V
UELVO a Madrid a finales de agosto de 2003 y lo encuentro todo muy cambiado, naturalmente. Traigo el retrato que le he pintado a Raúl del Pozo y, mientras él regresa de Marbella, enseño el cuadro o, mejor dicho, unas fotos del cuadro a José Luís Navas y a Jesús María Amilibia, con los que almuerzo y bebo como en mis mejores tiempos. Memorable sobremesa con estos dos viejos y entrañables amigos. Me dan su opinión sobre mi pintura y, horas después, me pongo a retocar lo pintado, a quitarle mofletes a Raúl, a disminuirle los labios, que parece que se los he inflado como a esos mariosos que ahora triunfan en la tele, a borrarle la mano que tenía apoyada en la barbilla y, en resumen, a cargarme el cuadro y a maldecir la hora en que me puse a reformar lo que traía terminado de Mallorca.
Raúl me había dicho que si no pintaba a un guaperas del estilo de Richard Gere se iba a acordar de mis muertos. Ahora soy yo quien se acuerda de los suyos, que son también los míos: Emilio Romero y Paco Rabal, sin ir más lejos y por citar sólo a dos de los más importantes en mi memoria. De Romero ya publique aquí un largo artículo. De Rabal, evocaré aquí algunas cosas, mientras espero a Raúl, que le recita un poema de ruiseñores huidizos a la duquesa y juega al golf con el último nuevo rico de la izquierda, veraneante en Marbella o en Mallorca, que tampoco está mal, sobre todo ahora que Jaume Matas ha quitado la ecotasa. A Rabal le quería yo un montón y prueba de ello es que, en periódicos de clara e inequívoca dirección franquista y anticomunista, le dediqué yo párrafos que, a continuación, transcribo literalmente, por ejemplo:
Entre todos los hombres y mujeres que constituyen el alma de mi diálogo apasionado con mis contemporáneos - propicios y adversos -, mortales todos, tú eres, sin lugar a dudas, el más entrañable, esto es, el que más miserias y alegrías has compartido conmigo. Nunca me presionaste para que me alistase en tu partido, que es el comunista o, mejor dicho, lo que queda de puro y utópico de aquel PCE que capitaneaban Dolores y Santiago, en el 77, cuando Adolfo Suárez os legalizó y Santiso, el fotógrafo de mis entretelas, hizo aquella foto que dio la vuelta al mundo estampada en ceniceros. Tú siempre fuiste más rojo que el fuego del infierno, más rojo que los tomates de la vega murciana, tu patria chica, Águilas de mis amores, el pueblo de Manolo Coronado y de Alfonso Escámez, ahí es nada. Y nunca, como digo, me hablaste de militancias, ni me reprochaste, como otros y otras, mi imparcialidad política como fundamento de eficacia profesional, periodística.
Escribí mi novela "Maremagnum" en tu casa de Águilas, de un tirón, hasta que reventaron mis riñones. Tú te aprendías un papel en el corral. Por las noches, nos llamaba la marcha, como en Madrid. Íbamos primero a las tabernas del pueblo, donde todo el mundo te conocía. La pareja de la Guardia Civil dijo al entrar: "Pueden ustedes seguir hablando de sus cosas". Y no sabían de qué estábamos hablando, pero imponían su autoridad y nos perdonaban la vida. Fuimos a misa un domingo, para ver cómo el tonto del pueblo le pegaba un hostión de campeonato al cura en el momento en que se volvía para decir "dominusvobiscum". ¡Qué risa, Paco, y que bondad la de aquel santo varón! Estuvimos también con aquella mujer que se metía en el mar y se tumbaba en una peña y venían todos los pulpos del Mediterráneo a montarse en ella. Creo que era la viuda del chófer de Rommel, el zorro del desierto.
Escribí "Maremagnum" en su primera versión. Después la volví a escribir en Galicia, en la sierra do Caurel, en una casa de cuatro patas de madera, donde vivía el poeta Uxío Novoneira, con su madre inválida en una silla de ruedas
Me recogiste de madrugada, recién duchado, después de una de tantas noches madrileñas en que amanecíamos meando en la Gran Vía o en la plaza de Colón, ante el pasmo y la risa de los pulcros y acelerados automovilistas que pugnaban por llegar puntuales a la oficina. A mi mujer, que siempre te ha admirado como actor y que tanto os quiere todavía, a ti y a Asunción, a Teresita, a Benito y a tu hermano Damián, no le hizo mucha gracia aquello de que yo me fuese contigo a tu pueblo, en tu coche deportivo, aquél que corría tanto como el que conducías cuando te pegaste el leñazo -y te rajaste la cara con esa cicatriz que luce como un trofeo en los primeros planos de tus películas.
