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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 176
Semana del 7/15/2005
Srebrenica


Óscar Molina
D IEZ años del horror. Todo un decenio contempla ya a la mayor matanza ocurrida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En 1995 nadie quiso o nadie pudo evitar que una jauría de hienas, cuyos jefes de manada están perfectamente identificados, cometiera una atrocidad sin límites que encogió nuestros corazones y nos colocó de sopetón en el espejo de nuestras propias miserias. Cualquiera que no tenga el sentido de la mínima Justicia emponzoñado por ideologías fracasadas, por dobles raseros vergonzosos, debió sentir una invasión de vergüenza por no haber exigido (en la calle como ahora) que se pusiese fin a aquello, que se actuara con determinación contra algo que necesariamente tenía que desembocar en un episodio tan repugnante que resulta difícil encontrarle calificación.

Srebrenica es hoy la tumba de 8.000 musulmanes bosnios cuya seguridad no fue capaz de garantizar la estupendísima ONU. Ayer Bosnia, después el Zaire, Ruanda o Somalia. Vergonzosos cubos de mierda en el expediente de incapacidad e inoperatividad de una institución que algunos siguen invocando como la purga de Benito, que utilizan como coartada para reprobar las guerras que sus creencias trasnochadas rechazan y que usan para mirar hacia otro lado cuando el genocida es de su cuerda. Porque el asqueroso Karadzic y el nauseabundo Mladic, son comunistas. No lo olvidemos. Está muy bien llamar asesino a Bush o denunciar por genocidio a Aznar, y silbar “La Madeleine” cuando el que extermina seres humanos es un compañero en el credo. Está de maravilla tener todos los sellos en la cartilla de manifas antiimperialistas y dirigir películas, interpretarlas, escribir en los periódicos o hacer chistes facilones en tertulias radiofónicas mientras un atajo de cobardes sin humanidad asesina a ocho millares de inocentes.

El caso es que aquella ignominia duró lo que tardo en decir “Hasta aquí hemos llegado” el detestable vaquero del otro lado del charco. Los americanos, esos criminales, evitaron que hoy Bosnia sea un balneario para Otegui, el régimen serbio un lamentable daño colateral de “el mar de injusticia”, y sus gobernantes asiduos asistentes a las reuniones de una Alianza de Civilizaciones que un pusilánime con sonrisa promueve diez años después.

Llevamos demasiado tiempo capitulando ante quien mata, comprendiendo sus razones o motivaciones históricas, coleccionando sus agravios, y a la vuelta de diez años todo es peor. Si ese par de ratas de Karadzic y Mladic hubiesen tenido la suerte de chapotear en su basura hoy en día en vez de hace diez años, habrían exterminado a placer a la voz de “Ancha es Vojvodina” (meseta serbia). Los mismos medios de comunicación, los mismos tertulianos que se sacudían entonces la conciencia con algo así como “bueno, es que aquello es un nido de odios ancestrales desde el principio de los tiempos”, son los que hoy aplauden el artículo del Apóstol del Talante en el Financial Times. Los mismos que ponen ojos de pichón cachondo ante la decrépita y patética colección de tópicos de ZP, son los que objetaron peros a la intervención americana. Son los de siempre. Están muy vistos.

Aquellos seres humanos nos necesitaban, esperaban nuestra ayuda. Seguro que confiaron en que su supervivencia se acabaría agarrando al tablón de los valores que construyeron nuestra sociedad. Se equivocaron, no contaron con que después de recorrer el duro camino que nos llevó a ser quien somos y vivir como vivimos, íbamos a dar la espalda a todo lo que nos define, y por ende a ellos. Si hubiesen podido mirar el futuro y ver cómo un atentado terrorista cambia un Gobierno en un país democrático, su esperanza se habría desvanecido de un golpe. Habrían comprendido que aquellos que supuestamente debían protegerlos avanzaban a pasos de gigante hacia la rendición a quien sea capaz de imponerles algo por la fuerza. Habrían visto que diez años después de su tragedia, en nuestras sociedades medra un virus de justificación hacia quien mata, de comprensión hacia sus razones, de estúpida desaprobación de sus medios combinada con el cobarde entendimiento de sus fines.

Ese es el mundo que nos estamos fabricando. Un mundo donde la decencia no se basa en defender a los inocentes, en luchar por los valores que costaron sangre, sudor y lágrimas a quienes nos precedieron. Un mundo que asienta su decencia en que los homosexuales puedan casarse. Eso es lo decente, y la próxima vez que un Milosevic cualquiera, ahora con chilaba, decida que hay que matar a 100 portugueses, alabaremos la visión de juego de Pilar Manjón, y nos pillará probándonos el vestido de boda en alguna “boutique” de Chueca o admirando los profundos pensamientos de un famoso de nuevo cuño, estrella televisiva por haber meado en el salón durante su participación en “Gran Hermano” mientras ofrecía unas “yoyas” a quien le afeaba su guarrería. Después vendrá la inevitable letanía de justificaciones que apestan y la invocación a nuestra supuesta intolerancia, la de quienes acogemos en nuestra casa a algunos que luego habrán de matarnos.

Porque aquí, somos punta de lanza de toda esa porquería barata. Aquí el Gobierno fabrica treguas a los terroristas para solaz de quien a lo mejor no se atrevería a perpetrar un “Srebrenicagoitia”, pero alguna vez ha soñado con una nación pura, habitada por auténticos representantes de la raza. Aquí se hunde al Parlamento en un oceánico charco de inmundicia ofreciendo una negociación a quien ya ha matado a casi mil personas y se alimentan odios arcaicos y debates cerrados que ya costaron 125 Srebrenicas. Aquí no se tiene claro que el único valor que se puede extraer de la muerte a manos de fanáticos, es que esa muerte no sea en vano.

Claro que a lo mejor a los bosnios les pasó lo que les pasó por tener un Gobierno facha.
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