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  Firmas Invitadas - Edición Nº 82
Semana del 26/09/2003
Amistad y coherencia
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Joan Pla
A juzgar por su obra y por su talante humano, se han muerto recientemente dos periodistas importantes: José Luís Gómez Tello y Germán Lopezarias. A Gómez Tello sólo le conocí a través de sus escritos y con Lopezarias viví, codo a codo, una de las etapas más esplendorosas del diario “Pueblo”.
He escuchado por teléfono, de Madrid y de Barcelona, algunas paparruchadas acerca de si eran fachas o carcamales, refiriéndose a los dos colegas mencionados, pero también he tenido la suerte de leer, aquí en esta publicación de ínter nautas impenitentes, los emocionados y magistrales escritos de Navas, de Medina, de García Brera, de Castro Villacañas, de Amilibia y de algunos otros, como es el caso de Antonio Martín Beaumont, que ha tenido el detalle de reproducir en El Semanal Digital, que dirige, algunos de nuestros artículos sobre Germán Lopezarias.
Durante estos últimos días he vivido también el impacto de fuertes emociones, en el aniversario de mis muertos más íntimos, mí hijo Óscar, que murió en la flor de la edad, al mes de haberse casado, mi padre, que murió exiliado en Chile, y los dos amigos chilenos, Salvador Allende y Pablo Neruda, que se fueron en septiembre también, hace ya treinta años justos.
Para posibles lectores jóvenes y que se dignan ahora leer lo que aquí se escribe, debo decir que los ilustres colegas que me dedican sus alabanzas en el Foro, son los mismos a quienes, años ha, influido o, quizá, obcecado por las circunstancias políticas del momento, puse yo a parir en mis artículos y ellos a mí, lógicamente, como cabe suponer.
En mi libro “La trama civil del golpe”, publicado por Planeta en 1982, podría ver el buen lector, si no hubiese desaparecido del mapa ese libro, cómo y de qué manera me despachaba yo con el que acaba de mandarme un abrazo y decirme “querido Pla” en esta misma publicación. A Miguel Ángel García Brera le dediqué yo dos párrafos con muy mala leche en las páginas 68 y 243 del citado libro, por haber entendido que me llamaba a mí “el innombrable” en su crónica del 23-F del día en que fui a declarar como testigo civil al Juicio de Campamento en 1982. Más que el padrenuestro mercantil de nuestra mocedad, hablando de deudas y de deudores, estoy seguro de que García Brera y yo podemos hoy rezar fraternalmente lo de “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”
Además, me basta con leer atentamente el diálogo que mantiene con Antonio Castro, para darme cuenta de que su lealtad a la causa josé antoniana, que libremente eligieron ambos, es un ejemplo irrebatible de cómo han de ser las lealtades del ser humano a cualquier causa o doctrina. Invito al buen lector a que lea lo que le dice Brera a Villacañas en uno de los epígrafes del presente Foro de Vistazo a la Prensa.
También hablé en mi libro, como quien da voces desde la trinchera enemiga, de José Luis Navas, de Ismael, Medina, de Vizcaíno Casas, de Ángel Palomino, de Julio Merino y de tantos otros, cuyos méritos profesionales jamás dejé de reconocer y cuyas coherencias ideológicas nunca dejé tampoco de admirar, aunque no las compartiera en ningún momento.
Cuanto más me adentro en las escrituras de estos colegas, más me afianzo en mis propios principios y en lo que ahora se ha dado en llamar, mis “señas de identidad”. Por eso, al tiempo que nombro a todos estos admirables y querido periodistas, no se me van de la cabeza los nombres de Salvador Allende y de Pablo Neruda que, a todas luces, significaron el polo opuesto, es decir, el comunismo o socialismo más agudo que Franco combatió durante más de cuarenta años. Confieso mi alegría y mi total agradecimiento a cuantos se han dignado comentar mis escritos y, principalmente, a aquellos que, durante los últimos treinta años, han tenido, en más de una ocasión, motivos para la disensión y la polémica. Que un hombre tan cabal como Ismael Medina me diga que, a sus 80 primaveras gloriosas, aprende todavía de lo que yo escribo, es algo que me llena el corazón y me estimula a seguir remando en mi barquito de papel.
Me llama “maestro”, en carta electrónica de hace dos días, la joven y magistral Nieves Concostrina, a quien probablemente Ismael Medina dobla en edad. Y yo digo, en mi rincón insular, que, así como San Jerónimo decía que sin la mujer, el universo no tendría sentido, sin Ismael tampoco tendría sentido mi querida Nieves y tantos otros periodistas jóvenes, cuya inclinación política es contraria a esa “derechota” deplorable que tanto nos repugna a García Brera y a mí.
