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  Firmas Invitadas - Edición Nº 582
Semana del 18/04/2013
Tomando el té en Avon Lodge


Carmen Planchuelo
A VON LODGE no es ninguna aristocrática casa de campo de campiña inglesa, ni tampoco un coqueto hotelito rural de fin de semana ni por supuesto el hogar de ningún conocido de la familia, no, nada de eso. Avon Lodge es una residencia de ancianos que por motivos mil ya no pueden vivir en sus casas, bien solos o en compañía de sus familias.

Hoy les robo un trocito de su tiempo para contarles como es una tarde tomando el té en Avon Lodge, sin caer en optimismos imposibles ni en dramas inexistentes.
No es la primera vez que yo acudía a un sitio de estas características pero sí la primera que lo hago para visitar a alguien de mi propia familia y como ustedes comprenderán mi estado de ánimo era muy diferente. Al traspasar sus puertas – después de lidiar con las claves de acceso- lo hicimos con el corazón un poco acelerado, cierta inquietud y dudas, muchas dudas. ¿Cómo estaría?, ¿le gustaría el sitio?, ¿cómo reaccionaría al vernos? y la pregunta más importante e inquietante a la vez ¿nos conocería?

Lo primero que noté una vez dentro de este edificio de tres plantas y situado sobre una pequeña colina, fue el olor a algo indescriptible que mezclado con el intenso calor del lugar, producía una sensación extraña, de espacio cerrado, de otro mundo; pero también mis ojos se sorprendieron ante la explosión de color reinante: paredes pintadas de rosa intenso, verde manzana, amarillo natillas; silloncitos tapizadas en verde esmeralda, rojo pasión; y por doquier fotos de diversas épocas, pequeñas manualidades como las mariposas de papel pegadas en un rinconcito; un cierto ambiente de guardería en contraste con la edad de los residentes…

Preguntamos por mi suegra y muy amablemente nos condujeron al lugar en el que se encontraba pero antes de llegar, atravesamos pasillos por los que se paseaban algunos de los residentes agarrados a sus andadores para no caerse y poder conservar la escasa movilidad que les queda. Nos miraban con la mirada algo perdida pero sin temor ; las puertas de las habitaciones estaban abiertas. Imagino que tanto para controlar a quien en ellas reside como para que la gente no se sienta aislada y el movimiento de los pasillos ayude a estimular algo las mentes perdidas. Algunas personas estaban en la cama, se habían quedado como en una postura de desconcierto, como si la mente se hubiera parado y hubieran sido sorprendidas en un momento de dolor, les confieso que me impresionó mucho pero no me permití a mi misma dejarme llevar por el abatimiento. Posiblemente muchos de ustedes hayan experimentado esta sensación cuando por ejemplo acuden a un hospital a visitar a familiares, amigos uno se siente fatal por lo que ve, lo que desea es salir pitando pero algo te lo impide y sacas al aire tu mejor sonrisa, la frase ingeniosa y un ánimo que no sabías que tenias. Sigamos con la visita. Por fin llegamos a donde mi suegra se encontraba: un salón grande, luminoso. Estaba sentada apaciblemente junto a una gran cristalera por la que se divisaba el parque, las líneas de casas, las masas de árboles; comía su postre ayudada por una joven. Levantó la cabeza, al oír nuestro saludo, y nos sonrió y con esa sonrisa, y la alegría que le iluminó el rostro se evaporaron en parte nuestros miedos e inquietudes. Ni que decir tiene que lo primero que nos ofrecieron fue una taza de té que agradecimos sin la más mínima duda para así calentar nuestros entumecimos cuerpos pues Primavera ha sido gélida. El té es algo tan presente en el Reino Unido, que no hay circunstancia – feliz o desgraciada- en la que no tenga su parte de protagonismo, todo se resuelve en torno a una tetera humeante o un simple y no muy glamuroso “mug”. La amable empleada no tardó mucho en aparecer con la bandeja del té, un primor de loza floreada.

