cacharros mezcla de botella, cazo, cazuela y con un asa que hacía que la lechera se balanceara a un lado y a otro. Sí recuerdo muy bien el olor fuerte de la leche y el mostrador de mármol donde iban cayendo las gotas pegajosas de este líquido. El despacho de leche servia también como lugar de encuentro de grandes y pequeños, en aquellos tiempos lo normal es que fuéramos solo mujeres a por la leche.
Al llegar a casa la leche se hervía rápidamente para que no se estropeara, en un recipiente especial llamado cueceleches, que al igual que la lechera tenía sus peculiaridades, entre ellas un piquito para derramar el líquido igual que las jarras y una tapa que si no recuerdo mal tenía orificios. Yo tenía uno chiquitin con el que jugaba a hervir la leche de mis muñecas. Vigilar el cueceleches era tarea de casi todas las niñas de mi edad, había que estar muy atenta para que la leche no se “saliera” al hervir; cuando estaba a punto yo sólo tenía que gritar “¡ya esta la leche!” Y entonces alguien de la familia apagaba el fuego, labor prohibida para mí. La leche descansaba un poquito (“reposaba”) y después mi madre iba quitando la gruesa capa de grasa que se había ido formando en la superficie y la guardaba en un cacharro de loza, cuando había suficiente nos hacía rosquillas, galletas, bizcochos. Me gustaba ver la nata surgir de la leche y también verla en el recipiente de loza pero nunca me gustó encontrármela en el cola-cao mañanero, ni en el café actual, y me producía un particular desagrado ver a mis amigas (las hijas del lechero) comer – con auténtico placer- unas inmensas rebanadas de pan con nata espolvoreadas con azúcar que brillaba como chispitas de cristal.
La imagen de la nata de mi infancia fue surgiendo en mí mientras contemplaba tan leve y femenina prenda. Una mezcla de amarillo muy suave y blanco no puro y luz anacarada se desprende de toda ella y es exactamente igual que la nata con azúcar que merendaban mis amigas de mi más lejana infancia, solo que su contemplación no me sugiera ningún tipo de “asco” mas bien desata mi imaginación de forma mas que grata .
El encaje que cubre o descubre el cuerpo, se ciñe suavemente y en él destacan los dibujos de hojas y flores que son las que tienen más hilos amarillentos. Todas estas florecillas se desparraman por los anchos tirantes de los hombros, el amplio escote y, cuando las miro sobre mi piel, me parece que toda la Primavera está surgiendo de mí; la frontera entre el encaje del pecho y el raso de la falda la marcan dos pequeños, pequeñísimos, lacitos zapateros de raso, del mismo raso brillante, suave y sensual de la falda que acampanada se abre como una vela de barco hinchada por el viento y llega hasta los tobillos. Este camisón, al igual que el gris (del que ya les hablaré a otro día), tiene su abertura lateral a la izquierda pero a diferencia de éste aún ninguna historia asociada, ningún sueño en que embarcarse; espera pacientemente y con ilusión vivir algo más que un fuerte catarro de cuarenta y ocho horas con el que se ha estrenado.
Al igual que “El sueño azul” se completa con una sugerente bata de gasa y encaje que se ata y desata, que te viste y te desviste.
* Ya les anuncié hace unos meses que a lo largo del año les iría contando alguna que otra frivolidad sobre mi vestuario nocturno… que no todo va a ser hablar del triste panorama nacional.
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