En suma, después de ver y de oír las algarabías gallináceas de algunos programas de televisión, donde hay sujetos que se han hecho millonarios tomándose a broma lo que es serio y en serio lo que son chorradas, después de quedarme pasmado ante los dos grandes hechos del periodista y abogado David Rojo, o sea el plagio de un libro para que lo firmase su ex cuñada Ana Rosa Quintana y la entrevista al presunto asesino de Sonia y Rocío, trabucando su doble condición de periodista y abogado, para prostituirse en ambas a la vez, lo único que quería decir aquí es que sólo merece la pena, en periodismo o en cualquier otra profesión, tener amigos en todas partes -o recuperarlos, si los has perdido- y ser coherente en tus ideales y convicciones.
Para mis amigos anticomunistas, puesto que a los amigos comunistas que todavía conservo ya no les queda tiempo para leer lo que ahora y aquí escribo, transcribo el párrafo que le dedique al comunista Neruda el otro día, cuando se cumplieron los treinta años de su muerte:
“Aquí me tienes, amigo mío. Me resultaría imposible hacer un retrato de España en el que tú aparecieses, junto a tus grandes y eternos amigos españoles.
Tu libro autobiográfico “Confieso que he vivido”, en el que dibujas espléndidamente tu autorretrato y el retrato profundo de tu patria, constituye uno de los fundamentos más eficaces de mi espíritu en los días en que corren. Tus términos y tus modos, tan poéticos, tan subjetivos, ten discutibles y tan gloriosamente sectarios, me ayudan, más que los documentos de ciencias históricas y más que las verdades rigurosamente objetivas, a entender mi propia historia y la Historia que yo he vivido en mi País, durante el fin de un milenio y codo a codo con mis compatriotas más significativos.
Te debo muchas cosas, desde que te conocí en tus libros y desde que enterré a mi padre en tu dulce patria Chile, que es y será siempre, como bien dice su himno nacional, “la tumba de los libres o el asilo contra la opresión...”. No estaba Pinochet al frente de los homicidas de la libertad, cuando mi padre se murió de repente y de alegría en una república de gente fraterna, inteligente y democrática. Era primavera en Santiago, el 12 de noviembre de 1953. Sólo tenía 48 años mi padre, cuando le sobrevino el infarto de miocardio y tú eras de su misma quinta. Yo no debatía entre el amor a Cristo que me habían inculcado en Mallorca los cursillos de Cristiandad y el ideario socialista de tus soflamas poéticas en aquella antología que acababa de publicarte la editorial Austral –“Poesía política”-. Un curita chileno, del linaje de los Fluxà, viabilizó con su palabra sagrada el tránsito definitivo de mi padre a mejor vida y recordó, en su breve plática magistral del cementerio, la ocasión en que mi padre, tan republicano y tan anticlerical, esculpió un Cristo de tamaño natural y, al tallarle la herida de la lanza de Longinos en el pecho, introdujo en la madera una nota manuscrita en la que confesaba su amor a la vida y el respeto que le inspiraba la doctrina social del Crucificado. Cuarenta años después, otro curita mallorquín, tan poeta y tan rojo como tú, vino a predicar el funeral por mi madre y citó en su oración, en lugar de a los santos clásicos y evangélicos, a tres grandes clásicos socialistas.”
Amistad y coherencia. Eso es todo.
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Edición 67 - Poetas, contrabandistas y borricas
Edición 66 - Sevilla, Colón, mi pueblo…
Edición 65 - ¿Inmigrantes españoles en España?
Edición 64 - ‘¡¡¡Joder, qué gorro!!!’, dijo un gallego.
Edición 63 - Carta de plural amor a Lara
Edición 62 - Diez cuentos de campaña, brevísimos
Edición 59 - Conocer al colega, por si las moscas
Edición 58 - La otra guerra del 25 de mayo
Edición 57 - Chumy y la pregunta inocente
Edición 56 - Portocolom de mis pecados
Edición 55 - Nacionalista... ¿por qué no?
Edición 54 - Anson, Lara y más prebostes de la patria mía
Edición 53 - Honor a 60.000 euros
Edición 52 - El gol de Kubala
Edición 49 - El gallo de ‘Pueblo’ y sus 200 plumas
Firmas
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Alberto Acereda
Alfonso Berroya
Alfredo Amestoy
Álvaro Peña
Amilibia
Antonio Castro Villacañas
Antonio Martín Beaumont
Borja Álvarez
Carmen Planchuelo
Enrique de Aguinaga
Ernesto Ladrón de Guevara
Eulogio López
Félix Arbolí
Francisco Daunis
Gabriela Ardiles
Germán Lopezarias
Honorio Feito
Hugo Alberto de Pedro (Buenos Aires)
Ignacio San Miguel
Ismael Medina
Javier del Valle
Javier Neira
Jesús Ansebar
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Joan Pla
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José A. Baonza
José Luis Navas
José Manuel G. Torga
José Manuel G. Torga
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