“
¡Pobre Eulalia!”, - dijo mi tío el del pueblo, compasivamente, tras saludar, al paso, a una sexagenaria señora, todavía bella, a pesar de los años, - . “Cuando éramos jóvenes - continuó pensativo - vivía allá donde uno, y el novio la deshonró.”
- Bueno, hombre - le contesté - por eso no tienes que compadecerla. Son cosas que pasan y que hoy no tienen importancia.
Mi tío se detuvo, me miró de soslayo, pero con mirada endurecida, durante unos segundos, que a mí me parecieron minutos, y me espetó: “No seas ignorante. No siempre han sido las cosas como ahora. Muchas mujeres han visto arruinada su vida por eso que tú dices que no tiene importancia.”
Efectivamente, y según lo que me contó mi tío, el del pueblo, hace cincuenta años, cuando una mujer perdía la virginidad, era condenada a las penas del infierno en esta tierra. Los padres la echaba de casa, y en muchas ocasiones, antes de eso, les infligía insultos y palizas descomunales. En el mejor de los casos, la obligaban a abortar, lo que se hacía en la clandestinidad por mujerucas, sin más titulación que su práctica y sin más higiene que el agua y el jabón ... a veces.
¿Cuántas miles de pobres jóvenes han muerto durante estas operaciones y cuántas más por infecciones o hemorragias como consecuencia de la impericia y la ignorancia?
Cuando una muchacha, joven, a veces sin llegar a la mayoría de edad, presionada por la efervescencia de la pubertad, y en consecuencia por la curiosidad y la excitación sobre unos incipientes impulsos sexuales, apenas dibujados, se rendía a los deseos y la insistencia de un fogoso joven macho, y se entregaba, el resultado era una catástrofe.
“¿Qué iban a hacer dos jóvenes inexpertos y calenturientos, en un pueblo aburrido y lleno de tabúes”, -reflexionó mi tío. Pues, lo que hicieron Adán y Eva en el Paraíso, y cuando el Yang y el Yin se unen, pues ya sabes, se da forma a la creación de los seres. Y, entonces, es cuando se armaba la marimorena.”
Muchas de estas mujeres, empujadas por la incomprensión de sus padres y el rechazo de la sociedad, acababan enseñando a cantidad de jovencitos a mantener la virginidad de sus novias, y a muchos adultos a hallar lo que no encontraban en sus casas o a transmitir enfermedades venéreas a diestro y siniestro. Y es que difícilmente podían encontrar otro refugio, que no fueran las casas de prostitución, permitidas y reguladas hasta 1956, en que la UNESCO tuvo “la feliz idea” de hacer que los gobiernos prohibieran el ejercicio de “la profesión más vieja del mundo”. En esos tiempos, siguiendo los mismos patrones de la Edad Media, una soltera, con un hijo, no encontraba trabajo ni siquiera para darle con encono a la escoba, el estropajo y el jabón. Se convertía en una proscrita.
El hombre, que quedaba exonerado "justamente", - según el machismo imperante -(porque lo justo era que la mujer fuera “casta, prudente, honesta y firme”), daba la vuelta cuando se enteraba de que “jugar al teto” tenía unas consecuencias que lloraba a los nueves meses. Y si te vi no me acuerdo.
Así eran las cosas en esta España nuestra desde hace siglos hasta mediados de la pasada centuria. Se conservaba celosamente una tradición de castigo unilateral para las consecuencias de un acto consumado por dos. Y en esa tremenda injusticia tuvo mucho que ver una iglesia oscurantista, y unas mentes hipócritas, ladinas y vueltas de espaldas a las exigencias de la naturaleza en los demás, no en ellos mismos.
Como consecuencia de esta generalizada arbitrariedad, y para evitar las tragedias que amenazaban a aquellas que, por suerte o, sabe Dios por qué, sus escaramuzas sexuales no habían fructificado, o amparadas excepcionalmente por su familia, habían abortado con éxito después de unas prolongadas ausencias de sus pueblos, se recurría a toda clase de triquiñuelas. Curanderas, “brujas”, y otros variopintos especímenes de ese zoo, facilitaban “remedios milagrosos” que permitieran, en la noche de bodas, el sangramiento de la “dama virginal” tras una dificultosa penetración. "Usualmente, me dijo mi tío el del pueblo, esas pócimas no eran más que una mezcla de ciertas hierbas con una pizca de alumbre calcinado, que, al parecer, encogía las membranas vaginales, por su acción cáustica, y las irritaba lo suficiente para causar un leve sangrado". Remedios muy peligrosos que habrán pagado caro numerosas mujeres y, acaso, algunos hombres.
