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N Mallorca, uno de los consejeros editoriales del único diario que publica un día sí y otro también las soflamas más puras del independentismo balear, léase del dependentismo absoluto y radical de lo que se dio en llamar “Països Catalans”, ha escrito un artículo en el que implica a mi viejo y querido amigo Salvador Távora y le acusa, al tiempo que le lame el culo miserablemente, reconociendo que es muy sensible y muy inteligente, de ser el típico español que se ha creído que Cataluña forma parte de España y que en España todos tenemos o debemos tener un único pensamiento y, por consiguiente, si en España se le permite matar un novillo en su espectáculo “Carmen”, en Cataluña no hay razón ninguna para que se le prohiba. Así, pues, el principal editorialista del diario mallorquín de los “catalibanes” concluye su artículo, ahí es nada, diciendo que Salvador Távora le recuerda a los etarras de Batasuna del otro día en San Sebastián y que se ha perdido toda esperanza de solución, por culpa de España, en Euskadi. Ni siquiera vale la pena traducir aquí el párrafo en que lo dice. Está más claro que el agua, en catalán y dice así, literalmente: “Al seu parer, - dice refiriéndose a Távora - Catalunya, és una part d'Espanya. I a l'Espanya de Távora tots els ciutadans pensen igual i comparteixen els mateixos sentiments. Quin error tan monumental en un home tan admirable! Pens en la manifestació protagonitzada per gent de Batasuna fa quatre dies i en la impossibilitat, cada cop més evident, d'establir punts de connexió entre els pobles de l'Estat. Ni amb gent com Távora, que és intel•ligent i sensible i fa de la solidaritat religió, no és possible parlar seriosament de convivència.”
Muy poca gente, desgraciadamente, lee a mi colega, el consejero editorial del grupo empresarial de comunicación más potente de Mallorca y digo “desgraciadamente” porque, cuanto mayor sea el número de sus lectores, mayor será el número de personas que deje de perder su tiempo y su alegría leyendo a tamaño predicador de penas y quebrantos.
En torno a ese preboste de la literatura catalana y al amor de su asesoría cultural y patriótica, crecen y medran tres o cuatro “camisas viejas” del movimiento azul-grana de 1714 contra Felipe V y diez o doce, no más, personajes inmaduros que, desde hace veinte años o más, se autodenominan “joves per la llengua” y cosas por el estilo.
Al margen de si me parecen acertados o descabellados los juicios que se contemplan en el párrafo catalán que he trascrito más arriba, de si Távora es admirable, sensible e inteligente, de si mi paisano juzga que no es posible hablar seriamente de convivencia con gente como Távora, sólo pretendo decir en este artículo yo sí creo que es posible hablar seriamente de convivencia e, incluso de practicarla plenamente con personas que, como Távora y como la inmensa mayoría de los españoles – catalanes, valencianos, mallorquines, menorquines, ibicencos - , saben que la gimnasia no es la magnesia y que el culo nada tiene que ver con las cuatro témporas, igual que los toros que mata o deja de matar Távora en su espectáculo teatral no son las personas que mata y no deja de matar la banda terrorista, a la que el triste y referido autor llama cariñosamente “la gente de Batasuna”
Justamente tenía yo en mi escritorio, sin contestar, la última carta que me escribió Salvador Távora y aprovecho la ocasión para explicar aquí las razones por las que nos carteamos él y yo. He aquí mi carta al genial Távora:
“Amigo mío del alma:
Somos aproximadamente de la misma quinta y generación. Los dos hemos vivido una infancia, tú en el barrio popular del Cerro del Águila, en Sevilla, y yo en Felanitx o en los tranvías de la Malvarrosa, como Manolo Vicent, las crudas y formidables dificultades económicas de los años cuarenta y la penuria cultural con que se nos degeneraba, bajo la dictadura omnímoda, el corazón inocente. A lo hecho, pecho y que nos quiten lo “bailao”.
