H
OY nuestra civilización es esencialmente urbana. Sin las ciudades, sin el estilo de vida urbano y sin todo lo que va asociado al urbanismo no se entiende el llamado “Occidente”. Y sin embargo las ciudades son demasiado frágiles. Los habitantes de la ciudad no producen sus alimentos, ni su energía, ni su iluminación, ni sus materiales de construcción. Las ciudades, --los ciudadanos más bien--, dependen de un amplio territorio para cubrir sus necesidades básicas. A cambio, en las ciudades se transforman los productos naturales, se aportan servicios complejos y se añaden plusvalías a los bienes primarios.
Es una división de funciones más o menos razonable, en la que cada época y cada cultura halla un equilibrio propio y diferente. Lo característico de este “Occidente” es, precisamente, el desequilibrio radical que existe a favor de la ciudad. La subordinación del mundo no urbano no es ya sólo jerárquica, sino incluso material. Por primera vez en la historia de la humanidad no sólo los gobernantes y los poderosos viven en ciudades, sino que además la mayor parte de los hombres y mujeres viven en ciudades.
El apagón de Norteamérica es una consecuencia de ese predominio de la ciudad, agravada por un estilo de vida costosísimo en materias primas y en energía. Una secuencia insólita --pero no imposible como se ha visto-- de fallos ha resultado el caos. Y ese caos no es sino el anuncio de lo que puede ser el futuro: el hiperurbanismo occidental es débil, y coloca en riesgo la vida de decenas de millones de personas.
España tiene algo que aprender de todo esto. El proceso de urbanización de nuestro país ha sido, incluso, más veloz y desordenado que en el resto de Europa. Más que en el resto de Europa, grandes extensiones del territorio español, más o menos inútiles para el nuevo estilo de vida, se han abandonado. Frente a futuras crisis, también España deberá buscar un modelo de desarrollo más sólido, más sostenible, y, en consecuencia, menos urbano. Por más que los anuncios de “Bocatta”, tan de moda últimamente, presenten en televisión ese mundo no urbano como el edén de los rigores y las lumbalgias.
|