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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 83
Semana del 03/10/2003
Malentendidos básicos
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Ignacio San Miguel
É STA es una época de gran confusión de ideas, debido a lo mucho que son trajinadas en todos los medios de difusión a impulsos de diversos estímulos políticos, ideológicos, partidistas, de fobia y de filias viscerales; así como a las múltiples adherencias equivocadas o connotaciones indebidas (casi siempre oportunistamente fomentadas) que oscurecen su auténtico sentido. Imprescindible es, por tanto, realizar un ejercicio de clarificación o saneamiento mental, tomando como guía el más escrupuloso juicio crítico.
Es necesario limpiar de esta broza parasitaria la auténtica naturaleza de las cosas para que adquiera su verdadero significado. Hay que aclarar el paisaje.
El juicio recto es la mejor herramienta para este menester. El juicio recto contempla fríamente los pros y los contras, no deforma los acontecimientos, no se deja llevar de ninguna querencia sectaria. Reconoce los hechos tal cual son sin deformaciones interesadas. El juicio recto por definición es desinteresado. Sólo le preocupa la verdad. De forma que si apuesta por algún sistema político, ideológico o religioso entre otros, o por una forma de conducta entre varias, esto ha de ser porque ha comprobado objetivamente que son los mejores.
Ahora bien, para decidir lo que es bueno o es malo no basta la simple razón, llamando razón a la facultad discursiva. La razón es un instrumento al servicio de pulsiones suprarracionales. Lo que señala qué es el bien y el mal es un íntimo sentido que forma parte de la naturaleza humana. Se trata de una ley inscrita en todo hombre a la que llamamos ley natural. No es algo reconocido en estos tiempos, pero el juicio recto nos la descubre con su fría objetividad. Y, a su vez, esta verdad descubierta y potenciada robustece la virtualidad del juicio.
Reflexionemos sobre la evolución de las costumbres en las últimas décadas. Constituyen una clara contravención de las leyes naturales. Aborto, homosexualismo, pornografía, etc., aceptados socialmente y debidamente legalizados son consecuencia en última instancia de la negación de la ley natural. Declarar que ésta se compone de simples prejuicios religiosos insertos en costumbres que hay que superar, como así lo demanda un adecuado sentido del progreso, ha sido el expediente ideológico preciso para la implantación de estas costumbres.
Se trata de un craso error. El juicio crítico independiente, el juicio recto, lo puede detectar si se aplica a ello. Considerando serenamente la aversión, el desagrado y el horror que estas prácticas suponen, constata que este sentido de rechazo no proviene de una enseñanza, que esta actitud no supone un aprendizaje previo. ¿Acaso alguien nos ha enseñado que el aborto es un crimen ante el que debemos sentir horror, y por ese motivo lo sentimos? ¿Nos dijeron que el homosexualismo está mal, y por eso nos repugna? ¿Quién puede enseñar a sentir desagrado? ¿Quién puede enseñar a sentir? ¿Acaso es posible rastrear el prejuicio en estos sentires básicos?
Debemos rechazar la idea del prejuicio gobernando nuestros más íntimos sentimientos, si es que alguna vez nos sentimos tentados a admitirla. Las costumbres antiguas, tradicionales, no fueron generadas por el capricho o la voluntad de poder de los gobernantes. Si fueron aceptadas buenamente durante tantos siglos fue debido a que satisfacían un sentimiento primordial, una pulsión extrarracional. Algo que fue declarado en su día como ley natural, ya que no pertenecía al ingenio ni la sabiduría humanos, sino que procedía de su propia naturaleza, creada sin su participación. Al reconocerlo así y someterse a sus directrices, el hombre obró correctamente.
Pero esta verdad que parece evidente, ha acabado por no serlo debido a la introducción de una dialéctica subvertidora. Proclamando como prejuicio religioso lo que no es más que obediencia a la ley natural, se ha establecido la confusión en las conciencias. Pues se calla que la religión, si enseña determinadas conductas, lo hace así porque reconoce y se somete a la ley natural. No inventa la ley natural, sino que la proclama y le da un sentido trascendente.
