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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 85
Semana del 17/10/2003
Terrorismo y hombre occidental


Ignacio San Miguel
L AS matanzas de Bali, Casablanca, Bagdad, etc. provocadas por el terorismo islámico, segando vidas mayormente occidentales, deja poco margen para el error de considerar que esto de la guerra antiterrorista es una invención para justificar ataques militares encubriendo intereses petrolíferos. Esta tesis, predilecta de los masoquistas controladores de los medios de comunicación, ha alcanzado buen predicamento en el hombre común que hace caso de dichos medios.
Pero, siendo un hecho la existencia de esta guerra, no se puede obviar el considerar con qué arrestos, con qué ánimos, con qué ideales puede este hombre occidental, tan mediatizado por el discurso dominante, enfrentarse a ella.
De la implacable determinación de la otra parte tenemos numerosas, demasiadas, pruebas. Las amenazas, los chantajes, los ataques sangrientos, muestran a las claras una ferocidad que no se extingue a través de los años, como no sea plegándose a las exigencias terroristas. En el terrorismo islámico alcanza su máxima expresión en los suicidas que mueren accionando la bomba que portan con la satisfacción de saber que la explosión causará muchas más víctimas. Son bastantes los que graban en vídeo su despedida poco antes de cometer su asesinato. En una de esas grabaciones se pudo ver a una madre despidiéndose de su hijo, asesino y suicida, transmitiéndole su bendición y su ánimo, pese a la tristeza que le provocaba su suerte.
Ahora bien ¿el hombre occidental está preparado debidamente para esta guerra, para luchar contra estas gentes que llevan hasta tan lejos su determinación?
He mencionado más arriba el masoquismo. Hace poco leí un artículo periodístico en que se mencionaba el placer íntimo de dar la razón al contrario. Placer innoble, malsano y decadente, pero placer al fin y al cabo.
El hombre occidental ha alcanzado el nadir de su carrera con la asunción del odio a Occidente. Es decir, ha llegado a odiarse y a flagelarse a sí mismo con pasión. Esto es masoquismo.
Se explican así las críticas al presidente George Bush por amenazar con atacar a Irak y, al mismo tiempo, la concesión del premio Nobel de la Paz a Jimmy Carter, uno de los presidentes más nefastos que ha tenido Estados Unidos. Pero el primero pretende defender a Occidente de la amenaza del terrorismo islámico, lo que es suficiente para cubrirle de insultos, desde “vaquero inculto” a “vendido a la industria del armamento”. Y el segundo, con su loco pacifismo, alteró a favor de la Unión Soviética el equilibrio de fuerzas existente. Nunca corrió tanto peligro el mundo libre como con Carter. Suficiente para captarse las simpatías del liberal-progresismo, con inclinación al marxismo, profesado con preferencia por el actual hombre de Occidente. Obligado era, pues, cubrir de honores a este hombre tan propenso a las lágrimas y tan amante de la fraternidad universal, pasando por alto la inutilidad y falta de pertinencia de sus mediaciones, ya como ex-presidente, en cualesquiera conflictos políticos internacionales.
No parece, pues, que esta predisposición del hombre occidental sea provechosa para la lucha antiterrorista. Pues el masoquista no quiere vencer, sino ser derrotado.
Las fuerzas enemigas poseen un pensamiento y un sentimiento profundamente religiosos, aunque sea la suya una religión equivocada. Pero ¿qué religión tiene el hombre de Occidente?
Después de las dos revoluciones y dos guerras de alcance universal, Occidente ha perdido en gran medida sus señas de identidad cristianas. En la actualidad, los hacedores de opinión que controlan los medios de comunicación, cine, editoriales, enseñanza, se dedican activamente a atacar los rastros de religión que quedan. A los intelectuales de tipo medio, que nadie les hable de religión. Hablo de la cristiana, porque la islámica, siendo contraria a la cristiana, será digna de estudio para ellos, a pesar de sus disparates. Además ¡qué bien le sienta al intelectual mediocre la pose del escepticismo! Será difícil encontrar alguno que no sea escéptico, relativista, agnóstico o ateo. Se trata de su uniforme profesional, igual que las melenas del poeta o los pantalones de pana del pintor.
