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ACE algún tiempo escribí unos cuantos folios acerca de Arturo Pérez Reverte. Estoy haciendo memoria de la buena gente que he conocido en estos últimos cuarenta años de mi carrera periodística
Le decía y le sigo diciendo así a mi viejo amigo y colega:
Arturo: Mientras vuelas por los cielos internacionales de la fama, apartado voluntariamente del reporterismo y entregado a los placeres de tu libertad en la Literatura y, también, en la mar de Ulises con tu barquito feliz y verdadero, déjame que te contemple con mirada de pintor y te dibuje como a un almirante mosquetero y maestro de esgrima, como al águila que sobrevuela los territorios comanches de Televisión Española y, en suma, como al angelote cartagenero de una vieja amistad, compartida durante muchas lunas en los desiertos de la morisma, en los aviones que nos llevaron a la guerra y en la cruda, atroz e inolvidable euforia de la redacción del diario "Pueblo", donde coincidíamos, apenas un instante cada mes o cada trimestre, y volvíamos contentos a nuestras respectivas trincheras de corresponsales o enviados especiales, tú al cuartel del polisario, yo a los tanques floridos de los capitanes de abril en Portugal, tú al volcán de América Central y yo al país de Caupolicán y Lautaro donde descansan los restos de mi padre, donde mi gran amor de juventud ya peina a sus nietos adolescentes y donde Pinochet truncó la unidad popular de Salvador Allende, tú a las calles y a las ciudades del tiroteo mortal y yo a las mortales intrigas y peligros de las capitales del Magreb, etc. Creo que tú, como España, eres la austeridad y el desdén. ¿Crees tú, murciano de dinamita y de mi corazón, que todavía creemos en todo lo que te acabo de decir?
Confieso que han sido veinte, treinta o cuarenta años de periodismo formidable, en los que hemos aprendido a ser personas y, poco a poco, hemos ido perdiendo el lastre de la retórica y de la bella prosa, hasta que, rodados y pulidos como cantos en el lecho de los ríos, hemos ido a parar, unos, los más afortunados, al exilio de la patria chica, donde ni tu padre te conoce ya, y otros, los más desventurados, a los verdes campos del Edén capitalista o a los sillones sepulcrales de la Real Academia. ¡Quien los pillara, digo yo!
Ahora, cuando ya eres famoso y rico, cuando ya puedes darle un corte de manga espectacular y ejemplar al poder de TVE, me vienen a la memoria los días en que éramos jornaleros de sol a sol en el diario "Pueblo" y, además, sin estar asegurados contra las balas de nuestras crónicas. Me vienen a la memoria los nombres de nuestros compañeros y colegas: Raúl del Pozo, en Moscú y en Londres, Hermida y Carrascal en Estados Unidos, Vicente Talón, en todas las guerras, Pilar Narvión, en París, Martínez Reverte, Martínez Garrido, Salgado, Julio Camarero, Vicente Romero, Amilibia, Germán López-Arias, Navas, Yale, Tico Medina, Olano, Pezuela, Joana Biarnés, Santiso, Llorente, Molleda, Leo, Rubio, Plaza, Aradillas, Arias, Morales, enviados especiales de categoría universal, etc, y tantos otros que, como decía el viejo Emilio, constituíamos su plantel de "guerrilleros" del reportaje, al tiempo que otros, más sesudos y asentados, estaban en la nómina de los "dialécticos" y escribían su artículo o su columna sin mover el culo de su asiento en el edificio sindical de la calle Huertas, como son, ahora los recuerdo, Floro Negrín, Carlos Luis Álvarez, Máximo San Juan, Pedro Rodríguez, Juan Luis Cebrián, Carmen Rigalt, Elvira Daudet, Santiago Loren y setecientos más.
