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URANTE los debates de la ponencia constitucional se puso especial énfasis en la definición de España como “patria común e indivisible de todos los españoles” que pasó a ser expresión dogmática de su articulado. Pero se introdujo un elemento de confusión en la estructura territorial del Estado al admitir la ambigüedad terminológica (“nacionalidades y regiones”) que, ya entonces, hacia presagiar serios escollos de interpretación y una más que dudosa carga de conflicto del que --a los veinticinco años de su vigencia-- todavía florecen sus expresiones: en los proyectos de Ibarreche, en el federalismo asimétrico de Maragall, en el estado (¿republicano?) federal de Llamazares, en la equidistancia “plural” de Zapatero o en la interpretación seudo-constitutiva y cursi-deplorable de Herrero de Miñón; todas a cual menos respetuosas con la letra y el espíritu de esa ley de leyes que parecía ser el paradigma espectacular de nuestra recobrada misión ecuménica.
¿Qué ha pasado para que se celebren sus “bodas de plata” con tan inusual desgarro interpretativo? No estaría de más recordar que fue empeño decisivo del Partido Comunista de España la inclusión del avispero sobre las “nacionalidades”; acaso por que su preclara re-definición euro-comunista, que había aceptado sin excesivos remilgos la bandera bicolor y el retorno de la monarquía, era incapaz de digerir el mucho más riguroso “compromiso histórico” de la unidad española, bastante mas sólida que en cualquier país de nuestro entorno y tan vinculante en el sentimiento colectivo como pudiera ser el reconocimiento de su variada configuración territorial cuatro veces centenaria. Pero, para el comunismo en declive, la fuerza de los dogmas ancestrales no era cuestión baladí que pudiera perderse en la vorágine del cambio, cuando la fuerza indeleble de la Constitución soviética imprimía el sentido programático para incluir el concepto de nacionalidades como modelo de lucha de los pueblos oprimidos contra el imperialismo; modelo que, obviamente, no afectaba a los que habían accedido al paraíso por antonomasia, para los que era de aplicación la frase atribuida a Josip Broz (“Tito”) cuando definió el modelo constitucional de la federación balcánica: “Yugoeslavia tiene seis repúblicas, cinco naciones, cuatro lenguas, tres religiones y dos alfabetos; pero sólo tiene un partido”.
Algo que, evidentemente, no podía ser administrable para las formaciones de esa presunta “izquierda plural” que contaba con una tradición menos dogmática en los contenidos, aunque su sensibilidad federalista le obligue a equilibrios circenses en la transmisión del mensaje. De ahí su “entendimiento” hacia las posiciones nacionalistas vascas, catalanas y gallegas, en recuerdo de su trayectoria compartida en la oposición, cuando diseñaron al alimón la cursilería perifrástica “a nivel de Estado” para designar lo que con mayor propiedad histórica, económica, social y cultural se llama España, hay constituida en parte esencial de la Unión Europea donde ya no caben segregaciones ni reticencias. El pueblo sueco, por ejemplo, ha decidido en ejercicio de su soberanía mantenerse fuera de la moneda única, pero está por ver cuanto tiempo podrá mantenerse en tal posición, a poco que se intensifiquen las prisas exportadoras de su super-desarrollada industria para inclinarse hacia la reducción de márgenes comerciales en el patrón de cambio establecido.
Por descontado que cabe un entendimiento federal de la “nación española” como cabría un entendimiento centralista del Estado español, sin que por ello peligre la constitución esencial del proceso, a todas luces irreversible. No resultará intempestivo, por ello, el recuerdo de unas palabras pronunciadas en las Cortes republicanas por don Claudio Sánchez Albornoz --nada sospechoso de veleidades franquistas--, en ocasión de discutirse el articulado sobre el uso oficial de los idiomas en el apartado estatutario:
“...La unidad española radica en algo sustantivo. Pese a algunos amigos catalanes que se sientan enfrente, hay una unidad geográfica, racial, cultural, de temperamento y de destino, que nos ata a perpetuidad. Pese a las pesadillas de los cerebros torturados de uno y otro bando, no corre peligro la unidad española: primero, porque sólo desean la ruptura de la unidad una docena de insensatos que llaman ya traidores a las gentes que se sientan en esos bancos (minoría catalana) y que defienden la libertad de las regiones; después, porque si algún día la pasión cegara de tal manera las mentes de todos cuantos integran una cualquiera de las regiones españolas que les llevara a un suicidio colectivo, a pensar en una separación de España, las otras regiones no lo consentirían. Y, por último, porque si España tendiera puente de plata a la región hostil que no se comportara fraternalmente con otras –todos lo sabéis-- la región que atravesara el Rubicón de la ruptura, antes de medio siglo, o tendría que pedir sin condiciones su reingreso en la comunidad española, o sería un montón de harapos y de ruinas...” (Diario de sesiones del 20 de octubre, 1931).
Parece increíble tener que recordar, sesenta y dos años después, estas palabras y precisamente el día en que el señor Ibarretxe presenta en el parlamento vasco su proyecto de ruptura que llevaría a su territorio a convertirle en “un montón de harapos y ruinas”, absolutamente ucrónico y utópico; pero no cabe otro modo de tratar a quienes, desde la izquierda, prefieren argumentar con el rencor de sus prejuicios frente al ejercicio racional de la tolerancia y la libertad .
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