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NA gallega de Pontevedra me ha dicho hoy (el 1 de agosto más caluroso de los últimos cincuenta años, según las estadísticas) que entendía por qué los del sur no podemos trabajar en verano. Hasta me he sonreído. Para qué iba a llorar al comprobar, una vez más, cómo los tópicos siguen amordazando nuestras ilusiones de ser en vez de estar.
He preferido contarle, sobre la marcha, el cuento de la higuera. Ya saben, ese árbol que surgió de la tierra para darnos cobijo a los andaluces mientras holgazaneamos en el estío.
Le he relatado cómo el primer andaluz andaba por el campo con un botijo lleno de agua fresquita que nunca se calentaba porque una lombriz le había revelado el secreto para tal fin. Entre un caballón y un cornijal, el andaluz se encontró con otro hombre sediento que, tras probar el agua, le convenció para que le contara el secreto del botijo. El andaluz se lo contó y le entregó el botijo en prueba de amistad, pero antes le pidió que mirara al sol y estornudara. El otro hombre lo hizo y se fue feliz con su agüita fresca y, con su estornudo, nació una higuera que dio cobijo al andaluz para cavar el suelo en busca de agua fresquita y barro para hacer otro botijo y seguir andando su camino.
Por esto, le dije a la gallega de Pontevedra, la mayoría de las ramblas andaluzas están llenas de higueras. Para reposar y poder trabajar. Para crear botijos y llenarlos de agua fresquita. Para entregarlos a otros y que se la lleven a otros lugares.
Creo que no me ha entendido bien, porque a continuación me ha dicho que el año pasado estuvo por allí de vacaciones y que hacía mucho viento.
Iba a comenzar con el cuento del viento, cuando un andaluz que iba por el campo con un abanico…….