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ASTA hace décadas, las dictaduras se imponían por la fuerza de las armas, pero, ahora, los modernos dictadores los “paren” las urnas. Son escogidos por sufragio, pero sus actuaciones, ejercidas bajo el paraguas de la democracia, y amparadas de manera formal en la voluntad libremente expresada de los ciudadanos, siguen siendo dictatoriales.
No es un contrasentido, ni un imposible, sino una realidad. Todo comenzó con la decisión del Presidente Jimmy Carter, en la segunda mitad de los años setenta, de cambiar de rumbo la política exterior de la Casa Blanca. Para ello presionó a los dictadores que, con ayuda generalmente de los propios Estados Unidos, habían tomado el poder en varias partes del mundo, especialmente en Iberoamérica, y, ante esa presión, los amantes de poder absoluto simularon ceder, pero sin cambiar las estructuras autocráticas de sus regímenes y, más tarde, buscaron formas aparentemente democráticas para llegar a gobernar.
Carter, aunque era y sigue siendo un ingenuo, - hasta donde se puede ser candoroso en política -, luchó con todas las armas a su alcance para acabar con los regímenes, casi todos militares, donde las persecuciones y la desaparición de los disidentes, así como las torturas y los secuestros, en suma, la violación de los derechos humanos, estaban al orden del día. Y, como es costumbre de los gobernantes norteamericanos, su principal instrumento de presión fue la suspensión automática de toda clase de ayuda, comenzando por la militar, a esos países. Los efectos no se hicieron esperar.
“Por dinero baila el can”, comentó sentenciosamente, mi tío, el del pueblo, a quien, además de que le encantan los refranes, le preocupa mucho la indefensión en la que se encuentran los ciudadanos, sobre todo los de a pie, en numerosas naciones del planeta, y no digamos en Iberoamérica donde la justicia selectiva se aplica sin cortapisas al pueblo llano, y sólo por venganza o rivalidad, a la burguesía, que es el equivalente de la aristocracia en esos países.
LA EPIDEMIA
Lo cierto es que a partir de ese momento, los regímenes militares, que en ese entonces eran la forma de gobierno de la mayoría de los pueblos iberoamericanos, fueron cayendo poco a poco y se sustituyeron por formas democráticas de llegar al poder. Pero esas democracias incipientes, nacidas no tanto por presión popular como por la imposición de los EE.UU, dejaron en pie, como dijimos, unas estructuras, no ya sólo deficientes, sino con graves fallos en su contextura moral. Las consecuencias de esa coexistencia de soportes autoritarios con formas democráticas simuladas fueron, y son aún: políticas inestables en muchos de esos países, y el nacimiento de sistemas corruptos o administraciones y líderes con irrefrenables impulsos de enriquecimiento rápido, amén de reiterados abusos de poder.
Eso, que fue frecuente en muchas naciones de Africa y Asia, en América Latina se convirtió casi en una epidemia. Y el panorama, a estas alturas, ha llegado a ser desolador. La corrupción, la falta de justicia, los abusos sociales, los numerosos escándalos, los más con la figura presidencial como personaje principal, y gobiernos autocráticos de espaldas a las necesidades de los pueblos, han creado, hoy por hoy, una grave y preocupante situación política y económica en muchos países iberoamericanos. Además de Cuba, el obligado paradigma de dictadura latinoamericana, (surgida de un movimiento popular, levemente semejante, - salvadas las distancias -, a la Revolución Francesa, cuyo parecido, si realmente lo tuvo, se esfumó rápidamente), hoy en día, numerosos países iberoamericanos han pasado por el yugo de dirigentes que, desde estructuras engañosamente democráticas, han esquilmado al pueblo, sin misericordia, ni pudor. Habría que citar, entre ellos, a la Nicaragua de los sandinistas, y de Alemán, así como a la Argentina de Menem, la Venezuela de Hugo Chávez, la Guatemala de Portillo, (a cuya sombra y desde la trastienda, gobierna Ríos Montt ), el Perú de Alan García o del último tiempo de Fujimori, o el México del PRI , y un demasiado, y nada deseable, largo etcétera.
