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  Firmas Invitadas - Edición Nº 17
Semana del 28/06/2002
El siglo de los ancianos
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Enrique de Aguinaga
E N el seno del Ayuntamiento de Almendralejo (Badajoz), a finales del año pasado, quedó constituido el Consejo de Ancianos, primera entidad española de este tipo, que empieza a ser un modelo europeo. El mérito corresponde al Alcalde, Francisco Javier Fernández Perianes, que, a la percepción política de la cuestión de la ancianidad, añade una disposición profesional, como médico y, por lo tanto, conocedor de esta patología social.
No disminuye el mérito del alcalde, sino todo lo contrario, su posible inspiración en las conclusiones del IV Congreso Nacional de Organizaciones de Mayores (Santiago de Compostela, octubre de 1999) o en la lección inaugural del Curso del Centro Universitario “Santa Ana”, del mismo Almendralejo. Ambas referencias se titulan respectivamente “Corresponsabilidad y protagonismo de los mayores en el próximo siglo XXI” y “El siglo de los ancianos”.
El Consejo de Ancianos del Ayuntamiento de Almendralejo es una respuesta eficaz a una realidad demográfica que se proyecta con el siguiente enunciado: La marginación social de la ancianidad y los anacronismos del sistema de jubilaciones, en el marco estadístico de la nueva esperanza de vida, crean las condiciones de arranque para que el siglo XXI sea el siglo de los ancianos y así se pueda vaticinar.

EL siglo XXI deber ser, efectivamente, el tiempo en que, con el aprovechamiento práctico y moral de los valores del anciano, se produzca una revolución semejante a la que en el siglo XX supuso la irrupción de la mujer en todo los ámbitos sociales, de modo que ya se ha propuesto el ancianismo, como antes se propuso el feminismo. La enunciación de esta hipótesis está apoyada por una restitución positiva del concepto de ancianidad, frente al concepto de vejez, así como por su consideración de cumbre de la libertad personal.
La primera revisión que procede es la del lenguaje y sus subterfugios (la famosa tercera edad, por ejemplo), con la descarga del sentido peyorativo que comúnmente se atribuye al término anciano y sus derivados. Un sencillo recorrido por nuestra cultura restablece la necesaria distinción entre vejez, en cuanto idea de decrepitud, y ancianidad, en cuanto idea de venerabilidad.
Son setenta ancianos los que, con Moisés, suben al monte Sinaí para recibir las tablas de la Ley. En el éxtasis de San Juan, son veinticuatro ancianos, con vestiduras blancas y coronas de oro, los que están alrededor del trono de Dios. Y en la visión de Daniel, el propio Dios es un Anciano, de cabellos puros como lana, sentado en trono de fuego.
“Soy anciano y a mucha honra”, suelo decir simpáticamente (“La vejez puede ser el tiempo de nuestra dicha”, decía Borges), en la medida que la ancianidad supone experiencia, sabiduría, templanza y, sobre todo, libertad. Todo un caudal humano que ahora se dilapida, marginándolo, y que exigiría, como se ha pedido, la mejora del articulo 14 de la Constitución para añadir expresamente la edad a las razones de nacimiento, raza, sexo , religión , opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social , que no pueden ser causa de discriminación ante la ley .

