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IDO disculpas de antemano por la escatología de la siguiente reflexión, pero necesito llamar a las cosas por su nombre.
De unos años a esta parte noto que Madrid huele a orín. Huele mucho. Más en verano. Pero este problema no es del Ayuntamiento, ni de la Comunidad, ni de Aznar, ni de los servicios de limpieza, ni de Zapatero... ni siquiera de Eduardo Tamayo, a quien deberían darle en la Comunidad, una vez que pase al Grupo Mixto, la Consejería de Orines.
El problema es de los ciudadanos, y quienes lo provocan son otros ciudadanos; más concretamente, hombres. Los señores han nacido con ese magnífico y voluble apéndice que les permite hacer uso de él para miccionar en cualquier lugar, en cualquier rincón, en cualquier portal, mientras silban mirando al cielo como si su orina no fuera con ellos.
Los he visto de todas las edades y condición: taxistas que abren la puerta de su vehículo en cualquier calle, caballeros de fina estampa, vagabundos, señores íntegros, yupis de traje mañanero y moderneces nocturnas, jóvenes, educados, ecologistas, conservadores, inmigrantes, obreros, progresistas, mayores, parados, adolescentes, niños... Todos actúan igual; buscan su rincón como los canes buscan su esquina, miran a un lado, miran a otro, se la buscan, se la sacan, desahogan, se la sacuden, se la guardan y se van.
Cuando las mujeres los pillamos, algunas, los solemos increpar, y yo un día me llevaré un guantazo. La ventaja de regañar a un hombre mientras micciona, es que está desasistido. No puede hacer nada porque no puede interrumpir su acción, y si lo hiciera, se pondría perdido. Así que mi táctica es llamarle guarro y echar a correr. Pocos hombres, sin embargo, y supongo que por solidaridad de género, dicen algo cuando ven a un colega empapando un rincón.
“Es algo natural”, me dijo en una ocasión un miccionador. “Es un niño”, me contestó en otro momento una señora muy bien arreglada y de educación victoriana que agarraba el miembro de su hijo de tres años mientras el muchachillo aprendía, ya desde pequeño, que se puede mear en la Gran Vía. Y otro, una vez, me llamó hija de meretriz porque le descargué desde el cuarto piso un barreño de agua mientras orinaba debajo del portero automático de mi portal.
Intento no caer en el error de la generalidad, pero no puedo evitar decir que un número considerable de hombres de esta ciudad son cochinos por educación y por naturaleza. Que ningún varón se me dé por aludido si no se ajusta a las características de mi crítica.
En descargo de todos diré que busco incansablemente una explicación para entender por qué algunos humanos de los llamados hombres necesitan ir marcando territorio por Madrid. Según he leído, en los bebés la vejiga se vacía en cuanto sus paredes se dilatan al llenarse de orina: es un reflejo inconsciente. En cambio, cuando se aprende a controlar la micción, se crean conexiones nerviosas entre la vejiga y los centros de la consciencia del cerebro. Son los que nos hacen percibir que la vejiga está llena. El cerebro debe decidir entonces, en una respuesta aprendida, si es socialmente apropiado orinar o no. Si decidimos que es inapropiado, el cerebro enviará señales a la vejiga que inhibirán el reflejo. ¿Ilustrativo, verdad?
Bien, pues respecto a los hombres que hacen pis por Madrid, concluyo que tienen alguno de los siguientes problemas:
A) Son como niños.
B) Consideran socialmente apropiado mear al aire libre.
C) Un defecto genético impidió en alguna etapa de su desarrollo que se crearan adecuadamente las conexiones nerviosas entre la vejiga y el cerebro.
D) Sufren agnosia visual, por lo que no diferencian entre un rincón y un inodoro.
E) Sus cerebros son laxos y sus vejigas hiperactivas.
Y que ningún ofendido me responda que si yo no meo en la calle es porque no puedo. ¿Qué o quién me lo impide? Nada ni nadie, sólo mis conexiones nerviosas, que están en orden.
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