De entre todos, la preocupación prioritaria de Washington es Venezuela. Desde que el coronel golpista, Hugo Chavez, ganó democráticamente las elecciones, con un apoyo rayano en la aclamación popular, la situación se ha deteriorado tanto, y el autoritarismo ha emergido tan descarnado, que en su fuero interno, ya nadie duda que el chavismo alcanzó por la vía de la democracia, lo que no pudo lograr con las armas, pero con igual propósito. Ese es el fruto de la desesperanza de un pueblo defraudado a través del tiempo por políticos y partidos que jamás dieron respuesta a sus necesidades. “Por eso se agarraron al “clavo ardiendo” que representaba Chávez “, sentenció mi tío, el del pueblo.
LA PREOCUPACIÓN DE WASHINGTON
Todo esto es lo que preocupa al gobierno de los Estados Unidos, y hasta tal punto, que el embajador especial de EE.UU para América Latina, el cubano-americano Otto Reich, en su gira por España, Italia y Francia para coordinar y estrechar la alianza atlántica, hará una primera parada en Caracas.
Y es que la explosiva situación de Venezuela exige atención especial, según el criterio de Washington, donde existe el deseo de que la Unión Europea se tome más en serio la importancia del Grupo de Países Amigos, una idea de Lula de Lara que, en la práctica, se ha convertido en un conjunto simpatizante de Chávez y de su proyecto de gobierno. Se les podría llamar, en realidad, los Amigos de Hugo, y Bush y su equipo desearían darle al Grupo, un mayor carácter y peso específico invitando a formar parte como mediadores a expresidentes como Ernesto Zedillo o Felipe González. A este respecto son muchos los analistas que creen que la incorporación de este último no añadiría equilibrio, por el contrario, su resultado sería vigorizar, aún más, la afinidad del Grupo a Chávez y a su Revolución Bolivariana.
La alarma del Departamento de Estado norteamericano, está justificada. La popularidad del coronel golpista está por los suelos, y tras su derrocamiento y el casi inmediato, regreso a su cargo presidencial, - en una inesperada reacción popular de acatamiento del orden institucional, que por mas esfuerzos que hagan nunca podría parecer espontánea -, su posición es cada vez más férrea y dictatorial. Los enfrentamientos con los disconformes, que principalmente son integrantes de la burguesía, la acción violenta de los Grupos Bolivarianos, (milicias populares de chavistas, calcadas del régimen cubano y dirigidas desde el poder), las detenciones y la represión, cada día más generalizada, configuran una situación insostenible, sobre todo desde que la economía del país, se deteriora continuamente, y los recursos del gobierno - que fundamentalmente han provenido del petróleo - disminuyen a ritmo acelerado
Los politólogos coinciden en que Chávez, que se siente muy amenazado, en cualquier momento, y aprovechando alguna oportunidad, por fútil que sea, decidirá recurrir a los militares, declarar el estado de excepción y cerrar los medios de comunicación, tras suspender las garantías constitucionales. Todo con tal de no que no se celebre el referéndum que, con toda seguridad, acabará con su mandato.
Si Dios no lo remedia, Venezuela está abocada a convertirse en un país hermano de Cuba, como pudiera ser el camino de otro par de países iberoamericanos, con regímenes populistas, en caso de que la crisis de sus economías se agraven lo suficiente.
Nadie puede echarse las manos a la cabeza por ninguna de estas posibilidades, especialmente por el problema de Venezuela. La cuestión estaba clara desde el principio del proceso electoral: El venezolano era un pueblo decepcionado, abatido y falto de aliento, que en busca de la esperanza iba a entregar el poder - como así fue - a un tigre carnicero. “Y todos sabemos - comentó mi tío, el del pueblo, a quien, como dije antes, le encantan los ref
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