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OS chinos son más listos que el hambre. E intrépidos. Y no se amilanan.
Es un pueblo que despierta desconfianza; temor en ocasiones. No son, por lo general, simpáticos, y siempre les tenemos relacionados con el chop-suey de cerdo, con las tiendas de todo a 100, con los ultramarinos rebosantes de productos, con los talleres textiles ilegales y con la venta en constante movimiento de discos piratas, diademas luminosas, mecheros que parecen tener vida propia y artilugios raros que quince días después dejan de funcionar.
Se escabullen como pocos ante las policías locales, burlan como nadie el sistema establecido y nos tienen despistadísimos sobre su última morada. Todos lo hemos pensado alguna vez, y quien no la haya hecho, que empiece a pensar en ello: ¿Dónde están enterrados todos los chinos que mueren en España? ¿Existe el chop-suey de chino?
Sólo una mínima parte de chinos son enterrados o incinerados, y por lo general, son cadáveres que no se han podido escaquear a la oficialidad porque ha habido por en medio actuaciones judiciales o policiales. Pero, ¿y el resto? Está sobradamente demostrado que si el cuerpo de un chino se hace desaparecer, ese pasaporte sirve para un futuro inmigrante, por lo que, evidentemente, las mafias que controlan el flujo de chinos a España no van a permitir que un pasaporte muera con su propietario. Mejor se recupera el documento, y al chino inerte se le esconde o se le hace desaparecer. La duda es dónde. La terrible duda, cómo.
Tanto y tan vacuo preámbulo viene a cuento por dos noticias de chinos que me han llamado la atención, si bien ambas tienen tintes opuestos. Una se refiere a su audacia y otra a su atrevimiento.
La primera es de esta misma semana pasada, cuando un tal Lin Youming se enfrentó a 5.146 españoles en un juicio porque se le negó el permiso de trabajo para incorporarse como cocinero en un restaurante chino de Valencia. En realidad no es que se enfrentara a esos miles de españoles, sino que la Dirección Provincial de Trabajo, Seguridad Social y Asuntos Sociales valenciana le negó tal permiso alegando que no se podía dar a un chino habiendo 5.146 españoles en paro en el mismo sector. Lin Youming, listo como él solo, se fue a los tribunales, y, evidentemente, el Supremo le ha dado la razón con argumentos más que contundentes: por mucho español cocinero que haya en paro, nadie como un chino para hacer un buen arroz frito yangchow, un encurtido picante de pepino, unos nidos con huevo de grulla o un buen pato ahumado al alcanfor y té.
El Supremo, no sé si con buen o mal criterio, ha sentenciado que los cocineros españoles no saben de cocina china, por lo que el intrépido Lin Youming no le quitaba el puesto de trabajo a nadie. Item más: la Administración no ofrece a través de los servicios de empleo a cocinero español alguno en paro capacitado para la especialidad de cocina china. Lógico. ¿Se comerían ustedes unas migas manchegas con torreznos hechas por un chino? Yo tampoco, al menos hasta que pasen veinte años y sepa que el chino ha nacido en Ciudad Real.
La otra noticia, del mes de febrero, se refiere al atrevimiento más descarado de este pueblo de ojos estreñidos. Ocurrió en el distrito madrileño de Usera, cuando unos agentes de la Policía Local no daban crédito a lo que estaban viendo: seis chinos estaban realizando unas obras en la vía pública para llevar una acometida de agua hasta el taller textil ilegal que regentaba uno de ellos.
Los seis tipos, por supuesto, acabaron detenidos, pero no por abrir una calle para piratearle el agua al Canal de Isabel II, sino por estancia ilegal en España. El asunto es kafkiano, pero no me cabe la menor duda de que, si a estos los han pillado, significa que muchos antes lo han conseguido.
Los chinos son la leche, y yo, por si las moscas, nunca pido ternera con chop-suey... por si la carne tenía nombre.
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