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UARDO, como oro en paño, las cartas manuscritas de Miguel Delibes. Lo del correo electrónico, con ser una maravilla de rapidez, siempre acaba perdido por las intricadas veredas o, mejor dicho, por las ignotas “vías de acceso” que te pide el aparato ordenador. Más que ordenador, yo diría ordenante. Indro Montanelli llamaba “máquina infernal” al humilde magnetófono con que grababa sus entrevistas. Tampoco es para tanto. Yo me paso horas y horas “navegando” por Internet, mientras mi colega Pérez Reverte, como mi sobrino Rafa, que es presidente de una de las mayores empresas de comunicación de Europa, navegan en sus barcos de verdad por esta gloriosa mar de Ulises. Con todo, Delibes y yo nos escribimos a mano, de corazón a corazón, y los angelotes y dibujos que le mando no son fotocopias, sino originales, como sus tarjetones de caligrafía de médico universal.
En una de mis cartas a Miguel Delibes, a raíz del Premio Cervantes que acababan de otorgarle, le decía lo que a continuación explico, aumento, corrijo y mando a la imprenta:
“Tu casa, ya me lo imagino, ha de parecer una feria con tantos y tantos parabienes, congratulaciones, cartas, telegramas, llamadas telefónicas. Todo el mundo considera natural que te hayan dado el Premio Cervantes de Literatura y todo el mundo se apresura a darte la enhorabuena y a desearte felicidad. Es justo y razonable que el premio más importante de la lengua española haya ido a parar a tu casa. Yo también te felicito con toda mi alma, aunque esta memoria que escribo ahora, como bien sabe el buen lector, tiene otros motivos. Este libro que ahora te mando, “Vint anys d’angelots”, dibujado y escrito con amor, es la respuesta a tu amistad y a tu magisterio de los últimos treinta años. Además, contesto aquí a tu espléndida misiva en la que me cuentas tu satisfacción por los resultados estéticos del director cinematográfico Mario Camus en Extremadura, que es la tierra natal de tus "santos inocentes", de los grandes conquistadores, del pobre Pascual Duarte, de mis inolvidables suegros y de mi santa, Dolores Martín Fito, de Jerez de los Caballeros. Tus cartas manuscritas, igual que tus dedicatorias personales en el primer blanco de tus libros, son para mí un auténtico tesoro. Te aseguro que, cuando me atenazan y me deprimen los modos y los términos de la mediocridad política y social de nuestros días, vuelvo al fulgor de tus palabras y me repongo en la esperanza.
Una de las mil fotografías que se fueron publicando, a raíz del premio Cervantes, refleja en un detalle tu verdadero talante humano, que radica en tu profundo e impertérrito sentido de la amistad.
Me refiero a la fotografía de Luis Magán, publicada en la página 32 de "El País" del 5 de diciembre de 1993, en la que apareces sentado en tu casa de Valladolid, al pie del gran retrato al óleo de tu mujer, con la cuartilla a punto y el puño izquierdo apoyado en el pómulo, como si fueras a largarnos una frase inmortal, mientras la pluma estilográfica, como la bayoneta de un vigía, apunta, entre tus dedos, al cielo raso de tu escritorio. El detalle a que me refiero es otro: el libro de tu amigo Manu Leguineche - "Apocalipsis Mao"- está en primer plano, sobre tu mesa de trabajo. Yo creo que ese detalle ha de beneficiar al ínclito colega Leguineche, campeón mundial del reportaje, mucho más que todo ese festival de fotografías publicitarias que, a todo color, a toda página y disfrazado de Papá Noel, se está publicando ahora en revistas y periódicos como reclamo y promoción comercial de sus libros. Díselo a Manu, de mi parte.
