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ERCA de mi pueblo hay otro que, para dar una idea de lo que es, se llama Barranquete. En realidad, ni el mío ni Barranquete alcanzan oficialmente ese calificativo de pueblo, ya que son núcleos urbanos dependientes de otro mayor. Pero les llamamos así.
Cuando en el mío no había electricidad ni agua corriente, el alcalde pedáneo de Barranquete, que sí tenía, decidió que aquel lugar se merecía tener un nombre que delimitara su territorio. Una buena noche cogió el cubo, la brocha y la cal y pintó de blanco una gran piedra que había a la entrada del lugar. “Barranquete, Ciudad sin Ley”, escribió cuando se secó la cal con la pintura más negra que encontró.
Como por allí pasaba poca gente, la piedra blanca estuvo durante varios meses con aquella inscripción. Algunos llegaron a pensar que se la habían dejado olvidada después de desmontar algún escenario de películas que entonces se rodaban por aquellas tierras.
El alcalde del pueblo grande llamó un día a capítulo a su delegado en Barranquete y le conminó a que quitara la piedra de la entrada del pueblo o que la pintara entera de blanco para que desapareciera aquello de “Ciudad sin Ley”.
Aquel hombre llegó a un acuerdo con su alcalde y al día siguiente la piedra estaba en el mismo sitio pero con una inscripción diferente: “Barranquete City”. Así permaneció varios años, hasta que la Diputación Provincial de Almería decidió señalizar todos los núcleos urbanos.
He recordado este sucedido mientras intento analizar los hechos de Marbella, porque treinta años después parece que en este país seguimos poniendo los letreros cómo y dónde nos viene en gana.
Esta semana me han contado una extraña operación política que se desarrollaba en Marbella y que la moción de censura ha desbaratado, por ahora. La cosa era que, durante los tres próximos años, Julián Muñoz se iba a ir acercando progresivamente al Partido Popular para ser absorbido poco antes de las próximas elecciones, tal como hizo el PSOE con Cristina Almeida y su grupo en Madrid. Si hay alguien que pueda dudar de esto que escribo, me dicen que pregunten en los ambientes políticos por una marca ya inscrita como “Marbella Excelente”. Como hace 30 años, otra piedra que iba a cambiar sólo de inscripción. A lo mejor por esto Javier Arenas ha pasado de puntillas y sin hacer ruido por este conflicto. Tampoco entiendo del todo al PSOE, que parece que quiera convencernos de que con tres expulsiones ha cumplido su papel.
Me hacen notar, por otra parte, que gracias a la Pantoja, Gil y Julián Muñoz la crisis de la Asamblea de Madrid se va diluyendo poco a poco en el estío veraniego y que para septiembre, aunque haya que cortar algunas cabezas, habrá piedras nuevas y blanqueadas también en Madrid.