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OS años pasados en Egipto ¿de qué manera pudieron influir en la condición humana de Cristo?
Cuando Jesús,” niño perdido y hallado en el templo”, no tan niño puesto que tenía ya doce años, ha de explicar a sus angustiados padres las razones de su extravío y desaparición, les dice “Por qué me buscáis? ¿No sabéis que me tengo que ocupar de las cosas de mi Padre?.
Las dos preguntas reflejan una autoridad, casi severa, que no utilizará Cristo muchas veces. Aparte del momento en que defiende a la adúltera, otra circunstancia , en esta ocasión con más violencia, será también en el templo, qué casualidad, cuándo la emprende contra los mercaderes.
Que Dios hecho hombre, o que el hombre que era Dios, tenía “carácter” y cierto “genio”, queda patente, y perdóneme El, que no se cansa de perdonarme todas mis muchas“ libertades”, digo que queda patente en la propia Cruz, cuando le grita al Padre las nueve palabras más rotundas y reveladoras de la fe cristiana : “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Sirva esta introducción para justificar mi sospecha de que cuando Jesús, con doce años, es encontrado sentado entre los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas que , como dice el evangelista Lucas “les dejaba pasmados a todos por su inteligencia” y hasta sus padres al verle y oírle se quedan “atónitos”, se había operado ya una madurez impropia en un muchacho. Tampoco se trataba de un milagro inesperado ya que el mismo San Lucas , antes de narrar la pérdida del Niño, ya se había referido a que el niño “había crecido, llenándose de sabiduría”; volviendo a sorprenderse después por esa evolución, ni repentina ni accidental: “ Y Jesús progresaba, en talle y en gracia, delante de Dios y de los hombres”.
Esta insistencia , no caprichosa, parece querer dejar claro que, junto al cumplimiento de los designios sobrenaturales de la Encarnación , necesaria para permitir después el supremo y último objetivo de la Redención, la naturaleza humana de Cristo, igual que exigía un cuerpo mortal y un desarrollo físico, también reclamaba un crecimiento intelectual y moral , basado en conocimiento de saberes y aceptación de costumbres.
Este proceso quizás se aceleró durante la estancia de la Sagrada Familia a orillas del Nilo, ya fuera en El Cairo o en Heliópolis, lugares con una civilización de treinta siglos y una cultura que nada tenía que ver con la que el Niño hubiera adquirido si, tras el nacimiento en Belén, San José vuelve a Nazaret, a su taller de carpintería, como hubiese ocurrido de no existir el aviso del ángel por la amenaza de Herodes.
Estos avatares que sufre el Niño desde su nacimiento , a pesar del “scriptum est” tan invocado, ¿fueron casuales , estaban previstos u obedecían a la Providencia que pueda gustar de lo aleatorio?
La “huida a Egipto”, era tan perturbadora -y hasta hubiera podido incluso alterar la biografía de Cristo que debía culminar en Jerusalem, en el Gólgota.-, que se contradice con otros Designios, fruto de predestinaciones divinas desde la eternidad, como fue la designación de la mujer que, concebida sin pecado y virgen, debía dar a luz al hijo de Dios.
La propia elección de la fecha en que iba a producirse el nacimiento del Redentor podía estar “designada”. ¿Por qué no? En este caso, Dios no sólo conocía la historia “no sida”, por ejemplo el dato que atormentó a Flaubert : “ Desde Ciceron a Marco Aurelio, durante dos siglos, cuando todos los dioses de la antigüedad habían muerto y Cristo no era aún conocido, el hombre estuvo solo”. Dios también sabía , claro, que treinta años antes de la fecha prevista para la Encarnación había terminado la era que había empezado con el fín del Diluvio Universal. Y que, con Cristo, se iniciaría la era en la que aún vivimos, la era cristiana.
