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ISAR la calle da para mil historias. Todas ellas muy alejadas del mundo que rodea a Beckham, pese a que Beckham se haya convertido en lo único importante en nuestras vidas. Me cuesta mucho, muchísimo, admirar a alguien que gana 16 millones de euros al año por hacer anuncios, jugar al fútbol, pasear agarrado de la mano de una anoréxica con cara de palo y lucir peinados imposibles. Yo a quienes de verdad admiro es a los empleados de las oficinas del Inem. Les admiró porque manejan un asombroso autocontrol para evitar implicaciones sentimentales con el ciudadano, cuestión ésta que les robaría el sueño tras atender cinco días a la semana, de nueve a dos, a cientos, quizás miles de ciudadanos que, en su mayoría, querrían hacer la cola con una banda negra en los ojos sujeta a las orejas por una gomita. O esto, o entrar en la oficina en plan alcohólicos anónimos: “Me llamo Nieves Concostrina y soy parada”.
He tenido que acudir durante dos días alternos a una de esas oficinas en las que las únicas personas empleadas son las que te atienden. Cuando una entra a una oficina del paro, entra tapándose las vergüenzas. Los que ya están dentro, te miran y piensan: “Otra”. Los que vamos entrando, miramos a los de dentro y pensamos: “Cuántos”. Y cuando todos estamos dentro, nos miramos a ver si averiguamos mirándonos a la cara qué clase de parado es el de enfrente. La pija mira con desprecio al inmigrante; el inmigrante, con desprecio al de la corbata; el de la corbata, con desprecio al joven del “piercing”; el del “piercing”, con desprecio al que está a punto de jubilarse; el casi jubilado, con desprecio a la pija... y yo creía que a mí me miraban todos mientras intentaba averiguar en qué cola colocarme.
A una oficina de paro se entra muy decidida porque traes carrerilla de la calle, pero, metro y medio después de haber cruzado la puerta, te frenas en seco, pones cara de no entender nada y pides auxilio con los ojos, esperando que alguien te pregunte qué necesitas. Como, evidentemente, eso no se produce, buscas frenéticamente los carteles pegados por las paredes por si tu situación está explicada en ellos. El primer día de mi visita yo sólo vi un cartel: “Planta baja: información sobre prestaciones y tramitación de prestaciones. Primera planta: Comunidad de Madrid”. Otro cartel rezaba al lado: “Para tramitaciones, coger número”.
Yo, según entendí, quería información, sólo información, luego no tenía que coger número. Pero como los parados somos muy plastas y no nos fiamos de lo que leemos, pregunté a un ciudadano de una inmensa cola si para información era ahí. Me lo confirmó y comencé a buscar el final de aquella inmensa fila... di la vuelta a una columna... subí escaleras... llegué a otra planta y rematé con mi presencia aquella cola ordenada de humanos. “Pues sí que estamos carentes de información”, pensé. Paciencia. Lo malo es que quien atendía la cola era una funcionaria de perfecto autocontrol mental; sólo una. El resto, seis en concreto, atendía a los de número, muchos de los cuales acababan en nuestra cola por haberse pasado de listos.
Me llegó el turno hora y cuarto después de mi impetuosa entrada.
–Buenos días -dije.
–Hola -me contestó muy autocontrolada la funcionaria para no implicarse con mi problema.
–Vengo a darme de alta y a informarme...
–Eso es en la planta de arriba.
–... y a informarme del paro que me corresponde y cuánto tiempo. Y no me diga que es en la planta de arriba porque de ahí es de donde vengo, porque ahí es donde acaba la cola.
–Para darse de alta es en la planta de arriba.
–Pues en ese cartel pone que arriba es Comunidad de Madrid, y Comunidad de Madrid no es sinónimo de darse de alta en el paro. Además, necesito información sobre el paro que me corresponde, aunque no creo que lo vaya a pedir.
–Esa información no se la podemos dar.
– ¿En información no me pueden dar información?
–Sólo si pide la prestación.., si no la pide, no.
–Oiga, buena mujer, esa información es de mi propiedad, y usted no me la puede hurtar. Son datos que me atañen a mí; datos que no existirían si no existiera yo; son mis datos. Usted los tiene y yo no. ¡Y los quiero!
–Sólo le podemos decir cómo calcularlos.
–Es que soy de Letras.
–Tiene que calcular el setenta por ciento de lo cotizado sobre la media de lo percibido en los últimos 180 días...
–Es que soy de Letras.
– ¿Tiene usted hijos?
–Ni uno.
–Pues entonces ese setenta por ciento extraído de la media de los 180 últimos días trabajados no puede ser superior a 894 euros con 87 céntimos.
–Perdone que insista, pero es que soy de Letras. El cálculo ese, ¿es del neto o del bruto?
–Del bruto.
–Y ya que llevo una hora y cuarto de cola, que soy de Letras, que tengo todos los papeles y que usted tiene una calculadora ahí, justo al lado de su mano derecha, ¿no me podría hacer esa sencilla cuentecita para que yo saliera de aquí orgullosa de estar perfectamente informada?
–Para eso tiene que solicitar la prestación, y para solicitar la prestación tiene que coger número. Pero antes tiene que darse de alta en la planta de arriba.
–Ya. Pues como soy de Letras, si quiere les hago un cartel que explique que donde dice “Comunidad de Madrid” quiere decir en realidad “darse de alta en el paro”, que en información no dan información, y que hay que coger número para solicitar la prestación aunque una sólo quiera información de cuánta prestación le corresponde. Adiós buenos días, señora mía.
Subí a la planta de arriba, me di de alta en el paro y topé, afortunadamente, con un funcionario que no había aprovechado los cursillos de autocontrol. Tras mirar mis datos en el ordenador, dijo:
–Periodista, ¿no?
–Qué se le va a hacer -contesté a modo de disculpa.
–Pues está jodida la cosa. Aquí no suelen llegar ofertas para periodistas.
–No me extraña, somos absolutamente prescindibles. Y prepárese, porque van a llegar en masa de Antena 3.
–Pobres... en fin. ¿Va a solicitar prestación?
–Yo ya no sé lo que quiero hacer.
– ¿Le han explicado abajo la documentación que debe preparar?
–Abajo sólo me han dicho que a mí no me importa lo que tendría que cobrar y que suba a darme de alta aquí.
Arqueó las cejas y movió la cabeza levemente de un lado a otro. Ese gesto de complicidad y un “suerte” en su despedida fue suficiente para reconciliarme con la masa funcionarial.
Volví dos días después a la misma oficina para, erre que erre, seguir buscando información. Estoy segura de que lo que me encontré no tiene nada que ver con mi cabreo, porque, me consta, muchas más personas se quejaron de lo mismo que yo.
El caso es que, pegados en las paredes y sobre los mostradores, había infinidad de carteles.
“Planta de arriba: alta en desempleo, bajas, sellado de tarjetas, información sobre contratos, subvenciones, Comunidad de Madrid”.
“Planta de abajo: información sobre prestaciones y entrega de documentación para su solicitud. Recogida de número para solicitud de prestaciones”.
“No se puede recoger número sin haber pasado previamente por información”
“La documentación se da en información”
“Información, aquí. Sin número”.
“Trámites de prestación, aquí. Coja número”.
Tal bombardeo de información y tanta organización me abrumó de tal forma que salí a tomarme un vino al bar de enfrente, y sólo tuve un pensamiento: ¡Quién fuera Beckham!
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