La noche, como tantas otras noches, había sido trepidante. Un candongo grandullón te había insultado en la calle Prim, en la esquina donde estaban los ciegos (Miguel Durán aún no era millonario). Te llamó cabrón, rojo cabrón, y dijo que te iba a descerrajar un par de tiros, si volvía a toparse contigo. Umbral se escaqueaba y Carlos Oroza, el poeta maldito, declamaba en la puerta del Oliver, aquello de "Oh, Eva, évame, évame, Malú, évame si me transito". Maruja Asquerino ponía cachondo al pobre Javier Basilio, el que murió debiéndonos veinte duros a todos. Amilibia era un principiante y Yale tomaba copas en otras barras, menos castizas, más americanas y con más penumbra. Raúl empezaba a tener hambre y nos quería llevar a comer pasta italiana al chiringuito aquel que no cerraba en toda la noche. A Raúl ya le tiraba Italia con fuerza en aquel tiempo y siempre nos contaba aquello de que íbais a un hotel, marcábais un número y venían a mamártela enseguida.
Intentamos dejar en su pasión etílica al energúmeno que te había insultado y, al doblar la esquina, se precipitó sobre ti y te lanzó un puñetazo en arco, de arriba a abajo, pero pasó entre los dos y fue a romperse los dientes contra el bordillo. Sangraba como un gorrino y se reía. Demetrio Ron, el sereno asturiano, que tenía una hija novelista de novelas de amor y de adulterio y que era sumamente soltera, se llevó a aquel hombre a una farmacia y, de paso, le atizó con el chuzo a Santiso, que se había quedado dormido de pie, retrepado en un portal.
Recogimos a un perro mil leches y le invitamos a comer fideos. Raúl quería llevárselo a casa, pero no estaba seguro de que Natalia, la italiana, esposa y mártir, lo aceptase en familia. El can se zampó una fuente de fideos y, sin dar las gracias, salió corriendo calle arriba. Ya despuntaba el día. Romero me había impuesto una sanción de quince días sin empleo y sin sueldo. Entonces no teníamos sindicato que nos defendiese y nos jodíamos todos, cuando el sindicato vertical nos imponía una sanción por conducta o por lo que fuera. Me dijiste:"Vente conmigo quince días a Águilas y escribe una novela". Te contesté rápido. "Voy a casa, me ducho y vienes a recogerme". Y así fue. De la noche trepidante, a la alborada veloz. Volábamos hacia Murcia, tierra bendita.
Aquella mansión oscura, el orujo que me suministraba Uxío y los lobos que aullaban en la falda del monte, a un tiro de piedra, puso la guinda de locura e insensatez que le faltaba a mi largo relato. Quise contar la historia de un periodista en un gran periódico de Madrid y creo que me salió la biografía de un hombre que no era nada y lo fue todo. Gracias por haberme inspirado al personaje central.
Me escribiste, Paco, un poema que ilustró, junto a textos de Carmen Rigalt y de Arturo Pérez Reverte, el catálogo de la exposición de pintura que hice en tu pueblo natal. Después, nos vimos en Palma, cuando viniste con Asunción a recitar poemas. Finalmente, volviste al polvo definitivo en Burdeos, donde hiciste el Goya más genial que se ha hecho en el cine, camino de casa, camino de la mar de Ulises, hacia la peña del aguilica, donde se despeñó haciendo el pino el borracho más célebre de Águilas. No he querido envejecer un minuto más sin confesarte el secreto de mi novela. El secreto, ya lo he dicho, es que tu eres el personaje central de “Maremagnum”, aunque mi Jaime Pons esté dibujado con rasgos de Raúl, de Yale, de Tico, de Amilibia, de Navas, de José María García y de tantos otros que, contigo en cabeza, significaron para mí el glorioso magisterio de la amistad.
Recuerd