V
UELVO a la cita semanal con este foro tras el obligado paréntesis de lo que, hace mas de un siglo, definiera don Francisco Silvela como “las imperiosas vacaciones del estío”; aquellas que, a principios del pasado, comenzaron siendo privilegio de las clases “pudientes” y escándalo de lugareños, hasta convertirse –hoy— en generalizada proyección del mas intenso cambio social operado en cuanto a modos de vida se refiere. Porque, en los inicios del presente, la desmesurada masificación del fenómeno, no exenta del inevitable horterismo que nos invade, constituye ejemplo fidedigno de cómo tan floreciente industria para el cultivo del ocio es incapaz de superar aquellos signos de privilegio y escándalo, desde unas minorías tan inútiles como ambiciosas por acaparan las páginas amarillas (“del corazón y otras vísceras amargas”); sobre todo, cuando la política se aproxima al cercado de su proyectiva y subordina sus nobles exigencias comunitarias a los dictados de una progresiva adulteración de principios. Aunque todo ello se quiera revestir bajo especie de eficacia gestora o de modernidad en los comportamientos, lo cierto es que se trata de una ostensible desviación de caudales públicos, tráfico de influencias, conciertos preferentes, redes de extorsión y demás signos corruptos, efectuada por minorías que pastorean municipios, comunidades e instituciones a beneficio (nunca mejor dicho) de inventario.
Lo sucedido en el ayuntamiento de Marbella, con el ingrediente porno-mediático amplificado en la “tele-basura”, puede considerarse el punto cenital de este esperpento; pero sería injusto adjudicarle carácter excepcional para completar el diagnóstico de semejante epidemia. Pero ya que estamos con Silvela, si se analiza fríamente el impacto de los tejemanejes políticos y sus implicaciones corruptas durante el sistema canovista (tan duramente fustigados por la corriente regeneracionista del “noventa-y-ocho” en adelante) se verá que no llegaron, ni por asomo, a los presentes niveles de corrupción; por más que ocasionasen un grave deterioro a la monarquía restaurada y fuesen origen directo de su posterior eclipse. No será ocioso recordar las dos novedosas aportaciones que caracterizaron su recorrido, el “encasillado” y el “cacique”, que dieron soporte argumental contra la “vieja política”, en expresión de Ortega –“oligarquía y caciquismo” es la traducción de Joaquín Costa, con igual crudeza acusatoria— y que serían concluyentes para la condena del sistema impulsado por Cánovas del Castillo.
Ambas figuras, sin embargo, quedaban fuera del esquema ideológico en el ecléctico modelo anglosajón, tan querido por Canovas, ni aparecían como característica del sufragio restringido auspiciado por las elites rectoras, files a los principios del liberalismo “doctrinario”, pero resultaron ser su corolario inmediato. Por la primera de ellas –el “encasillado”— el ministerio de Gobernación impulsaba a los candidatos “idóneos” para su sanción en las diferentes circunscripciones, como garantía de un Congreso domesticado al servicio del correspondiente Gobierno de turno. Claro que, semejante manipulación de la voluntad popular solo era posible, no solo por la restricción censitaria del sufragio, sino por las redes clientelares del “cacique” local que extendía su radio de influencia para acrecentar el cómputo de votos: a veces, con su compra llana y simple; otras, con el “pucherazo” a pie de urna, y otras, con ambos procedimientos a la vez. Y, por descontado también, semejante perversión de los mecanismos representativos contaba con la estructura social subdesarrollada, analfabeta en la mayor parte de la población y con una rígida estratificación de sus ingredientes.
Ahora bien, ¿se ha avanzado tanto desde Romero Robledo o el conde de Romanones? Es evidente que Martín Villa –o Barrionuevo— no tuvieron entre sus responsabilidades ejecutivas competencia directa sobre elaboración de listas, como la que disfrutaron sus predecesores, aunque no fuese insólita su participación en tales menesteres durante los respectivos mandatos. Y, aunque siempre haya sospechas respecto a la manipulación electoral efectuada desde Interior o sobre la captación de sufragios por sus agentes, nunca se podrá determinar la cuantía del fraude, como tampoco se puede descartar el celo de la militancia por mejorar la cuenta de resultados. Visto con voluntad correctora, las técnicas de persuasión son –hoy-- más sofisticadas y tampoco hay necesidad de acudir a procedimientos tan groseros como la adquisición venal y directa del voto o al bastonazo de la urna para lograr los efectos apetecidos; pero tampoco hay que ser demasiado suspicaz para advertir el componente falsificador con el que se elaboran muchas listas electorales, los intereses (inmobiliarios o de cualquier signo) con los que se negocian acuerdos de “gobernabilidad” en Ayuntamientos y Comunidades o la desmesurada laxitud ética y estética por denunciar la corrupción advertida “sólo” en la acera de enfrente, mientras se proclama la inocencia del correligionario sorprendido con las manos en la masa.
Harían bien, por ello, los correspondientes “aparatos” en rebajar el diapasón de sus protestas exculpatorias, el discurso cínico de sus denuncias y las declaraciones solemnes sobre regeneración de la vida democrática, cuando son incapaces de vigilar la selección de candidatos con alguna solvencia moral e intelectual y cuando confunden la lícita expresión del pluralismo político con la férrea subordinación a sus posiciones. La mejor forma de evitar el “transfuguismo” sería la supresión del actual “encasillado” con listas “cerradas y bloqueadas” para permitir a los electores la expresión de sus preferencias en función de criterios menos “caciquiles”; de otra manera suena a falsa la vocación de limpieza frente a los corruptos y honorabilidad frente a los trepadores. Como tampoco es de recibo el intercambio de imputaciones en la comisión investigadora de la Asamblea de Madrid, por ejemplo, cuando todavía siguen al frente de las respectivas secretarías territoriales –popular y socialista-- dos falsarios compulsivos, de tan probada ejecutoria especuladora, llamados Ricardo Romero de Tejada y Ruth Porta Rodríguez.