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Época II - Año XIV
Edición Nº 4126
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 95
Semana del 26/12/2003
Serguei Anatoli


Yolanda Salanova
H E conocido a Sergei Anatoli en el parque. Parece un arcángel, con sus ojos tan limpios, azules y doloridos, pero aún tan limpios que creo ver a alguien diferente. Llovía y solamente estaba él, mi perro y yo. Me pregunta como se llama “Rufo”, le gustan los perros. Le ofrezco un cigarrillo. Es un hombre culto. Rubio, de pelo rizado recogido en una coleta. Está emocionado porque ha hablado con alguien... yo me quedo tan sorprendida... Comunicación, es lo que echa de menos. Como yo. Como todos.

Le empiezo a preguntar: vivía en Siberia, al sudoeste. Me enseña fotos, muy arrugadas de estar en la mochila. Me apena cuando, con toda naturalidad, saca una botella de vino de la mochila y me ofrece. No acepto, pero no le digo nada... está tan delgado que parece aún más alto... podía haber sido un galán de cine. Me fijo en sus dientes cuando sonríe, tiene muchas caries... pienso que no tendrá dinero para arreglarse la boca.

Apenas habla castellano... me esfuerzo por entenderle, es profesor de filosofía y me cuenta que escribe. Tiene un libro en el que hace preguntas a Dios; le interroga, le pide cuentas. Me impresiona. Cuando habla de Rusia y ve que recuerdo Stalingrado, que sé algo de su país — poco — se queda asombrado.
Me da las gracias por hablar con él. Es increíble, gracias por hablar... ¡Dios mío, cuánta soledad!

Algo me dice, y no él, que está desamparado, porque ¿cómo está bajo la lluvia, cada vez más densa, aunque suave, ese sirimiri que va empapando sin que uno se dé cuenta y cala los huesos de frío? Yo estoy ya tiritando, empieza a anochecer y no quiero dejarlo solo.
Le pregunto dónde se hospeda. Han cerrado el albergue de las Damas Apostólicas donde se quedaba... No va a dormir hoy bajo techo. Me cuenta que está en un pueblo de Logroño recogiendo coliflor para mandar dinero a su familia, dos niñas lindísimas, su madre, su segunda esposa... y un precioso “pulgoso” negro; como el mío, pequeño. A “Rufo” le gusta Serguei. Deja que se acerque y lo acaricie. No me extraña. Adivino un alma exquisita en él. Tengo que vencerme para hacerle la pregunta sin que se ofenda. No, no tiene dinero, está aquí para ver si puede embarcar como marinero para irse a Canadá... No lo ha conseguido. Le creo, no miente, noto inmediatamente que no puede mentir.
Le pido que me espere, no llevo nunca bolso ni dinero cuando voy con “Rufo”, sólo monedas sueltas. Me impresiona su respuesta: "tengo todo el tiempo del mundo para esperar".

Vuelvo deprisa al parque. He cogido algunas cosas para comer y preparo un paquete con chocolate, queso, embutido, pan de molde, leche… cojo leche porque tal vez así tal vez la tome, y no ese maldito vino... Me pregunta y le cuento. Me dice que otra vez me engañarán. No, le digo, no, es alguien que necesita algo que no se puede dar, y no es justo pasar de largo. Mis hijos saben que he cogido dinero. Me pregunta cuánto y miento como una bellaca.
Serguei me espera. Sigue sentado y se levanta, correctísimo, al verme llegar. Con vergüenza, le entrego el paquete y me da las gracias. También le llevo tabaco. Seguimos hablando, de pie bajo la lluvia; se hace tarde y está oscuro, pero las farolas se encienden y no tengo miedo, sé que es un hombre bueno.
Sus ojos siguen dándome ganas de llorar... al fin, me encuentro pidiéndole disculpas, diciéndole que no se ofenda, pero que el dinero es necesario. Él me dice que no, que ya le he dado el paquete de comida. Meto el dinero en el bolsillo de su chamarra— si se entera, me pondrá verde —. También le obligo a coger el tabaco. Lo acepta y yo le pido un cigarrillo que me ofrece del paquete recién abierto. Pero cuando ve los billetes, abre mucho los ojos, está avergonzado, no quiere ser un problema para mi familia, me dice; no, no, le digo que es un préstamo... él, que es mucho... ¡Dios mío!, no lo es. Me siento mal, pido disculpas... le digo que tengo que irme a casa. No me siento bien, podía haberle dicho que viniera a cenar, pero temo que A. se ponga paternalista o que le haga algún desaire... No sé cómo reaccionaría.

Me pide mi dirección y teléfono. Sólo le doy el teléfono... no insiste. Otra vez me siento mal por no darle la dirección. Anota el teléfono en una pequeña libreta, ajada y manoseada muchas veces, con un pedacito de lápiz. Dice que volverá a la ciudad y que me llamará. Le animo a hacerlo, soy sincera.
Me da la mano y las gracias... y yo le doy dos besos, uno en cada mejilla. Huele a vino. Le doy las gracias por permitirme ser solidaria, le explico el significado de esa palabra que él no entiende por el idioma; sé que la entiende y estoy segura de que es algo habitual en él.
No hace falta que le diga que no me acompañe... él sabe que no debe hacerlo. Me saluda desde lejos levantando la mano. No puedo evitar llorar a oscuras en mi cuarto. No me siento bien, Serguei es todos los hombres y mujeres que están sufriendo el egoísmo de los privilegiados... como yo. Aunque él tiene el cariño que nunca tuve... tan lejos.

Oigo mi nombre: es Serguei... dice que me ha reconocido — estaba de espaldas — por “Rufo”. También llovizna hoy. Se nota emoción en la mirada que me dirige, tan limpia que no creo que la olvide... ni a él.
Me cuenta que compartió la comida con tres personas más. Alaba lo bueno que era el chocolate, el embutido... hace que me sienta bien, sé que es lo que está intentando, pero lo que me pareció un milagro fue lo de su familia. Dice que en Rusia la Navidad se celebra con posterioridad a la de aquí. Es cristiano ortodoxo. Gesticula elegantemente — tiene una elegancia natural — para hacerse entender; cuenta, como un niño, que ha invertido un poco de dinero en llamar a Siberia, hablar con su madre, con su esposa y las niñas... y me dice que su madre me manda bendiciones. Insiste en devolverme el dinero que le queda. Le digo otra vez que es prestado, que puede que alguna vez él me preste ayuda si la necesito.
Vuelve a Logroño, a recoger coliflor. Me despido con dos besos y él promete llamarme. No tiene teléfono donde vive. Le digo que no lo haga, que es caro. Me despido nuevamente y voy a casa contenta. Le digo a A. que estaba equivocado, que Serguei no es ningún timador.
Por la noche, antes de dormir, me siento mal por haberme sentido bien.
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