N
O es precisamente nada nuevo, al comparar el adelanto de Europa occidental y Estados Unidos con el atraso del mundo hispano, sostener que aquél se debe al Protestantismo, la actitud ante la ciencia y las libertades políticas; éste, al Catolicismo, la Inquisición y el desprecio por la investigación. Tales ideas han sido moneda común desde el siglo XVIII en trabajos históricos, ensayos y clases donde se han repetido hasta la saciedad las bondades de la colonización inglesa y el fracaso de la española. Ningún investigador serio podría operar hoy con tales estereotipos tras los muchos datos objetivos aportados en contra. Pero clichés como éste, acuñado en el ardor de la propaganda más combativa, son de difícil desarraigo.
No extraña, pues, que la tesis fuera utilizada una vez más hace unos años por el profesor de Harvard Lawrence E. Harrison en “El subdesarrollo es un estado mental” [1985] para tratar de explicar por qué los países hispanos no logran salir del atraso, según adelanté en “Llorando por Argentina”. Volvió al tema en “¿Quién prospera? Cómo los valores culturales moldean el éxito económico y político’ [1992], ampliando el marco a China y Japón. Sus ideas ganaron algunos adeptos entre los especialistas del tema. Reeditados no hace mucho, ambos libros ocuparon las páginas periodísticas ante la posibilidad de guerras culturales, de enfrentamientos entre concepciones opuestas de civilización, más claro, entre árabes y occidentales.
No creo que la intención del profesor Harrison fuera apuntar la posibilidad de esos enfrentamientos que ni siquiera menciona. En cierto modo hasta resultan inconcebibles dentro de su pensamiento, dada la enorme superioridad que supone a los norteamericanos. ¿Quién se va a atrever con ellos? Lo que prentendía era dejar bien establecida su idea de que el subdesarrollo es resultado de condicionamientos culturales, de los cuales los únicos responsables son los mismos involucrados. Para ello establece una serie de proposiciones que expondremos brevemente.
UNA sociedad desarrollada, - afirma - se caracteriza por su oposición al autoritarismo, el pluralismo, la crítica abierta, el fomento de la investigación, el amor al trabajo, un código ético riguroso sin corrupción, el estímulo del ahorro, el respeto a los beneficios del capital, la participación cívica o sentido comunitario. Éste es el modelo del Capitalismo, sistema originado en las enseñanzas de la Reforma protestante y puesto en práctica por Inglaterra y sus colonias, sobre todo Estados Unidos. Su resultado es el progreso. Donde no se lo sigue, no se progresa. Tal ocurre en la América Hispana, condicionada por valores coloniales católicos que han propiciado regímenes absolutistas, desinterés en los bienes materiales, inmovilismo, burocracias corruptas y haraganería.
No queda más remedio que aceptar por evidente que, en efecto, la riqueza y el progreso sólo anidan en el mundo capitalista. Sus sociedades son las únicas que garantizan a sus individuos un alto y extenso grado de bienestar y libertad. Los que se integran en él prosperan. Ese ha sido el caso de los últimos llegados, Japón y España. Aquél tras la segunda guerra, ésta tras la muerte de Franco, renegaron de sus estructuras mentales arcaicas y se convirtieron a la nueva fe, dando lugar a un milagro económico inesperado. Por no haberlo hecho siguen en el subdesarrollo Argentina, Brasil y una larga, larguísima lista de naciones tercermundistas.
HASTA aquí la argumentación parece irreprochable y los hechos, irrebatibles. Pero apenas se profundiza un poco o se analizan otros datos, nos asaltan dudas sobre la validez de la explicación. No mencionaré ciertos supuestos racistas deslizados aquí y allí. Aceptaré como comprensible una clara arrogancia típicamente anglosajona que declara sus valores culturales superiores a los demás. Al fin y al cabo, en el paso de la Historia, este es su tiempo, el de su esplendor y poderío. No es para menos que para sentirse orgulloso de los logros. Pero lo grave es que esa actitud lleve a menospreciar otros modelos, enfatizando solamente lo negativo de los mismos y tratando de valorarlos con sus propias medidas. Es francamente parcial reducir la cultura hispana a un producto del Catolicismo y considerarla incapaz de crear códigos éticos, predicar el trabajo o lograr éxitos materiales. Juzgarla por principios que no fueron los suyos no es método válido. Cada cultura, como postuló August Schlegel, es única y debe ser encarada en sí misma, en las circunstancias sociales que la determinaron. Por lo demás para muchos la idea de progreso no es precisamente la anglosajona del bienestar material.
Mayor perplejidad produce, sin embargo, querer presentar la imagen del Capitalismo protestante anglosajón solamente en su vertiente honrada, la del trabajo, el servicio dominical y el puritanismo. Como si no hubiera otra, que todos conocemos, la que se basa en la darwiniana lucha por la vida y sobrevivencia de los aptos. Al amparo de su bandera fueron eliminados los indígenas de lo que hoy son los Estados Unidos, se dominó por la fuerza bruta a la India y parte de África, se intentó conquistar Argentina, se ha atacado sin piedad recientemente a naciones indefensas, se ha practicado el más indignante racismo. Fue en su nombre como el mundo ha sido dividido en ricos y pobres sin posibilidad de romper la frontera. Habría que preguntarse: ¿es el desarrollo capitalista el producto de unos valores culturales honestos o el de una rapiña disfrazada de moralidad?
Con el Capitalismo en absoluto vencedor, hoy es arriesgado responder otra cosa que no sea la alabanza. Hace unos años aún les quedaba a los ingenuos la ilusión comunista a pesar de las represiones estalinistas y chinas. Hoy no hay alternativas sino en el mundo de la utopía donde todavía cabe soñar sociedades iguales, desarrolladas a la par, sin explotadores y explotados, justas. Ante la situación no sería descabellado que los países subdesarrollados hicieran una reflexión seria sobre su futuro y, en vez de esperar un maná que nunca les llegará o dejarse engañar por prédicas académicas, empezaran a programar honestamente su desarrollo modesto y continuado. El hispano, contra lo que piensan ciertos amigos de estereotipos, ama el trabajo y la propiedad, tiene una ética sana, quiere ver mejorar a su patria y sabe distinguir en su religión lo bueno y lo malo.