¿Se puede aventurar que con la victoria de Augusto sobre la flota de Marco Antonio y Cleopatra y el suicidio de ambos, se ponía fin a una civilización que, a pesar de la helenización que logra Alejandro, representaba Egipto? Parece que sí.
¿Se puede afirmar que el Imperio de Augusto es otro Imperio distinto en el que desde Séneca- que nace tres años después que Cristo-, a Virgilio, a Ovidio, a Horacio y de Tito Livio a Tacito , una pléyade de personajes, son casi coetáneos de Cristo? Naturalmente que sí.
¿Se puede creer que la “huída a Egipto”, además de poner a salvo a Jesús de la matanza de Herodes, contribuyó a que el niño descubriera en la tierra de los faraones un mundo teogónico que ni Galilea, ni Judea, ni Grecia ni Roma, reflejaban mejor? Sin duda.
Fuesen dos años , tres o cuatro o cinco los que la Sagrada Familia permaneciera en Egipto, está claro que un niño excepcional pudo añadir al arameo que le hablara su madre, el idioma egipcio y el griego que se había extendido en aquellos años y había llegado ya de Alejandría a El Cairo, en cuyas inmediaciones viviría Jesús. El conocimiento de Isis, de Apis, el buey encarnado de Oriris, Amón , Aton… que todavía se veneraban en Egipto, le supondrían unas referencias que , en Roma, Cibeles y Mitra, importadas de Oriente, no le hubiesen dado-.
Sólo en El Cairo, cuando se visita el barrio copto , donde se levanta la Iglesia episcopal de San Sergio, y donde aseguran habitó la Sagrada Familia , y desde donde en aquel tiempo, y aún hoy día, se podían contemplar la Esfinge y las Pirámides, se comprende la importancia que supuso esa estancia para el Niño Jesús.
Evangelios y leyendas apócrifas, que los coptos no han rechazado como hizo la Iglesia de Roma, hablan de milagros realizados por el Niño, como incorporan a la expedición de la huida a otros personajes, entre ellos a María Salomé, una de las tres Marías del Sepulcro y que fue la comadrona de la Virgen. Esta es la mujer que los coptos colocan junto a la Sagrada Familia y el asno en la barca que cruza el Nilo y que se venera en el barrio cristiano de El Cairo, como si se tratara del Portal de Belén.
Los coptos prolongan la estancia de Jesús en Egipto alegando que José se estableció allí como carpintero y pudo mantener a su familia sin problemas y porque , a pesar de la noticia de la muerte de Herodes, el recuerdo del viaje desde Belén, casi quinientos kilómetros y más de veinte días , a los que sumar los otros ciento veinticinco kilómetros de Belén a Nazaret, no animaba al retorno. Jesús conocería en Egipto la existencia de otro cultos como el zoroastrismo, en cuyo monoteísmo cabía la figura del Padre y de un Espíritu Santo y una cosmología dualista con el bien y el mal , encarnado por el diablo , Ahriman.
Si la estancia fue larga, Jesús aprendería en Egipto a leer y a escribir. Parece que no aprendió a hacer cuentas. No necesitó muchos cálculos para multiplicar los panes y los peces. Y en mala hora encargó a Judas que le llevara la administración.
Es indudable que Cristo no olvidaría nunca su estancia en Egipto. Allí descubrió el mundo. Y un niño guarda toda la vida en su corazón los primeros recuerdos. ¿Qué niño olvida a los amiguitos con los que jugó?
Pero , ya que hemos hablado de dinero, la “pregunta del millón” sería ahora una similar a la que se hizo un día el poeta Manolo, el Pollero. Es muy teológica y a Manolo, que ya ha muerto, se la habrá respondido el mismo Dios.
“Cuando con los otros niños,
en Egipto jugabas tú,
¿ sabías o no sabías
que eras el Niño Jesús?”
Yo creo que lo sabía. ¿Sabemos nosotros quién es El? Parece que no. Es la pregunta que les hizo a sus discípulos: “Quién dice la gente que soy yo?... Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”
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