Pero ¿y qué se puede decir de los templos? Nada verdaderamente positivo, lamentablemente. Pues el mensaje que ofrecen ya no es el de aquella robusta fe en un Dios poderoso al que había que amar pero también temer porque premiaba pero también castigaba (lo cual era, y es, de una lógica aplastante); que mencionaba el Cielo, pero también el Infierno; que exigía abiertamente la castidad; que proclamaba la divinidad de Cristo; que condenaba el aborto sin paliativos; que se apoyaba en milagros y profecías; que anunciaba el Evangelio sin mutilaciones y deformaciones oportunistas, en suma.
No es este el mensaje que ahora nos llega de los templos. De la predicación ahora vigente han extirpado absolutamente todo lo que pudiera herir (en opinión del clero) la sensibilidad exquisita, humanitarista y narcisista, del hombre occidental de hoy. Ni una mención al castigo, a la condenación, al infierno. Ni una mención a la castidad (que exige esfuerzo y por ello es despreciada por la gente). Ni una mención al aborto, aunque formulariamente haya sido condenado, porque se teme una reacción adversa. Mutilaciones del Evangelio para hacerlo más digerible; tergiversaciones sibilinas de lo que está meridianamente claro; derivaciones políticas interesadas cuando viene al caso (o aunque no venga); y un mensaje de amor indiscriminado, totalizador, de raíz probablemente oriental, en que todos somos iguales y el terrorista se confunde con la víctima y merece el mismo trato. Un mensaje que ya carga, empacha y empalaga. Nunca hablarán de amar la virtud y odiar el vicio, amar la justicia y odiar el crimen. Esto ha quedado anticuado. Estos son otros tiempos y, al parecer, hay que amarlo todo.
En conjunto, una religión-merengue, un Cristo-merengue y un Dios-merengue. O, dicho de otro modo, mensaje afeminado para gente afeminada. Y, naturalmente, este mensaje, si es asimilado, ha de resultar castrador de las potencialidades del hombre. (I)
Vamos viendo que nuestras armas son bastante pobres para enfrentarnos con el poderoso Islam y los demás terrorismos.
Y ya en el plano de las ideas ¿qué es lo que oponemos a esta idea absorbente y totalitaria de los terroristas? Ni más ni menos que la idea del pluralismo. ¿Pero esta idea acaso puede entusiasmar a alguien, movilizar sus energías? Hace poco me decía una persona preocupada por el tema, que “a nosotros nos mueve la razón, y a ellos el sentimiento”. Parecía quejarse de la falta de pasión en nosotros. Y estaba en lo cierto, aunque no profundizaba en el por qué de esa circunstancia. No pensaba en que el pluralismo, que implica una percepción relativista de la realidad (que él mismo defendía), es una elaboración mental que se neutraliza a sí misma, dejando vacío de ideas dinamizadoras al individuo. Si todas las ideas son relativas, es decir, son tan verdaderas o tan falsas las unas como las otras, y ninguna tiene que predominar sobre las demás ¿qué es lo que nos puede inducir a luchar? Sólo las ideas absolutas movilizan e inducen a la lucha. Pero el hombre occidental no quiere luchar, y encuentra en el relativismo la excusa ideal para no hacerlo. Lo que no es óbice para que se dedique ansiosamente a buscar explicaciones al fanatismo del enemigo, dispuesto a encontrar motivos para poder darle la razón. No es que a nosotros nos mueva “la razón”, sino un tipo de razón deteriorada, nula, que no puede provocar sentimiento alguno, como no sea el sentimiento de la indiferencia. Porque la razón, si está sana, puede elaborar ideas e ideales capaces de despertar un sentimiento muy poderoso. No es que nos mueva la razón, sino que tenemos una razón exangüe incapaz de despertar pasión.
Trasladada esta actitud descaecida a la política, comprobaremos que los intelectuales de medio pelo, que son los que ahora subsisten y son los que crean opinión y arrastran a mucha g
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