Eres famoso e importante (se puede ser famoso y no ser importante) en todo el mundo. Muy pocos españoles han alcanzado cimas de celebridad y mérito cultural como las que en ti radican. He aquí algunos detalles inéditos de nuestra relación de amistad.
Cuando tú eras aprendiz en los talleres mecánicos de una fábrica de tejidos, yo hacía mis primeras chapuzas en una compañía teatral de mi pueblo y recitaba poesías en andaluz, cosa que alegraba mucho a mis paisanos, porque mi pueblo natal, Felanitx, siempre fue conocido como "la Andalucía de Mallorca”.
Ahora acaban de alzarse voces furibundas en la isla, quejándose, en catalán, de que pronto seremos “una colonia de Andalucía”. Tiene guasa el predicador batasuno de nuestra soñada independecia y separación definitiva de España.
Lo que se ignora por estas latitudes del mar es que tú, antes de ser uno de los nombres más significativos de la cultura, del Teatro de nuestro tiempo, fuiste matador de novillos y que te apadrinó Rafael Gómez "El Gallo". Ahora, cuando vienes a Mallorca con alguno de tus soberbios espectáculos, nadie comenta que te cortaste la coleta de torero el 21 de agosto de 1960, precisamente en Palma de Mallorca, cuando mataste, en tu condición de "sobresaliente" de la cuadrilla del rejoneador Salvador Guardiola Domínguez, al toro que acababa de matarle a él, a tu tocayo del alma. Todos recordamos aquella fecha funesta en que se apagó la vida de aquel caballero altruista y yo, además, recuerdo ahora tu nombre y tu última estocada en el Coliseo Balear. Nunca sospeché aquella tarde de agosto, mientras comentaba el triste suceso con mi colega, el difunto Sureda Molina, que catorce años después habría de encontrarte en Lisboa, en plena revolución de las flores, dirigiendo a tu compañía "La Cuadra de Sevilla", en aquella primera obra inolvidable que se llama "Quejío". Fueron noches de vino y rosas, de "porco alentejano" y claveles de "Grándola, vila morena", qué noches, hermano, y qué días gloriosos de dinamización cultural, cuando "o povo unido, jamais será vencido", cuando yo pintaba generales en mangas de camisa y angelotes montados en un tanque por las calles y plazas de aquella "Lisboa, antigua y señorial" que tanto nos reblandeció la médula cuando éramos jóvenes.
El otro día, hace unos años, cuando estuvisteis aquí en Palma, en el Auditorium con esa obra magnífica que se llama "Identidades", me decías al abrazarme entre bastidores después de la función: "Escribir y pintar, para ti, es lo mismo". Me dan ganas de alistarme en tu colla de actores y de cantar flamenco, en mallorquín, si a mano viene. Para ti, que eres artista, es lo mismo hacer Cultura que amar, te lo digo yo, mientras te abrazo entre bastidores, después de haber oído - y entendido hasta la entraña - la doble declamación de un mismo texto, en catalán y en castellano. La verdad es que tú y yo entendemos que la normalización del idioma sólo se consigue por el amor con que se intenta. Escribiré o dibujaré un libro en mallorquín para mis nietos y les contaré que así como mi pueblo fue siempre "la Andalucía de Mallorca", el tuyo, que es la barriada sevillana del Cerro del Águila, será también para siempre "la isla Mallorca de Andalucía".
Hemos hablado algunas veces, en aquellos diálogos trepidantes de las noches de Portugal, de lo que tú diste en llamar "profesionalismo humillante". Te referías, naturalmente, a los momentos profesionales en que todo artista ha de encarnar su propia revolución contra su propio entorno, contra los modos y los términos de la resignación de su propio pueblo, convertido en botín de guerra y sometido a la idiotez o, si quieres, al "silencio de los corderos". No hablábamos de la corrupción de algunos altos cargos de la política vigente, ni del mesianismo y gilipollez de los que se consideran incorruptos antes de haber alcanzado el poder. Hablábamos, concretamente, de aquello que tú expresabas con una limpieza acollonante: "La realidad de Andalucía va por un lado y sus cantes por otro". Y tu cante tropezó con la