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  Firmas Invitadas - Edición Nº 65
Semana del 30/05/2003
¿Inmigrantes españoles en España?


Joan Pla
U N diario mallorquín, de capital privado, el único que se publica enteramente en catalán en Baleares y, por consiguiente, el único que recibe una subvención especial de las arcas públicas de España, acaba de publicar su frase “gloriosa” de cada día. Dice que la clave de la victoria o del fracaso electoral que aquí sucedió el 25 de mayo está en los “nuevos votos de los inmigrantes” y, al decir “inmigrantes” se refiere, según su aclaración textual entre paréntesis, a los “ immigrants (espanyols, comunitaris i extracomunitaris)”. La triste mentalidad obtusa del colega y paisano que ha redactado esa información de primera plana (Diari de Balears, sábado 31 de mayo de 2003) ha debido creer que los inmigrantes extranjeros, comunitarios o extracomunitarios, siguen siendo inmigrantes y extranjeros, pero con derecho a voto y que son ellos, con sus “nuevos votos”, los culpables de que haya ganado el P.P. (Partido Popular) y se haya ido al garete el otro P.P. o Pacto de Progreso. Hace falta ser merluzo para dar en primera página tamaño dislate y, lo que es peor todavía, llamar “inmigrante español” al que, siendo español de hecho y de derecho vota en su propio País y, concretamente, en el lugar que ha elegido para fijar su residencia.
He intentado mil veces explicar a mis colegas y a los que detentan el poder en Baleares (obsérvese que uso el verbo “detentar” en su preciso y único significado de “retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público”) una cosa tan sencilla como es la de entender que los mallorquines que nos fuimos a estudiar o a trabajar y, en suma, a vivir a cualquier otra ciudad de España, Madrid, Barcelona, Oviedo, Lepe o Ponferrada nunca se nos llamó “inmigrantes españoles”.
Mis intentos han resultado vanos.
En los diccionarios catalanes de mayor vigencia y actualidad y, también, en el de Alcover-Moll, que es esa obra monumental de diez oceánicos volúmenes, donde se recogen las tres modalidades fundamentales de un mismo idioma, esto es, del catalán, del valenciano y del balear, el verbo “immigrar”, con dos “emes”, se define textualmente por “venir a establir-se en un país el qui és d’un altre país” o, traducido al español, “venir ( el catalán no suele distinguir bien entre “ir” y “venir” ) a establecerse en un país el que es de otro país” y sucede, al menos aquí en Mallorca, que el concepto de “inmigrante”, suele usarse con evidente mala fe y de un modo despectivo y miserablemente resentido por algunos políticos de escaso predicamento, por escritores de tercera o cuarta línea y por periodistas lamerones del poder vigente, contra los hombres y mujeres que, por pura necesidad o por pura libertad, han decidido fijar aquí su residencia, vivir y morir en “la isla de la calma”, en mitad de la mar de Ulises.
Si es verdad que a todos nos conviene y nos dignifica la libertad de expresión, también es verdad que a todos nos denigra o, por lo menos, nos hace retroceder a las cavernas de la ignorancia y del cerrilismo más aberrante el hecho de llamar “inmigrante”, por ejemplo, al francés que se establece en Francia, al italiano que se va de Roma a establecerse en Nápoles o al español que viene de Orellana la Vieja a establecerse en Felanitx.
Antes, ofrecían cierto interés las grescas y follones que se montaban los “catalanistas” contra los “españolistas”, los “separatistas” contra los “separadores”, los “indígenas” contra los “forasteros”, los “fachas” contra los “progres”, etcétera, pero, desde que los predicadores del nacionalismo a ultranza en Baleares han dado en predicar que ser catalán no es ser español, que no es lo mismo ser socialista del PSM que del PSOE o que es mejor ser imbécil, esbirro y lamerón de izquierdas que ser lamerón, esbirro e imbécil de derechas, todas estas cuitas dialécticas se han convertido en un auténtico charco de mierda, donde no hay quien respire.
El otro día, sin ir más lejos, Eberhard Grosske, de Izquierda Unida, publicó un artículo sobre la Feria de Abril palmesana, en uno de los periódicos de Serra. Cabe suponer que Grosske no se esperaba que, desde el sanedrín del Grupo Serra, se le advertiría de su solemne error y, de hecho, no tardó ni 24 horas en llegarle la réplica y la admonición “pastoral” de uno de los asesores editoriales del citado grupo. Decía así, textualmente: “…I per cert, senyor Grosske, crec que heu comès un greu error en posar en el mateix sac del radicalisme, la gent d'ASI i la del Lobby per la Independència. La gent del Lobby defensa amb paraules ben planeres els drets legítims de la nostra terra, i cap dels seus membres no ha estat acusat per la policia de proferir insults xenòfobs a prostitutes i negres com ha passat amb alguns d'ASI. Teniu-ho en compte…”
Termino volviendo a la palabra “inmigrante”: sólo quiero decir que, en ninguna de las ciudades españolas – Madrid, Estella, Salamanca y Valencia – en que he fijado mi residencia y he vivido durante algún tiempo, me he sentido o me han llamado “forastero” o “inmigrante”. En todas ellas he sido “mallorquín”, sencillamente, sin más historias ni gilipolleces. Tengo la impresión de que aquí, en mi pueblo, hay muchos asnos que ignoran el artículo 19 de la Constitución. Lo de llamar “tierra de acogida”, marcando la diferencia entre “acogedores” y “acogidos”, lo de llamar “nuestra tierra”, “nuestra cultura”, “nuestra lengua” a lo que son tierras, culturas y lenguas de todos los que formamos parte del Estado español, amén de ser una idiotez que está de moda, no pasa de ser un eufemismo de los que, enchufados al poder en altos cargos y encargos gubernamentales, con el buen sueldo que les pagamos entre todos, no hacen otra cosa que sembrar cizaña y confundir al personal. Y, si hablamos de integración: ¿Qué es lo que debe integrarse: el todo en la parte o la parte en el todo ?
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Edición 121 - Julio Caro Baroja, Carod e Ibarretxe
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Edición 118 - Conchita Piquer, ‘Suspiros de España’ en los ‘Països Catalans’
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Edición 113 - Íñigo de la esperanza y de la cagada
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Edición 58 - La otra guerra del 25 de mayo
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Alfredo Amestoy
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Joan Pla
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José Manuel G. Torga
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