Tomemos el crimen del aborto y volvamos a preguntarnos: ¿Quién ha inventado que se trata de un crimen? ¿Quién lo decidió así y lo enseñó con tanto éxito que alcanzó universal asentimiento? ¿Se reunieron, acaso, algunos prohombres religiosos y elaboraron leyes morales prohibitivas debido a tales o cuales ocultos intereses, tales o cuales cálculos beneficiosos para el poder? Y si fue así ¿cómo es que tuvieron tanta a aceptación? ¿Cómo hallaron tanta correspondencia en el corazón humano?
Recurramos al buen sentido y volvamos a la investigación de nuestros sentimientos. Habremos de convenir en que son algo dado. No son producto de nuestra voluntad ni artificio. Como tampoco lo son nuestros órganos vitales ni nuestros miembros. Como éstos, forman parte de nuestra naturaleza. Se puede decir que son una fuerza de la Naturaleza, que no se debe discutir ni enturbiar con engendros dialécticos del intelecto.
Y si ese sentido íntimo de carácter ético nos dice claramente que tal cosa es un crimen aborrecible, ya podemos tener la seguridad de que es así. Se dirá que no todos tienen esa claridad. Pero esto es debido, en primer lugar al enturbiamiento dialéctico a que me he referido, y en segundo lugar a que no todo el mundo tiene la misma sensibilidad en la percepción. Es algo parecido a lo que ocurre con la música. Todo el mundo tiene alguna sensibilidad musical. Pero muchos no pueden apreciar más que las tonadillas más simples, y otros saben deleitarse con una sinfonía de Brahms o Shostakovich. Es lógico concluir que son estos últimos quienes pueden juzgar con más acierto sobre la música.
De la misma manera, todos tenemos esa ley natural inscrita en nuestro ser, pero en unos está más viva que en otros. Sin embargo, en cuestiones de la gravedad tratada no es aventurado suponer que la inmensa mayoría estaría de acuerdo. Si no es así, se debe a la incardinación letal en el proceso de pensar y juzgar de las gentes, de dialécticas liberal-progresistas llevadas a su última expresión, y, por tanto, conducentes a actitudes y juicios degenerativos.
Una consecuencia netamente indeseable ha sido vincular el tema del aborto con la religión. Se ha llegado a creer que solamente desde concepciones religiosas se puede rechazar el aborto. Se trata de una tremenda desnaturalización del problema, pues permite a cualquier persona no religiosa pensar que le es lícito cometer abortos. Y no es raro que piense así, cuando la misma ley se lo permite. Pero las cámaras legislativas que votaron las leyes permisivas estaban ya inficionadas con la idea de un vínculo entre aborto y religión. Y como la tendencia general es a sancionar la separación del Estado y la Iglesia, era inevitable el triunfo de las opiniones abortistas, pues se había diluido la percepción del aborto como objeto de derecho natural.
La vinculación del aborto con la religión, esta adherencia parasitaria, en buena lógica nos llevaría a vincular igualmente el asesinato de seres ya nacidos con la religión y, en consecuencia, proponer su legalización. En realidad, en parte ya se está haciendo con la permisión de la eutanasia. Pero podría ampliarse la cobertura.
El rechazo del crimen no tiene que ver con la religión establecida. Contrariamente, es la religión la que obligadamente sanciona como bueno ese rechazo, pues se ve interpelada necesariamente por los temas morales de la ley natural. La ley mosaica: “No matarás”, no estableció el comienzo del rechazo. Los pueblos no comenzaron a rechazar el crimen a partir de entonces. La ley divina sancionó y revalorizó lo que ya existía: el repudio del homicidio, ley inscrita en la naturaleza humana desde el comienzo de su existencia.
No hay que darle vueltas. Si un hombre normal se resiste a rasgar un lienzo de Rafael, derribar y partir una escultura de Canova o volar el Partenón para construir viviendas, y para portarse así no necesita que nadi
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