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N la calle Libertad de Madrid he visto una madre inmigrante fotografiando a sus dos hijos limpios y peinados con las carteras relucientes delante del colegio.
No es poético. La calle se llama así y los niños estaban sonrientes. Además, eran las ocho de la mañana. Pero a la madre se la notaba orgullosa. Este momento de vidas anónimas y desconocidas en busca de la felicidad me ha servido para pasar la semana con los pensamientos más blancos que negros. Es de agradecer, con la que nos está cayendo encima.
He sentido cómo un momento de felicidad ajena puede hacerme sentir bien durante una semana completa.
¿Me estaré volviendo místico... o tonto?