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STIMADO y Reverendísimo Padre:
Espero que al recibo de la presente esté Vuesa Merced sano y entero, y que aquella condición de humores que túvole en trance de calenturas, haya transitado sin mayor postración. Débole disculpas por no haberle epistolado en los últimos tiempos, mas sepa Vuacé que la cosa no ha sido por desidia, pereza o indiligencia, sino más bien por un lance que dejóme en la horizontal durante un par de semanas. Me refiero a mi primera herida de guerra, tomada en una desas escaramuzas que por aquí son el pan nuestro de cada día. Aquellos herejes se batieron como verdaderos soldados y vendieron caras sus asaduras, que bien sabe Vuesa Merced que arrojo e hideputez no tienen por qué hacer malas migas. Lo mío en concreto vino cuando trabéme en corto con uno dellos, grande y pelirrojo como todos los hijos destas tierras, y que, cuando ya lo tenía listo de papeles como a guarro para morcillas, sacó un pistolón del cinto con el que acertome en el vientre. Yo cuando palpé la sangre bajo el coleto, pensé que aquello era sota de bastos fija; mas la herida, aunque fea, no fue tan grave como para que me untaran la cara con óleos.
De cualquier forma, Padre, no me desazona tanto mi llaga, como las nuevas de las que Vuesa Merced me da cuenta en su última carta, si bien algunas no nos son ajenas y estamos en su conocimiento, pues aunque esto está lejos, no deja de ser la Cristiandad lo que aquí nos es menester ensanchar a golpe de arcabuz.
Ahora bien le digo que, de las cosas que Vuacé relata, hay una que me tiene más tieso que el codo de un Cristo, y me pone los pelos del pecho como picas de coselete.
¿Dice Vuesa Merced que la Flota de las Indias anda de capa caída? ¿Qué va a mandar a pique 25 galeones y dejar de pedigüeños a 4.500 de marinería, oficialidad y tropa?
Pues no lo entiendo Padre. Mucha ruina se me antoja para esa escuadra de bajeles que vienen con las bodegas ahítas de oro día sí y día también. Y lo peor no es eso, porque de la Flota de Indias no viven sólo los que sirven, sino toda suerte de gente a quien su plenitud aprovecha. Si mandamos al dique seco esa riqueza de España, no está lejos el tiempo en el que veamos que los hambrientos se apelmazan como piojos en costura.
Cuando cierren los talleres, decaigan ultramarinos, se apalanquen trancas en mesones y tanto hijo de vecino se ponga a la cola de la sopa boba, principiaran a volar bastos en todas direcciones (si es que el baile no anda ya de comienzo). Pues eso, habrá que escuchar el relato de historias viejas que nos traerá el Almirantazgo con un fresco de galeones a modo de frontispicio. Ya me jode ser profeta, Padre, pero el diablo tiene esas chanzas, y cuando hace presa en alguien viene con las del turco a martirizarle con visiones que no son precisamente un baile.
Y es que no cabe en cabeza de penco que lo que ayer eran minas de Salomón con aparejo flotante, ande hoy, así y de repente, sin un guil, por arte de nadie sabe qué extrañas componendas.
Porque a mí no me la dan Padre, aquí hay juego de villanos, naipes con mucha marca y demasiada doble manga en tanto jubón dorado. Más me pinta que el problema no es tanto de carestía y más de la mala sombra de que quienes dirigen nuestra flota, lo hagan con mano tan puerca.
Mucho va a tener que ver en esto la alianza con el inglés, pues sabido es que por mucho que adopte afectado continente, tenga maneras de duque y ponga vocecilla de santo, no han parido madres desde la noche de los tiempos a gente tan pirata, corsaria sin disimulo y carterista de buenos modos. Ya me lo decía mi abuelo, que cuando el inglés te obsequia con jubón de rica lana es porque antes te ha levantado el rebaño de pleno.
No se comprende Padre, que hasta ahora nuestros galeones largaran trapo dejando estela de oro, y ahora tengamos que tragarnos que las minas de Potosí son de serrín. Y que el inglés anduviese con barcos de baratillo, las velas con más mierda que el candil de una cuadra, y el casco parcheado tal que un tambor del Tercio, y aparezcan en un repente tal que cofres flotantes, cargados de sonante sin nunca haber tenido contante. Eso no se lo traga ni la Tita Lela, la tonta de Cuchilleros, así que poca vendimia puede esperarse, Padre, de cepa tan ruinosa.
