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ACE unas semanas publicó el académico Ignacio del Bosque un folleto, “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer,” aprobado por muchos de sus colegas, se dice que por todos los presentes incluidas ellas. El folleto mereció numerosos comentarios, insertos sobre todo en “El País.” El problema se puede resumir sucintamente: maneras de evitar el masculino inclusivo para dar visibilidad a la existencia de lo femenino.
Lo que preocupa es el creciente uso de ciertas fórmulas, a veces algo pesadas, para lograrlo, especialmente en el lenguaje formal y oficial. El hecho parece ser más frecuente en las autonomías que en el gobierno central. Abunda asimismo en ciertas instituciones como las universidades. Acabo de recibir una “Guía de igualdad” de la Universidad de Salamanca cuya última parte se titula “Guía para un uso inclusivo del lenguaje.”
Para situar el problema, citaré esta “Guía” [pág. 18]: “se habla de uso sexista del lenguaje cuando las expresiones que utilizamos ocultan la presencia de la mujer o transmiten una imagen secundaria o accesoria de la misma. El origen del lenguaje sexista está relacionado con la cultura androcéntrica que toma el punto de vista del hombre como referente universal, representativo de toda la humanidad.” El problema, por supuesto, no es exclusivo del español, se da en todos los idiomas, aunque algunos lo tienen más fácil como el inglés en el que la expresión del género prácticamente ha desaparecido salvo en he/she, her/his.
Algunos ejemplos tomados de la misma guía aclaran de qué se trata. Si se dice “los alumnos del colegio,” no queda claro que se incluya a las chicas; podría decirse “el alumnado.” Frente a “sólo se pueden presentar licenciados en derecho” sería mejor “personas licenciadas en derecho.” En otros casos el uso de los pronombres o los artículos disipan las dudas: “ellos y ellas lo rechazaron,” “el/la solicitante deberá presentarse el lunes.”
El intento de reflejar la existencia de la mujer en el lenguaje burocrático me parece excelente, aunque las alternativas que se buscan a lo masculino inclusivo no son siempre las más acertadas. El problema es que algunos de estos procedimientos recargan el habla, esto es, van contra la economía expresiva y aun contra de la estructura sintáctica vigente, lo cual puede funcionar adecuadamente en el lenguaje escrito [folletos administrativos, discursos….], pero no resulta fluido en la comunicación conversacional.
Los partidarios de este lenguaje contrario al masculino inclusivo sostienen o al menos insinúan que éste es el resultado de haber mantenido marginada a la mujer en nuestras sociedades. En consecuencia, argumentan, si ahora que la mujer es un elemento activo en ellas, se comienza a intentar cambiar el lenguaje tradicionalmente machista, se habrá de lograr que quede equitativamente reflejada en él.
Puede que así sea, sobre todo en ese nivel de habla culta, y personalmente me gustaría que lo fuera; pero me asaltan algunas dudas al respecto, sobre todo a nivel de habla coloquial o de la calle. Habrá que demostrar primero que en la evolución del español o de otros idiomas hermanos el masculino inclusivo fue o es un acto machista y no simplemente un factor de economía expresiva en función del estado tradicional de la sociedad. ¿Quiere decirse que los ingleses no son menos machistas porque el masculino inclusivo apenas existe?
El español, después de todo, como su madre el latín, da su lugar a lo femenino en un bien desarrollado sistema de determinantes y terminaciones: illa/ille, el/ella, pulcher/ pulcra, hermosa/hermoso. Y hasta ha desarrollado una jerga específicamente femenina. Existe en realidad en él una estructura para la expresión del género muy coherente: femenino/masculino/término inclusivo de ambos. Para personas este es el masculino; para otras entidades varía. Grillo incluye a la grilla, pero hormiga, perdiz incluyen al macho.