Estoy evocando un tiempo en el que tú eras diez o doce años más joven que los demás, pero que ya jugabas en el primer equipo y marcabas más goles que los que, por azar o por méritos propios, habíamos sido agraciados con premios gordos en la lotería de las Artes y de las Letras. Entonces Romero, Carrascal y un servidor éramos, amén de periodistas, novelistas premiados y tú, con todo fervor, me llamabas "maestro" cada vez que me estrechabas la mano en la jaula de cristal de la sección de internacional, donde mandaban Castro y Cercadillo, los dos de imborrable memoria. Eran las vísperas de la muerte de Franco y el comienzo del desmierde psicológico de las libertades conquistadas. Tiempo de broncas y de tumultos en aquella casa alborotada, donde Romero había puesto sus huevos de oro y Juan Fernández Figueroa, Luis Ángel de la Viuda o José Ramón Alonso, antes de que llegase Gurriarán con la rosa socialista del diario "Arriba", no pudieron evitar que la banda de los ultramontanos se engrescase ferozmente con la de los demócratas. Por aquellas fechas, cada mochuelo buscó su olivo y el último apagó la luz.
Por muy grandes que sean los éxitos profesionales alcanzados, por muy grandes que sean las sumas de dinero que se anoten en tu cuenta corriente - derechos de autor, salario de colaboraciones escritas, beneficios de algún negocio adyacente, etc - nada habrá tan valioso y perdurable como la esencia de nuestra propia vocación.
En tu caso, como en el mío, nuestro trabajo es nuestra única fortuna. Creo que no miento si digo que nuestro oficio y nuestra pasión de vida, como el Arte, son la finalidad sin fin.
Tus libros y tu persona, mis libros y mi persona, seguirán siendo la finalidad sin fin...Amén. Tú ya me entiendes.
Te añoro rabiosamente, viejo amigo.
Como bien sabes, jamás participé en las danzas y andanzas del territorio comanche, donde a pique estuvieron de arrancarte la cabellera. Desde mi humilde rincón natal - esto podría llamarse como la vieja película "La isla de Arturo" - , mientras escribo libros y páginas de periódico, con los angelotes siempre, mientras pinto cuadros al óleo y los expongo, me acuerdo de los días y de las noches en que vivíamos desterrados en los lugares más conflictivos del momento y nuestras crónicas se cruzaban por los aires e iban a parar, primero al oído adorable del adorable Sesé, y luego a la taquigrafía del policía Carmelo, que se amonaba con nosotros y juraba a gritos rompernos la cara cada vez que le dictábamos párrafos favorables a la revolución y al cambio político. Nuestras crónicas del extranjero se publicaban peinadas y repeinadas, pero íntegras, en las páginas de “Pueblo”. Nuestro afán de veracidad, como en el Evangelio, nos hizo libres.
Perdimos contacto cuando se desmanteló "Pueblo". Fueron cuatro o cinco años, los primeros de la transición, en los que cada cual buscó su aventura y su jornal donde pudo o, mejor dicho, donde quiso, de acuerdo con sus ideas.
Recordarás que Emilio Romero, cuando dejó de ser el mandamás de la cadena de Prensa y Radio del Movimiento, justo en el momento en que su paisano Adolfo Suárez accedía al poder, fundó aquella revista, "La Jaula", en la que pareció que iban a integrarse las mejores plumas del periodismo nacional, que ya habían estado en "Pueblo". La cosa no funcionó, como tampoco funcionaron las intenciones de resucitar la cabecera de "El Imparcial", donde apenas duró unos meses como director, en aquel intento en el que se confundían los términos "pluralismo" e "imparcialidad", puesto que lo que había allí eran apóstoles impertérritos de causas opuestas y dispares, pero no periodistas "imparciales". Así, si repasas la colección de los primeros dos años, de “El Imparcial” te encuentras con opiniones clamorosas y gloriosamente sectarias de Tierno Galván, de Santiago Carrillo, del Cura Paco, del maquis Lucas Reguilón, de Barrionuevo, de Amador Rivera y de lo mejor del rojerío del momento, junto a la nostalgia triunfal que les entró a Blas Piñar, a López Montero, a Julio Merino y a Fernando Latorre, entre otros colegas de gran renombre.
Fueron los ultraderechistas - todo hay que decirlo - los que elevaron la tirada del periódico, hasta que Josep Melià, que en gloria esté, y Adolfo Suárez le dieron dinero a Domingo López y aprobaron mi nombramiento de director. Creí, como un angelito inocente, que me ayudarían a rescatar "El Imparcial" de la caverna en que se había metido y le cambié el formato, el diseño y e
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