Aquí ha habido trasfusión, Padre, de lo mucho que nosotros habíamos a meter en plenitud lo que en ellos estaba más transparente que sopa de convento.
No hay más que echar una visual al Almirante inglés, ese tal Guillermo que a nuestro Rey desafía, para ver que tras esa jeta de intestinos mal aliviados, se esconde un tramposo de oficio, perito en tejemanejes que aprovechen a su bolsa.
Y yo cada vez que le veo, no puedo sino acordarme de esos versos cabales que escribió el bueno de Quevedo:
“Hombre en quien la limpieza fue tan poca
no tocando a su cepa,
que nunca, que yo sepa,
se le cayó la mierda de la boca.”
Pero mire una cosa Padre, que igual que cuando entró la morisma arramplando por Guadalete fue menester que hubiese traidores, no es menor ocasión esta baza, pues para tamaño Sindiós hacen falta fulleros de mano bien ensebada. Y haberlos haylos, como hay Dios
Vea si no al Almirante, tan de gentes, metido en Mundo, con alharacas de nobleza que luego su alma desmiente. Mucho arte tiene éste, pero para todo tipo de industrias, que lo mismo ofrece copas que se guarda el as de oros, distrayéndolo de la baraja que a todo Cristo alimenta.
¿Y qué decir del segundo? De cara y gesto que más que para marino me pegan para familiar del Santo Oficio. Risa forzada, mediocre hasta las cachas, historial de navegaciones fallidas y con unos aires palaciegos que delatan su natural querencia por entrar a juntar el codo de quienes su cuna no alcanza.
Ambiciones por lo fino, Padre, que ya sabe Vuesa Merced que aparte del puto dinero, hollar los Reales Sitios adoptando el continente hidalgo, y poder contarlo al día siguiente, atiborra la vanidad que mucho español deste tremendo siglo, hasta el de integridad más escasa, lleva dentro.
Pero le voy a decir más cosas, que no me olvido de algún que otro oficial de los que entre nosotros servían, y que ahora blande ufano bastón de Contramaestre. Manda huevos, Padre, que tanta servidumbre sea premiada, y tener que ver ahora a gente de mar metida de pleno al oficio de mamporrero dice mucho de naturalezas humanas que, siempre con excusa presta, no hacen sino más llano el camino para que el mal triunfe.
Porque de buena tinta hemos alcanzado a saber que se requiere con harta frecuencia destos su brazo, mas no para montar sino para portar al hombro, como si de enorme culebrina se tratara, aquello que tan grande tienen los caballos como lo quisiéramos los humanos.
Y me va a perdonar, Padre, la propiedad en el lenguaje, pero ha de resultar grotesco ver cargar a tan veteranos hombres de mar con semejantes cipotes, y ayudar con mano torpe y poco diestra a que se consume lo que la Naturaleza a veces no tiene entre sus aciertos.
Tal parecerá que hayan cambiado su estampa de Rey de Espadas por la misma carta pero de otro palo. Y no sé yo si la deshonra será poca al lado del esfuerzo, pues para que se haga cabal idea y dado que Vuacé es lego en caballerías, le diré que los miembros desos equinos en estado de relajación asemejan en forma y tamaño a una liebre muerta, pero puestos en sazón, harían buen relleno para una salva de artillería. Y lo malo es que el agujero al que apuntan, por orden del Almirantazgo, no es otro que el ya dolorido de sus antaño camaradas de armas.
Ahora, pierda cuidado, que San Martín es fecha cierta en el calendario, y la buena costumbre tiene de llegar para todo cerdo. Y lo que soy yo, ardo en deseos de ver a más de un gorrino bien colgado de un gancho. Y no me entienda mal, Padre, que no hablo de violencias, sino de público reproche y envío de algún que otro puerco al despiece del desprecio.
De todas formas miré Vuacé una cosa, harto raro se me haría que la marinería, tropa y ofic
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