EL mundo de los ancianos está cambiando radicalmente y exige nuevos y adecuados tratamientos. Los llamativos progresos de la expectativa de vida hablan por sí solos. Pensemos que hace setenta años, cuando Ortega formula su método de las generaciones, la esperanza de vida de los españoles era de cincuenta años y que hoy, en progresión creciente, se aproxima a los ochenta. Así, el método de las generaciones, donde se afirma que los mayores de sesenta años son muy pocos, no se puede releer ahora sin una sonrisa.
Todos los días se publican rectificaciones de aquella circunstancia orteguiana: en 1960, en España, el censo de mayores era de dos millones y medio; ahora, somos más de seis millones los mayores de 65 años (17 por ciento, que, en cincuenta años, se elevará al 37); del medio millón de ancianos que viven en Madrid, unos 115.000 tienen más de ochenta años; los europeos mayores de 60 años son la quinta parte del total, pero, dentro de treinta años, serán más de la tercera parte; en 2020, hay más de mil millones de mayores en el mundo, un 70 por ciento en países en vía de desarrollo; en 2030, los mayores serán mayoría de votantes en los Estados Unidos; en 2050, España será el país más viejo del planeta con una media de edad de 54,3 años; en 2050, habrá 370 millones de octogenarios (la llamada “cuarta edad”) en todo el mundo (en 1998 eran 60 millones), de los cuales más de 2 millones serán centenarios.
En este panorama estadístico, ¿se pueden mantener, como se están manteniendo, cualitativa y cuantitativamente, las ideas de la jubilación de hace medio siglo? ¿Cuándo se va a poner fin a este desfase, que supone un despilfarro de energías y valores? ¿Qué más argumentos hacen falta para acabar con el desastre de la jubilación forzosa? Hablo, naturalmente, de la jubilación forzosa determinada exclusivamente por la edad.

LA jubilación forzosa, con todos los matices que se quiera, ya no tiene sentido (Luis Rojas Marcos), atenta contra los derechos humanos (Amando de Miguel) y es un disparate (José Maria Aznar). Por supuesto, la sublimación del disparate es la prejubilación forzosa. Y, en cualquier caso, es disparate tomar la edad, antes que las condiciones físicas y mentales, como factor de la perdida de la ocupación, con lo que este suceso supone de marginación social.
Yo no me he jubilado. A mí me han jubilado a la fuerza. Yo quería seguir en activo y, de hecho, he seguido en actividad. Otros esperan la jubilación como un premio. Pero yo quiero seguir trabajando. Me gusta seguir trabajando. Necesito seguir trabajando. ¿Por qué medir a todos por el mismo rasero y no dejar está importante cuestión a la decisión personal? Por supuesto, como dice Laín Entralgo, como dice Lázaro Carreter, como dice el sentido común, mientras que el cuerpo aguante.
La realidad es que, en muchos casos, la jubilación no es un premio sino una condena. Existe efectivamente una gerontofobia, que nos envejece más por discriminación que por circunstancias objetivas. A cambio de algunas distracciones, se nos retira de la circulación. “A falta de una autentica función para la vejez –escribe Juan Pablo II- existe el peligro de considerar como un ideal el tener entretenidos a los viejos”
Sirvan de muestra de aquella desconsideración los datos observados en las últimas elecciones (13 de junio de 1999), en cuyo censo figuraba un 26 por ciento de personas mayores de sesenta años, en tanto que su presencia en las listas quedaba reducida a un 2,8 (elecciones municipales), un 5,7 (elecciones autonómicas) y un 8,6 (elecciones europeas).
No entro, como se ve, en los aspectos más dramáticos de la cuestión, presentes en tantas precariedades, que justifican los trabajos de la Fundación Barrié de la Maza para combatir la soledad de los mayores en su vertiente personal, familiar y social. Quede, como señal, el dato estremecedor de que en el transcurso de las fiestas de fin de año, en Madrid, nueve ancianos murieron solos, de modo natural, en sus casas, y nada se supo de ellos hasta que la preocupación de los vecinos avisó a la Policía.

ESTE complejo de demografía y marginación, por lo que a la situación de los ancianos en España se refiere, fue objeto del último informe del Defensor del Pueblo, Fernando Álvarez de Miranda (1999), que interpelaba a los poderes públicos, no sólo en solicitud de un mayor esfuerzo presupuestario, sino también en demanda de reformas legales, que, en definitiva, propicien un cambio de actitud social sobre la ancianidad.
Naturalmente, el mundo de los ancianos no es homogéneo. Dos grandes estamentos se distinguen a primera vista: el de los que necesitan ayuda y el de los que se valen por sí mismos. Los primeros son estadísticamente aquellos que consumen cuatro veces más sanidad que una persona menor de 65 años. Los segundos, en buena parte, son los jubilados a la fuerza, normalmente
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