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Época II - Año XIV Edición Nº 4189
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 sábado, 01 de noviembre de 2014 ESPAÑA
Sumario
Cartas al Director
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Carmen Planchuelo
L A historia que me dispongo a contarles y que utilizo como felicitación navideña, no es del todo mía, yo le añadiré detalles y color, le daré la forma que mi imaginación considere más adecuada para un cuento de Navidad – que es lo que toca en estas fechas- pero la sustancia de la historia no me pertenece a mi sino a una de mis personas más queridas, una buena amiga que con su cariño, su humor y su muy bien amueblada cabeza, me proporciona momentos felices. Bien pues aclarada la cuestión de la “propiedad intelectual” de este relato comienzo con él.


“Cuando el tiempo es inclemente como tan solo lo puede ser en este rincón de la tierra, ella se acerca a mi casa, un par de golpecitos en la puerta a modo de contraseña, y yo abro la puerta. Ella entra, intercambiamos unas sonrisas y unas pocas palabras y cada una a lo suyo. Yo suelo quedarme un ratito leyendo en mi pequeña sala, junto a la chimenea y frente al ventanal; aunque sea invierno, me gusta ver la noche tras los cristales, si la lluvia los golpea tampoco me importa, y me encanta ver las luces de las casas vecinas, hacen compañía. Hasta que no me voy a la cama no corro las cortinas, es entonces cuando cierro el libro de turno, apago el fuego, las luces y me voy a la cama. Ella ya llevará tiempo en el cuartito de invitados. Posiblemente cuando al día siguiente baje a la cocina, ya no estará, es silenciosa y discreta. Madruga como la alondra, de su paso por mi hogar no quedará huella, como no sea una notita con un “Gracias ”es una mujer muy cumplida …. Y así hasta que la meteorología la traiga de nuevo a mi hogar. Mi visitante se llama Ana, tendrá unos 70 años, bien llevados, no es mi guapa ni fea, ni alta ni baja, ni gorda ni delgada; es una de esos miles de mujeres que pasan por la vida sin ser vistas, en las que nadie repara pues su aspecto es de lo más corriente, anodino diaria yo. No se distingue casi nada de las muchas otras setentonas que frecuentan la biblioteca pública, las iglesias de la zona o cualquier otro centro comunitario, y digo casi porque hay algo que sí la distingue de otras señoras de su edad y es el enorme bolso que acarrea constantemente y del que no se desprende.

Ana es una mujer de las que ahora se denomina como “sin techo”pero aunque vive en la calle y lleva sus pocas pertenencias encima en ese enorme bolso escocés verde y negro, no es una mendiga al uso, jamás la he visto bebida, desarreglada o tirada por ahí de mala manera. A mi me intriga muchísimo la razón por la que decidió vivir en la calle. Con mucho tacto y dejándola totalmente a su aire, he ido entrando en su intimidad. Una de las primeras noches que vino a casa, admitió compartir conmigo mi frugal cena: un caldo caliente con chorrito de vino blanco, quizás fue el contrate entre el frío de la calle y el calorcito del caldo y el fuego del hogar lo que la hizo relajarse y contarme algo de su vida y hasta me enseñó unas fotos de sus padres: clase media total, él oficial del ejercito y la madre una monísima ama de casa tipo Doris Day. Ella como todas fue al instituto, tuvo trabajos de más o menos nivel que le permitieron tener su pequeña pensión con la que se mantiene… pero algo debió ocurrir en algún momento de su muy normal vida, para que ésta dejara de serlo y decidiera vivir a la intemperie ¿drogas, rebeldías de juventud, algún desengaño amoroso? Quién sabe a mi la curiosidad me mata pero he aprendido a refrenarla y dejar que Ana se sienta libre de hablar o callarse. A veces nos vemos en la calle, en la biblioteca, nos miramos y nos dedicamos nuestra mejor sonrisa, pero nada más, ella no quiere nada más, ella es la que ha marcado los límites de nuestra relación y yo los respeto entre otras cosas porque le he tomado cariño, me gusta su compañía que siempre es cálida y no quiero que deje de venir a casa cuando la calle es inhóspita. Una vez me comentó que no le gustaban los centros de acogida entre tanta gente marginal y “echada a perder”, confieso que me sorprendió un poco el comentario pero es que ella se siente a años luz de todos lo que hacen cola a la puerta de los centros sociales. Es un poco “fachilla” políticamente hablando y más de una vez me tengo que morder la lengua ante ciertos comentarios suyos pero bueno cada cual que piense como le venga en gana. Por otro lado es mujer observadora y delicada, recuerdo que una vez le comenté lo mucho que me gustan las piñas y desde entonces al llegar el otoño, me trae una buena remesa de ellas que yo después coloco por los rincones de casa para que el olor del bosque la impregne, las sobrantes las quemo en la chimenea donde chisporrotean y desprenden la resina acumulada en su corazón. Le gusta mucho fumar, nunca lo hace en casa, se sienta en las escaleras del porche y de una pitillera de latón saca su cigarrillo y yo la observo fumar tranquila, relajada, dejando que sus pensamientos vuelen como el humo; cuando termina con uno saca inmediatamente otro pitillo hasta que se queda satisfecha y después de mirar un rato el cielo, entra de nuevo en casa.

En verano no viene nunca, el tórrido calor de esta zona amaina por las noches y ella dice que no hay nada más maravilloso que dormir bajo las estrellas. Seguro que sí, pero no me veo yo a mi edad –y con mis miedos- durmiendo al raso; como mucho las noches mas calientes me quedo en le jardín a la caza de alguna estrella fugaz.

Llevo unos días atareada con los preparativos navideños, no es que tenga mucho que hacer pues como soy previsora, voy comprando los regalos con mucho tiempo pero me gusta que la casa “note” que es Navidad así que bajo del ático la caja del belén, desempolvo las figuritas y las coloco sobre la chimenea, también me compro un arbolito y todos los días dedico un rato a su decoración, cuantos recuerdos… las bolas de cristal de verdad (no de plástico) que guardo como oro en paño, el ángel que compré en mi primera Navidad como ama de casa, las cosas que los niños hacían en la escuela que ilusionados colgaban año tras año de las ramas verdes y olorosas, mil y un cachivaches que se van acumulando pero a los que has tomado cariño y de los que no te quieres desprender… y claro alguna que otra cosa hay que poner en el exterior de la casa, que los vecinos son puntillosos y siempre “amablemente” te lo recuerdan, es que son así… Si el tiempo se anuncia malo para estas fechas, dejaré algo “navideño” en el cuarto de invitados por si Ana se decide a venir… si es así, aquí me encontrará dispuesta a darle alojamiento todo el tiempo que lo desee, que no quiero ser yo como aquellos posaderos que les dieron con la puerta en las narices a María y José solo porque eran pobres… “

Desde las nieblas riojanas les deseo a todos ustedes feliz Navidad y que el año nuevo nos traiga salud, trabajo a los que no lo tienen y esperanza para todos.
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