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Época II - Año XIII
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 66
Semana del 06/06/2003
¡Cualquiera se fía de mi tío!


Manuel Salvador Morales
F RENTE a la amenaza global del terrorismo, ¿qué es mejor para los países?: ¿Adoptar un perfil bajo, evitando una excesiva publicidad o fomentar el desarrollo y divulgar la bonanza y las ventajas del país?
La alternativa es difícil de decidir en un mundo con la economía globalizada, donde ni siquiera “la superpotencia” puede vivir de espaldas a la inversión extranjera. Pero para los países pequeños la cuestión no es difícil sino dramática.
Tomemos como ejemplo a Panamá, con sus 76,000 kilómetros cuadrados, aproximadamente; casi 2,500 km de costas y más de 1,500 islas e islotes, de los cuales alrededor de 500 están en el océano Pacífico y el resto en el mar Caribe (Océano Atlántico). Poca extensión, mucha costa y demasiadas islas, lo que significa territorios difíciles de vigilar.
Su economía es de servicios, lo que le hace punto de destino de numerosos visitantes. Para mantener el país en movimiento, Panamá necesita publicitar constantemente todo lo que ofrece a quienes quieran utilizarlo de plataforma para sus negocios, o para su recreo, y debe hacer bien su tarea, si observamos los resultados, porque el turismo es hoy la primera fuente de ingresos, superando a los del Canal, una de las maravillas del mundo y vía de tránsito marítimo insustituible para el comercio mundial, pero cuyo rendimiento le ha llevado al segundo lugar, por delante del Centro Financiero, aun cuando éste siga siendo el más importante de Iberoamérica.
Si a esto se une la vinculación entre Panamá y los Estados Unidos, no es extraño que se hagan advertencias sobre los riesgos de secuestros o atentados en territorio panameño, dirigidos contra Norteamérica. En este sentido, no hace mucho, el prestigioso diario The Miami Herald se refirió a este peligro, y lo unió al que se cierne sobre la flota mercante panameña o el canal interoceánico, que no sólo une los dos océanos, sino los subcontinentes de América del Norte (incluida A. Central) y Sudamérica.
Alertar sobre esa amenaza y analizarla públicamente, desde un medio de comunicación, no pareciera algo aconsejable, pero no es, ni con mucho, un aviso caprichoso, alarmante y sin fundamento. La flota mercante de Panamá, es la mayor del mundo entre las de “bandera de conveniencia”, y sus naves, que surcan todos los mares, pueden ser, por un cálculo de probabilidades, objetivos terroristas posibles, para hostigar al gobierno estadounidense, socio de Panamá durante casi cien años.
La razón de esta asociación no fue otra que El Canal de Panamá, entregado por Washington a los panameños el último día de 1999. Su importancia, hasta el momento, no admite discusión ni como facilitadora comercial, ni desde el punto de vista de estrategia militar. Ya, en 1945, los japoneses eran conscientes de que un bombardeo aéreo inutilizaría el canal durante, al menos, cinco años, si se efectuaba sobre el Lago Gatún, (que actúa como un enorme depósito de agua, sin el cual la vía interoceánica dejaría de funcionar), o sobre alguna de las esclusas que permiten salvar el desnivel que existe entre los dos océanos.
Y si los japoneses lo sabían, brutales asesinos, como podrían ser los de AlQaeda, no pueden ignorarlo. Pero también hay que pensar que si hace cincuenta ocho años, los japoneses, que eran capaces de sacrificar sus vidas, institucionalizando al kamicaze, respetaron esta obra, porque fueron conscientes de su importancia universal, incluso para sus propios intereses, ahora, a pesar de que el terrorismo no tiene aprensiones ni escrúpulos, los “al-qaedos” no serán ciegos a la utilidad manifiesta que, también, tiene para ellos mismos mantenerla en uso.