El lenguaje en sí no es ni machista ni no machista. Por un lado, se limita a reflejar, como tantas veces han dicho los lingüistas, el estado de las sociedades que lo hablan. Por otro, afirmarlo sería como afirmar que los colores son pornográficos porque a veces se usan para representar el sexo groseramente. Colores y palabras son neutras, meros instrumentos a disposición de los usuarios. Son estos lo que les dan connotaciones machistas y pornográficas a unos y otras o entonces la interpretación que de ellos hace el oyente o el vidente.
Naturalmente el español, como las demás lenguas, evoluciona como la sociedad de sus hablantes. Pero normalmente lo hace de una forma progresiva y dentro de sus estructuras. No se dan revoluciones. Cada idioma tiene sus propios recursos evolutivos, sometidos a bien descritos mecanismos. Sinceramente creo que no es por imposición correctiva o por leyes académicas como se logra cambiar sino por las necesidades inherentes y en cierto modo de una forma espontánea y gradual. Hoy es la hora de la mujer, de su liberación, de hacer ver y valer su papel, de afirmar su igualdad de derechos civiles. Sin duda todo eso ha de dejar su huella en el lenguaje. Y no cabe sino felicitarnos por ello.
Por eso, si se escucha bien, se verá que el intento no es nuevo. Hace ya mucho tiempo, desde la emergencia social de la mujer, que en los discursos o en las conferencias se suele comenzar con el consabido “señoras y señores.” Es reciente, en cambio, en las recensiones periodísticas ver “los/las oyentes aplaudieron mucho.” La necesidad obligó a rotular en los servicios públicos “ damas, caballeros,” remplazados hoy en muchos sitios por un símbolo para evitar conflictos.
El afianzamiento del feminismo en España hacia 1840 propició una decidida conciencia de visibilidad de la mujer y lo femenino. Escritoras como Massanés, Gómez de Avellaneda, Coronado, Pardo Bazán, Acuña, lucharon por ello peleándose incluso con compañeros que las ignoraban y aun las ridiculizaban. Pero no siempre ello implicó buscar una forma femenina en el lenguaje, sino todo lo contario. Pondré un ejemplo. Rosario de Acuña [1851-1923] en su poema “Poetisa” [“Ecos del alma,” 1876] dice: “si han de ponerme nombre tan feo, / todos mis versos he de romper.” Mucho tiempo ha costado; pero al menos en el lenguaje crítico ya nadie habla de poetisas, sino de poetas.
Quizá siguiéndola, quizá por necesidades del metro, Rubén Darío en su famoso poema “Estival” de “Azul…” [1888] habla de la tigre de Bengala, no de la tigresa. Curiosamente esas terminaciones femeninas en –isa, -esa, sin embargo, siguen en vigor, aunque a veces parecen expuestas a cierto rechazo por parte de los hablantes: al connotar cierto tipo de mujer agresiva, tigresa choca para designar la hembra del tigre.
Podrían multiplicarse los casos. Lo cierto es que el español no se opone dentro de sus mecanismos usuales a la feminización del lenguaje, si es oportuno. Se multiplica la aparición de nombres en –a derivados de otros masculinos en –o, -ez, -e que antaño eran rechazados por considerarlos derogatorios: presidente/presidenta, médico/médica, elefante/elefanta, juez/jueza. Los hay menos usuales o conocidos: en algunas áreas rurales de Centroamérica he oído decir marida en lógica ley analógica de marido. Por ahí va el idioma para cambiar. Dudo, en cambio, que lo haga con recursos poco naturales impuestos a la fuerza o por la ley.
Finalmente hay que contar con el cambio de significado por desgaste o por otras causas. Comentaré lo que está pasando precisamente con la palabra mujer. En España se ha rehabilitado lo de mujer pública, pero no sé hasta qué punto. En cambio entre muchos hispanos mujer equivale a amante o querida, debiéndose emplear esposa si se significa casada legalmente.
En fin, lector, hay tela para rato. Pero algo está claro: el lenguaje no es sexista en el sentido de preferir lo masculino como norma; lo es en el sentido de distinguir lo masculino y lo femenino con muchos matices. Tampoco es machista por más que algunos l
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