Afortunadamente esta mentalidad ha desaparecido en el mundo y ¡oh, milagro, hasta en España!, gracias, en gran parte, a la aparición de la píldora, que inició la liberación de la mujer. Es más, muchas solteras buscan y escogen un hombre, sólo para tener un hijo, en una relación que termina cuando el macho ha cumplido su tarea.
Bueno, eso era lo que yo pensaba en cuanto a la mentalidad medieval de la necesaria virginidad, porque de repente leo en un periódico iberoamericano una noticia que habla de la “himenoplastia”. ¿Y qué es esa palabra tan extraña? Aunque no lo sea tanto en momentos en que las “plastias” están de moda, y si no que se lo digan a la Yola Berrocal y otras tantas “yolas”, todas iguales, del estrellato de la telebasura.
Pues bien, la tal himenoplatia, no es, ni más menos, que “un procedimiento que rehabilita el himen y promete devolver la “virginidad” a las mujeres”. Parece que se trata de una intervención quirúrgica realizada con anestesia local, que dura 45 minutos, que reconstruye la membrana perdida tomando fragmentos de la misma vagina, y que, tras cuatro semanas de cicatrización, pone a la paciente en condiciones de entregar, como si nada, “su flor más preciada”, como dicen en Iberoamérica.
Así que, cuando uno creía que, ahora, era al contrario que en los denostados tiempos pasados, y que ser virgen, después de los quince o dieciséis años, era bochornoso para muchas jovencitas, resulta que hemos regresado a la época de la “preciada virginidad” que, entre paréntesis, es una exigencia discriminatoria para la mujer, porque al hombre se le mide con un rasero diametralmente opuesto: "Mientras más mujeres, más macho". Y el valor del himen creemos que ha renacido, porque añade la noticia que la himenoplastia, o sea. “El zurcido del virgo”, como dice mi tío el del pueblo, que es un poco zafio, “se ha puesto de moda en Méjico”. Vean ustedes. Lo que se puede interpretar que, entre tequila y tequila y como la operación es cortita, muchas jóvenes dirán: “Discúlpenme unos momentos, pero es que voy a hacerme un remiendo de virgo, para presumir con mi nuevo novio".
Supongo que, como de todas formas, la perversión, unida al machismo que no desaparece, valora el poder desvirgar a jovencitas, gracias a estos “zurcidos”, surgirá una industria de “vírgenes reconstruidas”, usables cada dos meses, y que serán desfloradas, una y otra vez, por quienes gustan de ello y puedan pagarlas. Y remiendo va, remiendo viene.
De esta forma no se repetirá lo sucedido, tiempos atrás, a aquellas dos parejas, desconocidas entre ellas, que coincidieron a su llegada al hotel, en su noche de bodas, lo que se apreciaba a simple vista. Uno de los nuevos maridos se despertó repentinamente a las cuatro de la madrugada, y aturdido, vio a una mujer dormida a su lado, y, a oscuras se levantó de la cama, como era su costumbre de soltero en esas situaciones, se vistió y, adormecido aún, se acercó a la cama y le dijo a la mujer dormida: "No te despiertes cariño, es muy tarde y me quedé dormido. Tengo que volver a casa de mi mamá. En la mesilla de noche te dejo el dinero. Gracias. Ya te llamaré."
La mujer se despertó, le armó la gran bronca, y lo expulsó de su vista y de la habitación. El hombre, frustrado por la confusión, encontró en la recepción al marido de la otra pareja con la que coincidió a la llegada, que también estaba pidiendo la cuenta, y mientras se la preparaban le preguntó:" ¡Oiga!, ¿Usted también metió la pata?"
El otro le miró irritado y le replicó airado: "No porque no lo intenté, pero le aseguro que
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