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ESDE que el sumo sacerdote, Caifás, escenificase ante el sanedrín de Jerusalén el modelo farisaico de denuncia verbal sin aportación fehaciente de pruebas, el rasgamiento de vestiduras cobró carta de naturaleza para la definición de la hipocresía y la Humanidad ha contemplado en sucesivas entregas los intentos desesperados de quienes, a falta de mejores argumentos de peso, se enrocan bajo los pliegues dialécticos de compulsión unidireccional para la demostración de sus prejuicios. Recuérdese, por ejemplo, aquella sesión del Congreso de Diputados, cuando el ilustre portavoz de la mayoría socialista, D. Juan Hernández Moltó, se dirigió al compareciente, D. Mariano Rubio, para afearle su falta de escrúpulos a la hora de incurrir en las perniciosas prácticas del “pelotazo” y romper, así, la confianza depositada por la familia con una frase que se hizo proverbial en los anales de la indecencia política: “Míreme a los ojos, señor Rubio”. Pero los ojos de los atónitos espectadores de la televisión pública fueron los que tuvieron que restregarse con insistencia para poder dar crédito a tan maniquea acusación, dado que su caso no era un borrón excepcional en los “cien años de honradez” sino que se convertía en fidedigno ejemplo de que el poder corrompe siempre; pero, sobre todo, a quienes más alardean de virginidad: “Dime de lo que presumes, etc. etc.”.
Porque, como es bien sabido, no fue el único asunto en el que los socialistas se tuvieron que emplear a fondo para achicar el fango de las cloacas que llegó a alcanzar la planta noble de sus sedes: desde Filesa a Time export, desde Ibercorp a los terrenos de RENFE, desde los fondos de Interior a los casos Roldan, Salanueva o García Valverde. Todo ello, mas las andanzas del hermano del vicepresidente, las hazañas bélicas de Vera y Barrionuevo, los pingües exabruptos de Corcuera o las inolvidables descargas exculpatorias del “nomber one” –también conocido como “Pte”-- vino a configurar un cuadro deprimente de fechorías que los electores supieron valorar en sus justos términos para acabar con aquella mayoría de progreso, capaz de hacer irreconocible a España incluso por la madre que la parió, en expresión escatológica de don Alfonso Guerra.
Y, ahora, volvemos a las andadas. De poco ha valido la “regeneración ética” proclamada dogmáticamente por la escudería de Ferraz y de poco ha servido el insustituible papel disuasorio empleado por el clan de Gobelas sobre el pivote indispensable de la Cadena Prisa. Pero los hechos son tozudos y la realidad, ineluctable; por ello es tan “ostentórea” –valga el retruécano de Gil y Gil-- la irritación de los presuntos vencedores y por eso es tan descomunal su empeño de retorcer los argumentos jurídicos en formulaciones interpretativas a cuál más inconsistente. Lo fue su análisis sobre las repercusiones de la huelga general, el desastre del “Prestige” o la guerra de Irak en la opinión pública para suponer que las notorias deficiencias de gestión empleadas por el gobierno del PP en los citados desastres iban a ser determinantes en su derrota electoral. Lo es su exigente presunción de que, en aras del principio de “pluralidad de la izquierda” y dentro del patrón doctrinario del sistema proporcional para el escrutinio a pie de urna, puede resolverse con aplicación del sistema mayoritario cuando se trata de acceder al gobierno de las instituciones. Y lo ha sido su pretensión de recuperar las actas de los “traidores” Tamayo y Sáenz, sin ajustar su estrategia a la conveniencia probatoria que exige el Estado de Derecho: presunción de inocencia en cualquier acusado, derecho a ser oído en legítima defensa antes de extender veredicto de culpabilidad y respeto a las decisiones de los tribunales como única instancia dirimente en los pleitos.
Quedan por dilucidar, cuando se escriben estas líneas, las repercusiones del “affaire” en las implicaciones reales de la corrupción inmobiliaria sobre los clanes, familias, sectores tendencias de las organizaciones políticas madrileñas, seguramente más opacas de lo que hace suponer su atractivo informativo de estos días. Y queda por dilucidar cual sea el resultado último para el gobierno de la institución, tan peligrosamente inestable en los actuales momentos. Porque si la anunciada comisión de encuesta para depurar responsabilidades se enreda en el fuego cruzado de acusaciones actuales, servirá de poco en la necesaria clarificación del panorama realmente existente y, menos aún, para esclarecer otras corruptelas fácilmente detectables en diversos sectores de la actividad económica, laboral, cultural o societaria. Por ejemplo, el extraordinario despliegue asistencial del gremio del espectáculo durante la campaña, que llegó al esperpento de impedir el uso de la palabra en el Círculo de Bellas Artes al candidato de Los Verdes, José María Mendiluce, bajo el peregrino argumento de que distorsionaba la utilidad del voto “a sinistra”, ¿se puede explicar en términos de pureza ideológica exclusivamente, o hay que situarla en el muy humano terreno de su valor crematístico por la vía consustancial de las subvenciones?
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