L
AS últimas semanas de las vacaciones de verano antes de volver al instituto las pasaba en un cortijo familiar de Puerto Lumbreras, provincia de Murcia y lugar de nacimiento de mi madre. Allí aprendí a andar y a correr por el campo. Matiz importante sobre todo cuando se intenta escuchar a los animales y al aire.
En aquellas tierras aprendí a fumar, a limpiarme el culo con una piedra y a hacer los mejores ‘cayaos’ con ramas de almendros. Todo me lo enseñó el Tío Juan. Era bueno aquel hombre. Vivía en una habitación de la casa principal muy cerca del corral en el que guardaba el rebaño que todos los días, pocos minutos antes de que saliera el sol, sacaba a pastar por la finca. Algunos días me llevaba con él y desayunaba tocino y queso con pan del día anterior. También me enseño el Tío Juan a coger almendra y, lo más interesante, a rebuscarla cuando los jornaleros terminaban el trabajo.
La rebusca de la almendra es muy importante porque todo el beneficio es para el que la encuentra. Por eso, tres zagales rebuscábamos entre los almendros y en el almacén del cortijo. Lo teníamos bien organizado. El equipo lo componíamos el hijo del cortijero, el hijo del corredor que compraba almendra en el pueblo y un servidor de ustedes que a la sazón era nieto del propietario. Habíamos aprendido que la almendra marcona vendida en pepita se vendía mucho más cara que las otras variedades con cáscara. Por eso rebuscábamos en el campo y en el almacén. El Tío Juan, cuando nos encontraba cerca de la peladora de almendra, se hacía el tonto y se echaba el sombrero para adelante.
Aprendí a coger membrillos y a no comerlos crudos. Alguna que otra vez salí corriendo delante del cabrón enfadado por haber mirado de más a una de sus parejas; y tengo que confesar que le disparé perdigones a más de un gorrión con gastronómicas intenciones. Conocí las malas pulgas que tienen los cerdos cuando les echaba algarrobas, que yo también comía de vez en cuando. Me enseñaron a recolectar panochas, a cortar alfalfa y a bañarme en balsas y balsones acompañado de culebras de agua y ranas. Y descubrí la siesta.
Me gustaba todo aquello porque sabía que en septiembre terminaba. Me encantaba conducir el tractor porque sabía que no tendría que arar con sabañones en las manos. Me gustaba subir en los mulos para transportar los cántaros de agua porque semanas después tenía asegurada la ducha de agua caliente en Almería. No me importaba llenarme los zapatos y los bajos de los pantalones cada vez que iba a coger huevos porque sabía que, si la gallina no ponía, había en la tienda.
La vida del campo, además de bucólica y pastoril, es dura, muy dura. Por eso, cada vez se pueblan más las ciudades y se quedan más solos los pueblos que viven de la agricultura y la ganadería tradicionales.
Todos estos recuerdos me los rescató esta semana pasada un anuncio de la marca “Bocatta” en el que se reflejaba con humor muy inteligente la dureza del campo. Desgraciadamente lo han retirado por la protesta de varias asociaciones de agricultores que aseguran que ese anuncio denigra y ridiculiza el trabajo de los hombres del campo.
Ellos sabrán, pero creo que cuando un país pierde el sentido del humor y la capacidad de reírse de uno mismo hay que empezar a preocuparse. Me da que pensar que esas asociaciones de agricultores puedan ser las mismas que no protestan porque las mujeres no puedan trabajar en la Albufera de Valencia en las mismas condiciones que los hombres. Teresa Bru, Teresa Chardí, Elena Marco, Felicidad Dasí y Vicenta Dasí intentan públicamente desde el 14 de diciembre de 1994 gozar completamente de su derecho a pescar en un puesto fijo en la Albufera. Los hombres del lago han obviado desde siempre la petición e incluso sentencia firmes de varios tribunales. Las asociaciones y ellas han sido insultadas y sus hijos han sido despreciados públicamente.
Me molestan las asociaciones que permiten que en los invernaderos la mujer cobre menos que el hombre por hacer el mismo trabajo. También las que no denuncian inmediatamente a los agricultores que usan pesticidas y productos químicos prohibidos para rentabilizar hectáreas o ganaderías. Sin extenderme más, recuerdo que ninguna de estas asociaciones pidió con tanta energía la retirada del campo de los agricultores que usando un pesticida prohibido y conocido provocó el cierre del mercado europeo para el pimiento español hace dos temporadas durante toda una campaña.
Me preocupa que las protestas se centren en lo fácil. Denunciar un anuncio simpático, cínico y divertido sobre los tópicos de la vida rural desde detrás de un despacho con aire acondicionado es, por lo menos, para sonrojarse. Además, puede parecer que alguien ha querido hacer méritos aprovechando que en agosto todo vale para los medios de comunicación.
El Tío Juan, que no veía nunca la tele, se estaría riendo a carcajada limpia del anuncio, del señor de la lumbalgia y del tonto de capirote que ha visto una agresión a los hombres del campo en el anuncio. Y luego sacaría sus ovejas por el campo para disfrutar de la soledad sin asociaciones que le quieren arreglar la vida sin preguntarle su opinión.