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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 90
Semana del 21/11/2003
Dios nos libre
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Nieves Concostrina
Y A sabe el lector habitual que yo huyo de las religiones como de la peste; sean del signo que sean y proclamen lo que proclamen. Pero no puedo evitar que me den miedo. En nombre de las religiones se atenta, se asesina, se humilla y se violan leyes terrenales apelando a otras sólo supuestamente divinas. La bondad y el amor por el de enfrente no van implícitos en la creencia y la fe, sino en la conciencia individual por respetar y no dañar al vecino de enfrente. No voy a entrar en el detalle de cuestiones de sobra conocidas, pero ahí están los fanáticos islámicos del siglo XXI o los católicos de los siglos XV y XVI. Todos sabemos cómo actúan o actuaron y de lo que son capaces en nombre de sus dioses.
Viene todo esto al caso de lo que he leído del teólogo Juan José Tamayo, creyente y católico practicante a quien la Santa Sede ya ha advertido dos veces por decir cosas que no apetece oír. No deja de ser paradójico que los teólogos hayan tenido que organizar uno de sus congresos en una sede de Comisiones Obreras, porque la Iglesia les ha prohibido que se reúnan a hablar. Juan José Tamayo ha dicho que la jerarquía de la Iglesia Católica vulnera varios derechos humanos: el derecho de asociación, cuando no reconoce a la Asociación de Teólogos Juan XXIII; el de reunión, cuando no deja celebrar actividades de personas creyentes en los templos; de expresión, cuando no deja a hablar a personas críticas con la jerarquía; de imprenta, cuando no permite que se editen libros sin el imprimátur (autorización de la autoridad eclesiástica); de cátedra, cuando existen en todos el mundo 500 teólogos que tienen limitada su enseñanza; y de conciencia, cuando se obliga a formular dogmas de una determinada manera.
Y algo de razón debe de tener cuando asegura que “España sigue gobernada por la Triple Alianza: Gobierno, Opus y Conferencia Episcopal”, sin olvidarnos de los discretos y activos Legionarios de Cristo. No les pierdan de vista.
Parece que no hay nada que hacer contra las ilegalidades y amoralidades cometidas por algunos miembros de la Iglesia en España, porque sus leyes son divinas y no se someten a las del resto de los mortales. Con igual impunidad pueden comprar casi a escondidas, con el consentimiento del PP, un colegio público para convertirlo de la noche a la mañana en uno religioso (sin contar, por supuesto, con los padres de los niños), como en invadir terrenos que no les pertenecen para construir lo que les dé la gana.
Esto último ha ocurrido en un pueblecito de Huesca, en Villanueva de Sijena, donde un grupo al que no voy a denominar monjitas, porque de apelativo cariñoso tienen muy poco, ha decidido que quien allí manda no es el Ayuntamiento, ni el Gobierno Regional de Aragón, ni la Ley, ni nada. Allí mandan ellas en nombre de Dios.
Quieren las señoras, no sólo impedir la entrada al monasterio a todo el mundo, pese a que está declarado monumento protegido y está dentro de la ruta turística, sino que quieren ampliar las instalaciones sin permisos legales y a su aire. Como los terrenos junto al monasterio no les pertenecen, han ido por las bravas, han traído monjas de otros lugares y se están instalando en caravanas rodeadas de muros prefabricados, ocupando los terrenos para presionar al alcalde. Y no sólo esto: se están empadronando de forma masiva para provocar un cambio en la Alcaldía.
Lo que más me alarma del caso es la supuesta relación de estas señoras con otra orden que pulula por algunos puntos de España con prácticas sectarias. Ya se ha hablado de las monjas de Oropesa (Toledo), conocidas por las formas de captación de nuevas vocaciones. Voluntades anuladas, diría yo.
Las jóvenes, cuando son menores, comienzan acudiendo a catequesis y ejercicios espirituales con la prohibición de decir a los padres de lo que se habla en las reuniones (¿Honrarás a tu padre y a tu madre?). El mismo día en el que cumplen 18 años, sencillamente, desaparecen, y sólo dos o tres días después ya están dentro de un convento, a muchos kilómetros de su pueblo y jurando que lo hacen voluntariamente. La sorpresa de las familias, como se pueden imaginar, es de órdago, pero contra la mayoría de edad no se puede hacer nada. Es entonces cuando descubren que las hijas les han estado mintiendo durante tres o cuatro años.
Diez o doce familias de estas chicas, familias católicas todas, llevan años de lucha por sacar a sus hijas de un lugar donde, aseguran, carecen de voluntad: tienen prohibido saber lo que pasa en el exterior, apenas comen, no pueden usar agua caliente, practican el castigo corporal, duermen en el suelo, oyen permanentemente (al estilo del Gran Hermano de Orwell) cintas grabadas con la voz del fundador, algunas están anoréxicas, no pueden probar el azúcar, tienen prohibido visitar a los padres enfermos o cuando mueren... Aunque, respecto a este último detalle, no se pierdan un dato: cuando hace tres años el fundador de la orden instalada en Oropesa sufrió un grave accidente de tráfico cuando iba a visitar el convento de sus servidoras, cuatro o cinco monjas fueron destinadas al hospital para que al señor no le faltara de nada.
¿Es que no se puede servir a Dios sin que se te vaya la cabeza? ¿O es que con la cabeza en su sitio no sirve servir a Dios? ¿Tienen algo que decir los verdaderos católicos contra quienes desprestigian su religión? ¿O tienen la obligación de mirar hacia otro lado? ¿Es por ello que un tipo con el prestigio y la sabiduría del teólogo Juan José Tamayo tiene que ser acallado?
No creo que ser islámico, budista, católico o evangelista signifique imitar a los tres monos sabios: ciegos, mudos y sordos. Dios nos libre de perder el raciocinio, de imponer el amor a látigo, de destrozarnos la convivencia humana en nombre del cielo...
Dios nos libre, porque Dios debe de ser mejor que todo eso.

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