¿Qué pasaría si Ben Laden pusiera sus ojos en el Canal? Me preguntó repentinamente mi tío, el del pueblo, cuando hablábamos de esta cuestión. (!Caracoles con mi tío, qué preguntas dispara!) Un diario panameño,”Crítica Libre”, el de mayor circulación en el país, se hacía esa suposición no hace mucho. Y aunque no contestaba a su pregunta, sí mostraba preocupación porque argumentaba que, en ese tiempo, se había rebajado notablemente la seguridad en sus centros turísticos, sus fronteras y aeropuertos.
El periódico insistía en que “no se revisan del todo a los barcos que entran en el Canal, hay buques que ni conocemos a la tripulación, no hay bases ni defensas especiales para contrarrestar una operación terrorista...” Hoy por hoy la mayoría de estas omisiones han sido enmendadas.
Es cierto que Panamá es un país sin ejército desde la invasión de EE.UU. en 1989, y sólo cuenta con una reducida fuerza de policía, pero también es una realidad que el país es pequeño en extensión y en población, y es, por tanto, controlable, si se ponen a ello.
A eso se une que la idiosincrasia del panameño, le hace observador, inquisidor, vigilante de la vida y andanzas de los demás, porque prácticamente todo el mundo se conoce. Ese carácter es a lo que popularmente se le asigna el epíteto de “vidajena”, que equivale al término “chismoso” en España. Saber todo de todos es un pasatiempo nacional, practicado sin pausa y sin cansancio. En la época de los militares, uno de los responsables de los servicios de “Inteligencia” (no se rían, por favor. Me refiero a los servicios de información), me comentó que la nómina del departamento no era muy cuantiosa. “Aquí, -me dijo-, los dos millones y pico de panameños son informantes voluntarios y gratuitos. Todos ellos se mueren por comentar en todos sitios cualquier chisme que circule porque con ello se dan la gran divertida”. O sea, que en Panamá no hay secretos. Todo se sabe.
¿Eso es posible? En uno de mis primeros viajes a Panamá, mi tío, el del pueblo, que, de joven, había estado varias veces en el país cuando era pinche en la cocina de un barco, me advirtió: “Andate con cuidado, porque verás que un día orinas de color verde, en un baño cerrado, donde estas solo, y es muy posible que el primer panameño que encuentres, te pregunte por qué tu pis ha sido de ese color”. Parecen cosas de mi tío, pero son una realidad y, es verdad, porque algo semejante me sucedió alguna que otra vez, dejándome perplejo y preguntándome por la bolita de cristal de las gentes de este país.
Por eso, personas o conductas inusuales son, indefectiblemente, detectadas, y lo seguirán siendo, por la existencia de esa “radio bemba” que hace que los chismes circulen de boca en boca a velocidad increíble. Además de que siguen existiendo los servicios de “Inteligencia”.
Tampoco crean que es una suposición gratuita, el rumor, muy extendido, de que los EE.UU., por proximidad, y por interés comercial y político, han facilitado instrumentos sofisticados de vigilancia y alarma de tecnología avanzada, que permitirían alertar de cualquier peligro potencial.
Por otra parte, no olvidemos que los panameños están demostrando una eficiencia singular en la Administración de la vía canalera a pesar de la desconfianza general que hubo, y que sigue existiendo, sobre el tema. Obsérvese que en dos años y medio, la operación se ha mejorado de tal forma, que, aunque ahora se han elevado los costos por peaje, eliminando los establecidos en 1914, los tránsitos han aumentando, porque el tiempo de travesía de un océano a otro se ha acortado, y eso permite el ingreso complementario al erario público de 50 millones de dólares adicionales.
Asimismo, la seguridad en el tránsito se ha perfeccionado de tal manera que sólo se han producido 34 accidentes en el 2001 y 2002, período en el que 26,678 buques utilizaron el canal. Frente a estas cifras, sólo hubo tan escasos accidentes en 1922 y 1923, años en que se registraron 10 en cada uno de ellos, pero también es cierto que en 1922 sólo hubo 2,736 tránsitos y 3,960 en 1923, lo que supone alrededor de un veinticinco porciento de los habidos en los dos últimos años.
Es decir, que no cunda la alarma. El terrorismo puede atacar en cualquier lugar del mundo, y Panamá no es una excepción. Es más, tiene, como hemos comentado, objetivos atr
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