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  Firmas Invitadas - Edición Nº 536
Semana del 30/05/2012
Margarita, está linda la mar


Carmen Planchuelo
S EGÜN mi familia, mi hermano y yo éramos “unos buenos niños”, dábamos el trajín normal que se espera de los tiernos infantes, perezosos a la hora de levantarse para ir al colegio, tozudos a la de ir a la cama, caprichosos y nerviosos en las vísperas de Reyes y pesados, muy pesados con las comidas. Le teníamos la guerra declarada a ajos y cebollas, al gordo del filete, a la tortilla poco hecha- a nuestro entender babosa-… y en cuanto descubrimos que aquellas ricas bolitas doradas y tiernas que se llamaban sesos eran lo que eran, nos declaramos en total rebeldía y nunca jamás volvieron a nuestros menús infantiles. Mi madre para que comiéramos razonablemente bien, nos contaba montañas de cuentos, unos tradicionales otros inventados y así entre Caperucita, Blanca Nieves o la pequeña Almendrita (tan pequeña ella por no comer) iba transcurriendo la conflictiva hora de la comida y una vez finalizada nos podíamos marchar al colegio, a jugar o si era verano a la siesta.

Las siestas, ay las siestas de mi infancia, no sé si eran tanto para que descansáramos nosotros o para que los demás lo hicieran. Durante un par de horas mi tía Julia podía coser tranquilamente y junto a mi abuela escuchar el serial de turno y la Mirri – nuestra gata- reposar hecha un ovillo sin sufrir nuestro “exceso” de cariño. Durante un tiempo todo era sosiego, tranquilidad y cada cual se concentraba en lo que le apetecía sin pensar en “que estarán haciendo estos dos”, menos mi madre que después de comer y ya con la cocina recogida, nos llevaba a su cuarto, cerraba persianas y cortinas y nos metía en su cama, ella en medio para evitar pellizcos, guerras de almohadas… y una vez callados pero expectantes mi madre recitaba:

Margarita está linda la mar
Y el viento lleva esencia sutil de azar

A pesar del tiempo pasado, aun tengo fresca en mi memoria la voz suave de mi madre recitándonos los versos de Rubén Darío y recuerdo como me hechizaban sus palabras, las cosas que le pasaban a la niña Margarita. Posiblemente ésta fuera una de las primeras referencias que tuve del mar pues hasta la adolescencia era algo que para mi sólo existía en los cuentos, en los versos, en las películas. No fue hasta mis cumplidos trece años que tuve la fortuna de comprobar lo linda que estaba la mar.
Mi madre pausadamente nos iba introduciendo en un mundo mágico en el que las cosas no tenían nada que ver con lo que nuestras pequeñas vidas se encontraban todos los días. Mamá nos explicaba que era el azar, que significaba sutil…pero había cosas que eran difícil de plasmar con palabras como “una tienda hecha del día” y yo imaginaba una tienda de campaña, como las de los indios de plástico de mi hermano, pero hecha de tela de velo de misa que era muy finita y por los orificios se colaba la luz, tul le llamaban los mayores. Lo del rebaño de elefantes no nos ocasionaba ninguna inquietud, todos los años por ferias mi padre nos llevaba al circo de los Hermanos Tonetti y para nosotros las fieras no suponían misterio, aunque jamás habíamos visto más de dos elefantes juntos.

Al principio mi madre no nos recitaba todo el poema, supongo que quería que lo memorizáramos y por lo tanto cada día nos iba añadiendo una estrofa más, jugaba con el misterio, nos dejaba con la intriga y al día siguiente cuando empezaba de nuevo con “Margarita está linda la mar”…nosotros la acompañábamos en el recitado hasta que con el tiempo fuimos capaces de recitarlo entero nosotros solos o a la limón, que es como mi hermano y yo en nuestra infancia hacíamos casi todo. Pero tuvieron que pasar muchas siestas hasta conseguir este logro. A base de poemas como este, de canciones como la de Los Pajaritos ¿la recuerdan?:

Padre mío san Antonio
Suplicad al Dios inmenso
Que con su gracia divina
Alumbre mi entendimiento….

