L
ULA da Silva, presidente democrático de Brasil, ha pasado por España para dejar clara su apuesta por la erradicación del hambre en su país y en el mundo, después de haber asistido en Londres a la conferencia auspiciada por Tony Blair para el entendimiento de los dirigentes socialdemócratas ante los retos del milenio. Sus entrevistas con el gobierno y con la oposición (IU inclusive) han servido para reafirmar un modelo de desarrollo sostenible que no pasa por la confrontación con los poderes económicos, sino que precisa de la colaboración con el mercado y, por lo tanto, como cooperador necesario de USA y la Unión Europea para, a través de un comercio internacional equilibrado, poder emprender la lucha contra la pobreza que asuela a más de tres cuartas partes de la Humanidad.
Distantes quedan aquellos tiempos de la conferencia de Jartum, cuando los países en vías de desarrollo quisieron establecer nuevos horizontes de progreso mediante el movimiento de los “neutrales” frente a los dos poderes fácticos imperantes: Estados Unidos y Rusia; pero cuyos resultados más visibles reforzaron el antogonismo de los bloques y cayeron en la “enfermedad infantil” de la “revolución institucional permanente” para la implantación del modelo. Desaparecidos Nasser, el Pandith Nehru y Sukarno (que pudieron canalizar aquella esperanzadora “tercera vía” de los no-alineados) el resto de los concurrentes a Jartum se fueron deslizando por los derroteros de la confrontación anti-capitalista, para dar al traste con unos postulados que, hoy, sólo se atreven a defender Fidel Castro y Gaspar Llamazares y que perdieron su razón de ser al poco tiempo de ser suscritos. Luego vendría la “Trilateral” de La Habana y la exportación de la “guerrilla” como eje de lucha frente al imperialismo para terminar acreditando su dependencia y “alineamiento” con la Rusia soviética, como único timonel de su sectarismo iluminista, definitivamente colapsado con la caída del muro, del que –por cierto-- Castro y Llamazares parecen no haberse enterado todavía.
Aunque no sólo ellos, ciertamente: todo el movimiento anti-globalización que se presenta periódicamente ante los foros internacionales para mostrar su irritación con las desigualdades existentes a base de quemar banderas americanas, romper el mobiliario urbano, destrozar parques y jardines, enarbolar la hoz y el martillo y enaltecer la iconografía del “che” Guevara, parece injertado con los viejos y periclitados esquemas de la “guerra fría”. Pero su inutilidad es manifiesta y su repercusión, salvo en los “media” occidentales aquejados de tales muestras de irracionalidad, no pasa de ser un sobresalto intempestivo en el rigor exigible para enfrentar los problemas. Por eso es tanto más de agradecer que Lula da Silva no se deje llevar por tales tópicos y ofrezca unos proyectos más sólidos a la hora de encarar las dificultades no pequeñas de la equidad, la solidaridad y la lucha contra la pobreza.
Y, por ello también, resulta más sorprendente advertir el clamoroso silencio de la izquierda española ante esta nueva confluencia de la neutralidad y su deliberada ausencia –demasiado ostensible-- de las jornadas de Londres. Si Rodríguez Zapatero y González Márquez consideran procedente no conceder ninguna baza a sus correligionarios Blair y Schöder por su interpretación oportunista de las “terceras vías”, prestaran un flaco servicio a sus propias posiciones ideológicas ante la obligada mundialización de la economía, por mucho que pese en su análisis el papel estelar de Estados Unidos al frente de la renovación. No parece que puedan sacar mayores beneficios electorales bajo el prisma categórico de enfrentarse a la derecha por su alineamiento con los poderes fácticos, cuando su gestión gubernamental estuvo presidida por esa misma dependencia. Y no parece de recibo mantener el banderín de enganche del neutralismo anti-bélico como referente de sus proyectos, cuando los pueblos del norte y del sur, del este y del oeste, marchan perfectamente sincronizados en la garantía de los mercados como exponente de libertad, por encima de soflamas, pancartas y eslóganes que sólo pueden rendir culto de pervivencia en los “graffitis” urbanos del presente siglo.
|