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STADOS Unidos estuvo de luto el 11 de septiembre. Vaya desde aquí mi más sentido pésame y mi rechazo más enérgico a cualquier tipo de violencia. Punto final.
Prefiero ocuparme de otro 11 de septiembre que Chile, desde hace tres decenios, viene conmemorando; a veces a escondidas y ahora con luz y taquígrafos. Como este año, afortunadamente, se ha hablado hasta la saciedad del golpe de Estado que derrocó y provocó el suicidio de Salvador Allende y el ascenso al poder del sinvergüenza de Pinochet, querría contribuir, en la medida de lo posible a desfacer un entuerto en torno a la famosa foto que cada dos por tres los periódicos publican asegurando que fue la última de Allende vivo. Si el director de esta digna página tiene a bien insertar la supuesta última foto y la verdadera última foto, su visión ayudará a entender cómo, a base de repetir una falsedad, la falsedad acaba siendo aceptada como cierta.
Ustedes, como yo, siempre han visto reproducida una foto de Salvador Allende muy épica, saliendo con paso firme del Palacio de La Moneda, mirando al cielo, tocado de casco militar, con un Kalashnikov agarrado con su mano derecha (regalo de Fidel Castro y con el que se suicidó) y rodeado de seis GAPS (Grupo de Amigos Personales). La imagen es digna de ser la última, por la valentía que muestra el presidente y por el magnífico encuadre. Técnicamente no hay nada que decir.
Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende, sin embargo, no reconoce esta foto como la última, y lo sabe bien porque conoce al fotógrafo que captó la última imagen de su marido con vida. Se llamaba, aún se llama, Horacio Villalobos, y en 1973, con 27 años, trabajaba para la agencia UPI. Actualmente es jefe de Fotografía en un periódico argentino.
La fotografía que hizo Villalobos no es tan gallarda como la que pasa por ser la última, pero, en honor de la verdad, fue en realidad la postrera imagen con vida de Salvador Allende, asomado a un balcón de la primera planta de La Moneda, hacia las ocho y media de la mañana, y saludando a unos estudiantes que le animaban desde la calle a resistir el asedio de los golpistas mientras los carabineros que apoyaban al presidente le abandonaban a su suerte.
La imagen que todos los periódicos nos venden como la última hace aguas por todas partes. Primero, porque se le ve saliendo desde un edificio hacia la calle, y Allende, desde que entró en el Palacio de La Moneda, a las ocho menos veinte de la mañana de aquel maldito 11 de septiembre, no abandonó el edificio vivo. Salió con los pies por delante, envuelto en un poncho boliviano y con la tapa de los sesos volada.
Días después del golpe, alguien le vendió al corresponsal de “The New York Times” la épica fotografía de Allende con casco y un fusil Kalashnikov, diciendo que era la última del presidente. Ganó ese año el premio de World Press y el editor del diario dijo que no podía dar el nombre del fotógrafo porque estaba preso en Chile. Aún hoy se desconoce quién es el autor de la foto, que, de ser cierto que estaba cautivo, ya no lo estaría o bien habría muerto, y, por tanto, no habría temor alguno a desvelar su identidad.
Pero la autoría sigue oculta, porque, sencillamente, esa imagen fue captada meses antes, el 29 de junio de 1973, durante el golpe conocido como “el tancazo”o “el tanquetazo”. En aquella ocasión las urnas y la razón se impusieron a las armas. Los militares no triunfaron, y Allende pudo salir de La Moneda pisando fuerte.
La historia de la foto-falacia fue ratificada, además, por un allegado del presidente Allende, quien confirmó que uno de los hombres que aparecen en la supuesta última foto no se encontraba en La Moneda el 11 de septiembre de 1973, sino que estaba de guardia en la residencia presidencial Los Arrayanes.
“The New York Times” y la World Press Photo habían sido engañados, pero, antes que reconocer el error, han seguido mirando hacia otro lado. Mientras, los lectores seguimos siendo año tras año víctimas de una burla, sostenida, además, por los medios que la reproducen; prácticamente todos en estos últimos días.
El próximo año, cuando vuelvan a recordarnos hasta la saciedad la tragedia de las Torres Gemelas, cuando vuelvan a enseñarnos funerales absurdos con féretros que guardan en su interior un frasquito de sangre de un bombero que nunca apareció, cuando nos digan que cada familia de las víctima de los atentados ha recibido una indemnización media de 1,6 millones de dólares, puede que algún periódico dedique un mínimo espacio a rememorar que también un 11 de septiembre triunfó en Chile un golpe de Estado, apoyado por Estados Unidos (nunca lo olviden), contra un Gobierno salido de las urnas y que arrastró durante 17 años más muertos (nunca indemnizados) de los deseables. Puede que algún periódico lo haga, pero apuesto a que no. Si así fuera y vuelven a reproducir la última foto-falacia de Allende vivo, mírenla con otros ojos.
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