Así se iba fortaleciendo nuestra joven memoria; pero sigamos con Margarita o más bien con su padre que no sólo tenía “una tienda hecha del día” sino también “un palacio de diamantes, un kiosko de malaquita y un gran manto de tisú”, pero mi madre nos dejaba claro que de todas las exóticas y maravillosas riquezas que el Rey poseía la más preciada era su hija, la gentil Margarita. Aprovechaba el momento para hacernos ver que tener muchas cosas en la vida, no era lo más importante ni lo que nos iba a hacer felices sino que el amor que supiéramos dar y agradecer, era el tesoro al que debíamos aspirar. Nosotros encantados con la historia, he de reconocer, que no hacíamos mucho caso de los maternales consejos, sólo cuando el tiempo pasó y dejamos de ser niños las palabras de mamá tomaron sentido, nos hicieron reflexionar.

Pero al parecer a la princesita los tesoros del reino no le hacían ni fú ni fá, no es que los despreciara, por supuesto que no pero claro lo que se obtiene sin ningún esfuerzo- y aquí mi madre nos miraba de forma significativa- no se valora y uno se pone a pensar en lo que no tiene y quisiera tener (un intencionado silencio materno). Al parecer una bella noche de verano, tan bella como la de los cielos nocturnos de mi infancia, Margarita asomada a su ventana vio una estrella aparecer más hermosa y rutilante que las demás, brillaba tanto que hasta eclipsaba a la blanca Luna. “Que belleza -pensó la princesita-, los diamantes de mi padre parecen simples vidrios y ni mi madre tiene algo tan precioso”. Y se dijo así misma que esa estrella iba a ser para ella, que
“La quería para hacerla decorar un prendedor, con verso y una perla, y una pluma y una flor”

Margarita- como dice el poema- era traviesa ( yo añado que presumida), y sin pedir permiso a su aya, ni a sus dueñas y menos que nadie al Rey, su padre… inició la aventura en busca de la estrella. A nosotros se nos encendía la imaginación y envidiábamos a la gentil Margarita que alegremente y sin contar con nadie surcaba cielos y mares en busca de la estrella con la que se quería adornar, y que suerte tenía –pensábamos nosotros- pues nadie la vigilaba y ni le ponía horarios ni le cerraba la puerta cuando el sol ya se a había puesto… y eso que nosotros no nos podíamos quejar de falta de libertad. Pasamos la niñez en un lugar maravilloso, rodeados de jardines, de calles casi sin tráfico y donde todos nos conocíamos. Mis primeros diez años de vida transcurrieron en un ambiente familiar, protector pero a la vez muy libre. Jugábamos en la calle sin tenor a desconocidos, a atropellos, podíamos subir a los árboles, coger flores y hacer ramos, entrar y salir en las casas de nuestros amigos sin ningún tipo de temor a molestar, los cumpleaños eran fiestas de chocolate y tarta casera y ni por lo más remoto a nadie se le ocurría celebrarlos fuera de casa… no había mucho dinero pero todos podíamos ir a la pipería a comprar “diez de pipas”, un chicle Bazoca o u una cajita de roja jalea. Otro día les hablaré de mis visitas a los kioskos de chucherías, tan distintos a los de hoy e infinitamente más completos, bueno y sigamos con Margarita que es que yo me disperso y me voy por las ramas. Evidentemente la princesa consiguió hacer realidad su ilusión y regresó a palacio encendida de luz pero… evidentemente también la excursión no pasó desapercibida y nada más poner los chapines en su hogar fue mandada llamar por su padre que tan enfadado como preocupado sometió a la princesa a un fuerte rapapolvo, pero como se le había ocurrido escaparse de palacio, como era posible ¡insensata! encapricharse de las estrellas del cielo, ¿es que a caso no sabía que todo el firmamento, con sus astros, estrellas y Luna eran el jardín particular del Señor?, niña consentida – le dijo enfurecido el Rey:

“Un castigo has de tener
Vuelve al cielo, y lo robado
Vas ahora a devolver”

Si la princesa se ponía triste, nosotros también y nos daba mucha pena que Margarita no pudiera conservar su flor de luz con la que seguro estaba guapísima y tan brillante como las luciérnagas que por las noches descubríamos en los arbustos. Pero ya se nos había enseñado que toda mala acción co
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