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  Firmas Invitadas - Edición Nº 94
Semana del 19/12/2003
En Navidad, libros para leer


Yolanda Cruz
…y además me van a traer un libro para leer”, transcribo aquí parte de una conversación entre dos niños a la que asistí de casualidad en la calle. Me chocó la expresión “libros para leer”, me entristeció y me obligó a reflexionar. Qué diferentes eran mis expectativas navideñas cuando yo tenía la edad de los interlocutores que habían captado mi atención.

Para mí, al igual que para numerosos niños y niñas de mi generación, los libros eran premios, regalos esperados por los que una era capaz de soportar de manera estoica ser la compañía muda de la abuela en las visitas que realizaba cada tarde a su concurrencia de amigas o renunciar a la velada nocturna televisiva para repasar un poco más le lección de historia. La recompensa del particular olor de sus páginas, aroma que aún busco en ellos cada vez que uno nuevo cae entre mis manos, y del silencioso viaje que te proporcionaban merecía cualquier sacrificio.

Cuando escribíamos la carta a los Reyes Magos o aprovechábamos la onomástica y el cumpleaños, en nuestra lista de deseos no citábamos “libros para leer”, el título de la colección de turno o el nombre del autor que habíamos descubierto en la última feria del libro eran suficientes. El plantearnos por un momento la utilidad de los libros quedaba fuera de lugar.

A mis 13 años, la fiesta de los sábados por la mañana, extensiva a todos los días de las vacaciones de navidad, consistía en acudir con mi hermana a la biblioteca municipal, por fortuna, a escasos 200 metros de la casa de mis padres. Obtener el permiso para acudir a aquella sala de lectura, silente y olorosa, buscar en los ficheros la novela iniciada semanas antes, rellenar la solicitud tal y como nos había repetido hasta la saciedad el paciente y canoso bibliotecario y esperar el volumen de puntillas ante la ventanilla con la imprecisa inquietud de desconocer si otro lector se nos había adelantado, recrean uno de los recuerdos más entrañables de mi infancia. Aquellas mañanas rendida ante tantas historias me hacían sentir alguien especial y me enseñaron a amar y necesitar los libros.

Hoy los hábitos infantiles son bien distintos, se acusa a las nuevas tecnologías y video juegos del poco apego que los niños muestran a los libros, sin embargo, yo no estoy de acuerdo con esta sentencia. Es cierto que los culpados videojuegos, a los que se puede sumar la gran variedad de oferta televisiva, no existía cuando los de mi generación contábamos 13 años, pero yo no veo el peligro en ellos si no en la poca o nula necesidad que tales propuestas precisan de que un adulto estimule al niño para su empleo. Es mucho más fácil y, por tanto, menos cansado para el adulto, conectar el televisor o enchufar la play para que el infante queme sus horas de asueto que motivarlo a un cultivo de su imaginación que le permita ejercer su capacidad de elegir y de crear. Es preciso contar muchos cuentos y compartir numerosas lecturas con los niños hasta conseguir que sean ellos quienes busquen su espacio y su momento para perderse en el universo de las aventuras ficticias, y no todos los adultos saben buscar el tiempo que esta convivencia necesita.

Conozco muchos adultos, de mayor y menor edad que yo, que no leen, a lo sumo ejercitan la vista con los prospectos de los medicamentos o el teletexto y lo lamento.
Soy consciente del respeto al prójimo que supone asumir que cada cual invierte su tiempo en lo que quiere, pero eso no me impide pensar que el enriquecimiento y la tranquilidad que a mí me logra transmitir la lectura no llegan a muchas de estas personas que conozco.

Mi lamento es mucho mayor cuando pienso en que esos no lectores que esperan “libros para leer” en Navidad son niños y niñas. El aprendizaje de valores, culturas, personalidades, costumbres, relaciones, historia, miedos, en definitiva, el aprendizaje de la vida, disfrazado de silencio e intimidad que permiten los libros no son un placer ni una enseñanza fáciles de encontrar en otro lugar que no sean los libros, por eso, me declaro convencida de la responsabilidad que portamos en nuestra historia personal todos aquellos adultos hoy que, en su día, fuimos niños a los que otro adulto condujo al mundo de la lectura y de las historias fantaseadas. Por todos los buenos ratos que hemos gozado y aún nos quedan por vivir en compañía de tantas palabras deberíamos agradecer nuestra suerte acompañando a otros niños a ese vergel. En Navidad o en cualquier otra época del año, un libro siempre es una fortuna para quien lo recibe si quien lo entrega lo hace como si legase, envuelto en un cofre de papel y tinta, el mejor de los tesoros.

Quiero aclarar que, en todo momento, me he referido a los niños y niñas afortunados por nacer lejos de la miseria, el hambre, la enfermedad o el horror, las necesidades de estos últimos son tan distintas a los lujos intelectuales y hedonistas a los que yo me he referido que mi conciencia me obliga a pensarles antes de terminar.

Feliz Navidad
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