Aija, mi suegra, sufre demencia desde hace unos pocos años, lo descubrimos demasiado tarde como le debe ocurrir a la mayor parte de la gente. Empezó a repetir cosas, preguntarnos lo mismo diez veces seguidas, dejó de escribir cartas y todas las rutinas de siempre se convirtieron en retos diarios. Recuerdo que cuando yo era pequeña y los abuelos empezaban a perder la cabeza y a decir tonterías, a olvidar cosas, el comentario era siempre el mismo “los abuelos que chochean”, se decía con cariño, como algo propio de la edad y no se le daba demasiada importancia, desde luego nadie pensaba en mandarlos a ningún asilo (antes así se les llamaba, no Residencias como ahora), las familias eran más grandes, se mezclaban las generaciones y no era costumbre que los ancianos de la casa salieran de ésta. Pero las cosas ya no son así los chocheos se toman como lo que son: enfermedades mentales que hacen estragos en las personas, hasta el punto de que estas con el tiempo apenas si son la carcasa de lo que fueron y eso da una pena tan grande, tan grande que no se imaginan ustedes lo que duele el corazón… pero cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana. Para nosotros la ventana ha sido Avon Lodge: el lugar en que mi suegra pasará el resto de su vida, rodeada de gente que sabe como tratar y cuidar a sus residentes, donde hasta las mínimas necesidades están cubiertas con mimo y profesionalidad, y harán todo lo posible para que la luz que aun quede en su mente, no se apague si ellos lo pueden remediar. Y como ella es cuidada, también lo son otros que durante unos pocos días he conocido como son Eric que no habla pero te sonríe, que piensa que te acaricia pero te da un golpe pues no sabe calcular sus fuerzas, Pauline que va cacareando por los pasillos como si fuera una gallina pero que tiene una preciosa piel blanca y sin arrugas impropia de una mujer de más de 90 años, Irene que cuenta y cuenta a una enorme velocidad y sin equivocarse o “El Capitán” que permanece sentado en las más imposibles posturas y quien sabe si en su mente no sigue el balanceo de algún antiguo barco, le llamamos El Capitán por la gorra marinera con la que se cubre aunque su nombre es Leslie. Al mirar a estas personas y hablar con ellas, o al menos intentarlo pensaba que en un pasado más o menos lejano, fueron jóvenes, quizás muy inteligentes, disfrutaron de la vida ó no, tuvieron amores, formaron familias pero un día todo empezó a evaporase y a disolverse como la niebla de la mañana.
Mi suegra parece contenta, cuando se le pregunta eso es lo que manifiesta y dice que es feliz, y yo noto que está más despierta, que sus ojos van de un sitio para otro, que disfruta con las visitas (que nunca le gustaron) que habla y habla sin parar (cuando antes era más bien callada y tímida). Siempre fue muy receptiva al cariño y eso no lo ha perdido, ni el amor por sus hijos, ni por mí que solo soy la nuera.

Repite nuestros nombres y no le son desconocidos, aun es capaz de escribirlos aunque no con la preciosa letra que antes tenía, también puede leer pero le cuesta mucho fijar la atención. Se ríe como una niña pequeña y hace ruidillos extraños y cuando le preguntas que por que lo hace te mira con picardía y te dice: No sé.
En Avon Lodge se vive el cada día, pero se hacen pequeños planes como excursiones, paseos, la vida sigue a otro ritmo pero sigue. Tú, mientras saboreas sorbitos de té y mordisqueas un emparedado de pepino y mantequilla o de ternera fría con queso, dejas la mente medio suspendida y tan solo atiendes a las necesidades del momento que pueden ser que Aija dibuje una flor, una cabecita o que te cuente una imposible historia en la que se mezclan espacio y tiempo de forma incoherente. En algún momento surge un chispazo de lucidez y puedes seguir una conversación que unos minutos después terminará en un callejón sin salida pero mientras duró fue como recuperar un cachito del tiempo pasado.

Y termino diciéndoles que yo a mi suegra la quiero mucho, que me da infinita pena que no pueda seguir contándome historias de su infancia en los bosques de Letonia, veraneando en las playas del Báltico o como con la juventud recién estrenada llegó a Inglaterra para empezar una nueva vida que resultó ser muy feliz, del todo plena y de la que tan solo recuerda trozos, jirones deshilachados pero sin embargo, aunque la memoria se pierda pienso que las emociones, los sentimientos, las sensaciones vividas se quedan alojadas por algún rincón de nuestro ser y por eso mismo mi suegra repite y repite que “aunque es raro y no sabe el por qué, es feliz”. Lo dice sonriendo y mientras yo ya he terminado mi té.
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