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ALAS noticias nos llegan de Argentina todos los días desde hace varios meses: colapso del sistema financiero, desempleo, hambre, desesperación ciudadana. El capital huye, como las ratas del barco que se hunde. El poderoso banco Fleet de Nueva Inglaterra, propietario del Banco de Boston, toda una institución en Buenos Aires, anuncia planes para transferirlo o cerrarlo después de casi cien años de existencia. Los bancos españoles radicados allí plantean recortes y abandonos. El Fondo Monetario Internacional niega préstamos. Sin trabajo ni dinero, muchos exhiben ya sin disimulo su pobreza. Alterando un tanto la letra de “Evita” y parafraseando al Evangelio, cabría decir: no llores por mí, Argentina, llora por tí misma.
No fue bueno para el hermoso país austral el siglo XX. Tuvo un comienzo fulgurante, de notable pujanza económica y florecimiento cultural. Era la Argentina del sol ascendente, la que se codeaba con los grandes, la que celebró Rubén Darío al filo del centenario de la Independencia en su “Canto a La Argentina.” de 1910. Vinieron después, a partir de 1930, conflictos sociales, golpes militares, guerrilleros marxistas, dictaduras, represiones brutales y una guerra tan valiente como inútil, la de las Malvinas. Un ciclón no habría dejado el país más arrasado. No he mencionado el Peronismo cuya función histórica es aún objeto de las opiniones más contrarias y del que habría mucho, bueno y malo, que decir. Su papel fue demasiado importante para reducirlo a la superficialidad de una línea.
LA pregunta anda en boca de todos. ¿Cómo es posible que una nación rica en recursos, con una población mínima en un territorio inmenso, dotada de buenas infraestructuras, con un sistema educativo de alto nivel, no haya alcanzado un grado suficiente de desarrollo, de estabilidad política y bienestar económico? Economistas, historiadores y ensayistas se devanan los sesos buscando respuestas. Hay muchas, cada una, claro, teñida de orientaciones e ideologías específicas. Pero, ¿cuál es la cierta? Esa sí que es cuestión abierta
Simplificando al máximo con la pérdida inevitable de matizaciones, cabe reducir a tres las respuestas: económicas, culturales y antropológicas. Sólo las primeras manejan datos positivos, y estadísticas, presentado cierto carácter científico. Las otras dos no dejan de flotar en el limbo de lo sugerente o de lo posible. Sin embargo, como las repuestas económicas suelen ser de orientación marxista, hoy se las mira con reserva. Se cree que, al fracasar el comunismo, -¿ ha fracasado ? , ¿ y China ? - , el marxismo ha dejado de tener vigencia como doctrina. Las repuestas culturales y antropológicas nos dejan más tranquila la conciencia, al echar la culpa a los propios afectados. Por eso son de más fácil adopción.
Entre los partidarios de las primeras se halla el que fue profesor de la Universidad de Sâo Paulo, Enrique Cardoso, hoy Presidente de Brasil. Su libro “Dependencia y desarrollo en Latinoamérica” [1971] es ya un clásico del tema. Según ellas, el modelo capitalista sólo funciona en el centro del sistema, no en la periferia. Esta queda subordinada a los intereses económicos de aquél, que la mantiene en el subdesarrollo para impedir toda competición, pagar a precio de saldo sus recursos primarios y descapitalizarla.
APLICADA a Argentina, esta teoría deja ver que la llamada época dorada [1880-1930] de aquel país representó una prosperidad ilusoria, amparada por el capital inglés y la exportación de carne barata al mercado británico. Únicos beneficiarios fueron los terratenientes, la oligarquía porteña. La nación en su conjunto siguió ferozmente rural y subdesarrollada, a pesar del esplendor de Buenos Aires y, si se quiere, debido precisamente a Buenos Aires. Remplazado luego el capital inglés por el americano., el intento peronista de autosuficiencia fue oportunamente estrangulado. Eran ya los tiempos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, creados en la Conferencia de Bretton Woods [1944].
Quizá no sea inútil recordar que estas instituciones financieras hermanas tienen como misión garantizar una economía mundial estable, porporcionando préstamos en épocas de crisis. A cambio exigen la aplicación de sus dictados fiscales que en los países pobres representan sacrificios imposibles, sobre todo, entre la población más necesitada. En ellas no rige la democracia, un país un voto, sino la dictadura económica, un dólar un voto. Naturalmente la mayoría la tienen siempre Estados Unidos y sus socios. No se sabe que el Fondo Monetario y el Banco Mundial hayan sacado a nadie de la pobreza por más que presuman de haber construido presas y ferrocarriles.
En este contexto Argentina cometió un grave error en la presidencia Menen, la dolarización del peso. ¿Qué se consiguió con ello? Inversiones que sólo beneficiaron al capital, nacionalizaciones debatibles de las que España sacó provechosos réditos, sueldos de miseria para trabajadores y empleados, pobreza generalizada. En el Buenos Aires de los grandes bancos, los rascacielos y las inmensas avenidas se apiñaban extensas poblaciones de desheredados. Cuando por fin el sistema quebró, el Fondo Monetario volvió las espaldas, las multinacionales se desentendieron. Para entonces el capital, multiplicados sus beneficios, había huido a lugares seguros. Si sólo una mínima parte de ese capital, el de los propios argentinos que lo tienen en Miami, volviera, Argentina sería rica.
LA teoría antropológica, defendida entre otros por Tomas Roberto Fillol en “Factores sociales del desarrollo económico: el caso argentino” [1961], sostiene que el fracaso del país se ha debido a la psicología del argentino. Este tipo de tesis ha gozado de gran favor desde comienzos del siglo XX y a su amparo se han realizado curiosos estudios de modos de ser nacionales. Recuérdese el en su día polémico, hoy olvidado, “Pueblo enfermo” [1909] del boliviano Alcides Arguedas. El argentino, según ellos, es egoísta, insolidario con la comunidad, machista, sólo leal a la familia sanguínea o a la laboral, la del patrón, al tipo de la mafia. Por eso excluye a la mujer de la fuerza de trabajo y la corrupción es rampante.
La teoría cultural es hipótesis favorita del profesor de Harvard Lawrence E. Harrison en “El subdesarrollo es un estado mental” [1985, 2000] y “¿Quién prospera? Cómo los valores culturales moldean el éxito económico y político” [1992, 2001]. Según Harrison, han sido los valores culturales los que impidieron a Argentina crear un régimen político estable y una economía fuerte, a pesar de las favorables condiciones para ello. Entre esos valores están los transmitidos por la colonización española con su catolicismo, autoritarismo, represión, insolidaridad comunitaria y escasa inclinación al trabajo. Si Argentina hubiera sido colonizada por los ingleses, como Australia, país de condiciones parecidas, hoy sería una nación modelo. Esta hipótesis, atractiva inicialmente, está cargada de prejuicios y falsedades. Merece, por lo tanto, un análisis más amplio en un próximo ensayo.
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