Yo he testimoniado en muchas ocasiones la fuerte e inequívoca sensación de amistad que me han producido los diálogos y entrevistas que he mantenido contigo. Desde aquella primera tarde en que te conocí, aquí en Palma, cuando nos presentó no recuerdo bien si Joan Bonet o Caty Juan después de la conferencia que pronunciaste en el Círculo Mallorquín, que ahora es la sede del Parlamento autonómico balear, hasta la última carta y dedicatoria con que me enriqueces el envío de tu último libro, pasando por la tarde memorable en que me desplacé a la Redacción de tu periódico en Valladolid y estuvimos charlando durante horas acerca de los atropellos y quiebras que padecía el idioma en boca de los llamados "tecnócratas" del establecimiento e, incluso, en boca y en pluma de algunos periodistas famosos, siempre he conservado y he cultivado en lo más íntimo esa convicción de amistad que de ti emana.
Me cuentan quienes te han tratado en estos últimos años que tu alegría y tu risa de antaño, tu sorna y tu buen humor proverbiales han derivado hacia la seriedad y que tu gesto, desde que murió Ángeles, tu mujer, declama constantemente aquel verso de Neruda - "acorralado entre el mar y la tristeza" - y vives, a tus “cuatroveintes” años, como diría Voltaire, amando la soledad y odiando los silencios.
Se dijo en uno de los programas de Jesús Hermida, que tú eras uno de esos "viudos de amor" que tan poco abundan en nuestro tiempo y te compararon con Severo Ochoa, al que dedico un espacio en mi libro de angelotes, pero yo creo, desde la sinceridad y el afecto con que os admiro a los dos, que no se puede generalizar acerca de lo que es amor y de lo que es libertad en cada individuo. Después de leer tu libro "Mujer en rojo sobre fondo grís", donde describes la total vivencia de tu viudedad, aunque cambies tu personalidad de escritor por la de un pintor, saco la conclusión de que no se han secado ni petrificado los colores en tu paleta y, en consecuencia, espero que tus palabras volverán a estar vivas en nuevos libros, por mucho que digas ahora , valga tu buen humor de siempre, que sólo te resta en esta vida ganar el Nobel y morirte. No dejes de escribir, ahora que estás cabalmente solo, ahora que tu amada soledad ha echado el ancla en el centro de las multitudes que te aclaman y, con hijos, nietos, amigos y perdices rojas te rescatan del silencio.
Me consta que el Cervantes te ha devuelto a la gran sinfonía de la Naturaleza y que el hombre, el paisaje y la pasión vuelven a movilizar tus talentos.
Hablemos del idioma: Lo primero que aprendí de ti, igual que de mi madre, fue el amor a la esencia y al significado exacto de las palabras. Tú has confesado que fue un profesor de tu primera Escuela de Comercio el que te inculcó el afán de rigor y de precisión en el uso de nuestro idioma. Hoy se viven tiempos en los que nuevas cuadrillas de asalariados oficiales, en los Ayuntamientos y en las Instituciones gubernamentales del Estado de las Autonomías, de acuerdo con la Constitución, velan por lo que se ha dado en llamar la normalización de los cuatro idiomas oficiales de España.
Tienen estos esforzados ciudadanos, a mi humilde juicio, un solo defecto capital, que consiste en que son más políticos que filólogos. Les preocupa más el vigor del estatuto y del decreto que el cultivo y el amor al idioma propio. Los verdaderos generadores de la cultura catalana, igual que los de la gallega, de la vasca y de la castellana, se apartan de la camorra y hacen lo que tienen que hacer, es decir, cultivan y practican con absoluto amor su propio idioma. A los encargados de la normalización, a los que cobran por tan admirable empeño, les basta con dictar normas y con imponer, pública y colectivamente, un idioma que, hablado y escrito por ellos, no pasa de ser correcto en su ortografía, pobre en su vocabulario, oficinesco y moralizante en su conjunto, pero jamás fuerte, popular, gracioso, innovador, vivo y genial como es siempre el idioma que habla el pueblo llano, al margen de sus dictadores de turno y de sus forzosas incorrecciones.
Tú y yo hemos hablado largamente de este asunto en varias ocasiones. Ultimamente, he oído que te quejabas de lo poco que se usa el idioma y de la pobreza galopante que afecta a los hispanoparlantes. No hablemos de la jerga política que está en boga, ni de los cientos de palabras que, como tú dices, se usaban coloquialmente hace 20 años y que se han perd