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  Firmas Invitadas - Edición Nº 85
Semana del 17/10/2003
Relatos policiales X.- 'La mujer flambeada'
Borja Álvarez
H ACÍA frío en Mula (Murcia) aquel 13 de enero de 1.986 cuando Juan Tudela, albañil de 54 años, se presentó en el cuartel de la Guardia Civil. Explicó al Cabo Primero comandante del puesto que, sobre las 14 horas de aquel día había tenido una discusión con su esposa, Encarnación Ruiz, de 50 años. Le había golpeado con un palo en la cabeza, pareciéndole que la había matado. Luego, la introdujo en un bidón vacío de aceite, de doscientos litros de capacidad, y la incineró con gasóleo.
El cabo primero de la Benemérita era un veterano de muchas tragedias. Escuchó estupefacto lo que le contaba aquel hombre. Luego, acompañado de otro guardia, se personó en la zona conocida como San Luis a unos doscientos metros del camino a Prado Negro. En una vivienda propiedad de Juan encontró un bidón grande del que salía abundante humo pestilente y cuyo fondo tenía unos 15 o 20 centímetros de cenizas y brasas entre las que se apreciaban restos del huesos, al parecer humanos, totalmente calcinados.
Dio aviso al Juzgado, que acudió al lugar. En efecto, en el bidón había restos humanos, al parecer de mujer, consistentes en parte de un cráneo y de algo de cuero cabelludo. Se halló, además, en el fondo del bidón una pulsera de las empleadas contra el reuma y una cadenita de las de cuello con un colgante. El forense informó que en el estado en que se encontraban los restos era imposible determinar la causa de la muerte, que parecía reciente. No se pudo saber, por tanto, si el fallecimiento lo fue por traumatismo craneoencefálico, asfixia o por parada cardiaca consiguiente. Procedió el Juzgado a incautar un palo de madera de un metro de largo con el que fue golpeada la víctima y se recogieron muestras de sangre vertida por Encarna tras ser golpeada y posteriormente arrastrada hacia el bidón.
Acudió al lugar un hijo de la víctima que identificó la cadenita y la pulsera como pertenecientes a su madre. Se acordó el traslado de los restos al cementerio de Mula para proceder a la inhumación. No se realizó autopsia.
En calidad de detenido, Juan manifestó ante el Juez y en presencia de su abogado, que se casó con Encarnación en el año 1.958 y que tuvo dos hijos con ella. En el momento de los hechos tenían unos 27 y 24 años. En la década de los años 60 se marchó a trabajar a Francia. A los pocos meses se llevó a su mujer y a un hijo, ya que el otro nació en el vecino país.
Cierto día cuando estaba trabajando en una obra fue alcanzado por una explosión de gas. Tuvo que estar hospitalizado durante un año y sufrió más de diez intervenciones, practicándosele una traqueotomía para que pudiera respirar. Quedó completamente desfigurado y presentaba un aspecto lamentable.
Durante su estancia en el hospital se enteró de que su mujer mantenía relaciones sentimentales con otro hombre. Después del accidente, ya en casa, empezó a llevarse mal con Encarna hasta tal punto que resolvió volver con sus hijos a España y quedarse a vivir en Mula. Estuvo separado de ella unos quince años. Le escribía unas tres cartas semanales, que nunca fueron contestadas.
Hacía año y medio que Encarna había vuelto a España, pero marchó a vivir a Elche. Juan marchó a esta localidad alicantina para convencerla que volviera con él y con los chicos a Mula. Lo consiguió, poniendo Encarnación como condición que los bienes del matrimonio estuvieran a nombre de ella también, pues sólo estaban a nombre de Juan.
Encarna estaba bastante mal de la cabeza y precisó asistencia psiquiátrica aunque jamás tomó las medicinas que el médico le recetaba. Hacía unos días que el ambiente entre el matrimonio se había vuelto irrespirable. Encarnación le había prendido fuego a un motocultor que empleaba Juan para las labores agrícolas. Se golpeaba las rodillas con piedras para luego ir a denunciar que su marido la había golpeado. Incluso tiraba piedras contra los coches. Amenazaba a Juan con gastarse todo el dinero y dejarlo en la ruina.
Tanto del médico de guardia como el especialista no consiguieron ingresar a Encarnación, que además estaba disgustada con sus hijos al no consentir que ocuparan una casa de su propiedad en el pueblo. Dormían en habitaciones separadas ya que Juan tenía miedo de Encarna. Le había apuntado en varias ocasiones con una escopeta cargada que, en cierta ocasión se disparó e impactó en el suelo. La vendió para evitar desgracias.
El día de autos, Juan fue a trabajar y, al volver del trabajo, al mediodía, empezaron a insultarse mutuamente. Fuera de sí, Juan la golpeó con un palo en la cabeza. Cayó la mujer al suelo. Luego, sin saber si la había matado o no, la arrastró hasta el bidón y la introdujo cabeza abajo. Cubrió el cuerpo con leña. Luego, lo roció todo con gasoil y le prendió fuego.
Marchó al trabajo mientras Encarna ardía. Creía que estaba muerta después de golpearla, aunque no pudo precisarlo ni nunca lo podría saber. Cuando terminó de trabajar fue a ver a su abogado. Le aconsejó que se presentara inmediatamente al cuartel de la Guardia Civil.
Fue condenado a siete años de prisión mayor por la muerte e incineración de su mujer. Pero se le apreciaron circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, enajenación mental incompleta y arrepentimiento espontáneo.
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